La melancolía eterna del pop inglés
Blur / Músicos: Damon Albarn, en voz y guitarras; Graham Coxon, en guitarra; Alex James, en bajo, y Dave Rowntree, en batería / Estadio: Tecnópolis / Nuestra opinión: muy bueno.
Damon Albarn, el muchacho-hombre del diente de oro, canta otros versos obsesivos acerca del tiempo: el transcurrido, el que está de su lado y el que no, ese que ya no alcanzará por más que se estire hacia la multitud que, esta noche, en Tecnópolis, le devuelve flashes, selfies y gritos. Dice estar fuera de tiempo, pero nadie le cree demasiado ni quiere hacerlo. En su tercera visita a Buenos Aires en tres años (el regreso con Blur en 2013; su incursión intimista y en solitario en 2014, y anteanoche, de vuelta con la banda de su barrio, presentando su primer álbum nuevo en doce años), Albarn reinterpreta el drama épico musical que escribió y montó a mediados de la década del 90 y que se inscribe entre lo más pulido del pop grandilocuente y melancólico. Una burbuja de tiempo, al fin de cuentas, que estos ingleses pincharán recién al final de su show, con un chachachá que suena desde los parlantes a manera de despertador-despedida.
Desde el acople inicial de "Go Out" -esa pieza del nuevo disco que une la historia de Blur con la de Gorillaz- hasta el cierre en las alturas del brit-pop con "The Universal", este grupo de amigos de la infancia de nuevo en el ruedo grande desgranó su ADN de componentes diversos, tan freak y tan popular. Con un cantante que lleva al extremo su carismático rol y un guitarrista estrella que disfruta de haber vuelto a su lugar y comanda al grupo desde cierta introspección activa.
La versión 2015 de Blur -con Michael Smith como quinto integrante, en teclados y programaciones- suma además un coro en plan gospel y una sección de vientos. Todo, y todos, al servicio de una veintena de canciones y un puñado de himnos pop que, más allá de puestas e imposturas, se erigen como el centro del espectáculo.
Allí entonces, según la ocasión, surge el Blur hipnótico y colgado de "Thought I Was a Spaceman" -el tema más climático de The Magic Whip-, que se intercala entre una rareza para fans como "Caravan" -del álbum "maldito" de la banda, Think Tank, por primera vez con Coxon en escena-, el estallido lánguido de "Beetlebum" y la fogonera "Tender". Justo antes de que una decena de jóvenes suba con pase VIP al escenario para bailar y saltar junto a sus ídolos en el inoxidable y arrogante "Parklife", a dos décadas de su "britanidad" al palo.
Albarn los guía, los saca a pasear, se deja abrazar y se toma fotos con cada uno de los afortunados seguidores ahora protagonistas. Una estrella pop de carne y hueso al alcance de tu celular. En su mood amo y señor de las masas, Albarn ya le había cantado el "happy birthday" a una chica de primera fila y poco después se dejaría sostener por el mar humano más cercano, con pasión, pero sin sangre. Melodrama actoral a medida de las melodías brumosas de "To The End" o "This Is a Low". A su lado, Alex James hace de bajista inglés y entre tema y tema fuma un cigarrillo confortablemente sentado en la base que contiene la batería de Dave Rowntree.
Por momentos el aire se impregna de ironía pop concentrada y Coxon se suma con un solo de guitarra noise, mientras el grito primario de "Song 2" cruza un puente con la reciente "Ong Ong", para dejar una recta final tan obvia como efectiva. La histeria y el baile noventoso de "Stereotypes" y "Girls & Boys" -implacable como hace veinte años- y el cierre con "The Universal" -traspié inicial incluido que obligó a volver a empezar como si todo esto se tratase de un show en un bar de las afueras de Londres- y Albarn que recupera aquella idea del tiempo y el espacio y ese futuro que se ha vendido, pero qué importa, si cada noche uno puede cantar estas canciones como si fuera un karaoke, aunque las palabras no sean las exactas.
Al menos por esta noche, la burbuja temporal, esa obsesión pop que atraviesa la música popular desde Bob Dylan hasta Lali Espósito, protege a los que están arriba y abajo del escenario. Los músicos se despiden hasta la próxima y el chachachá de Xavier Cugat rompe el hechizo y marca el ritmo de la salida. Es sólo britpop, pero me gusta.
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