Mariah Carey y su accidentado concierto en Madrid: lo peor de la Navidad ya ha pasado
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Entre los efectos colaterales de la navidad se encuentra la eventualidad de los conciertos navideños. El peligro existe, en consecuencia, por definición, por la pura lógica de la terminología, así que no podremos imputarle a Mariah Carey la responsabilidad íntegra de un espectáculo como el que llegó empaquetado y con lacito al Wizink Center madrileño. A la neoyorquina solo habremos de juzgarla por hacer confluir sus propios excesos con los característicos de la inminente transición estacional, y en ese sentido la diva rubia no hace nada por evitar ante 7.500 devotos una colisión de las mayores proporciones.
El concierto-navideño-de-Mariah-Carey no terminó siendo lo que ya la mera sucesión de estas cinco palabras haría sospechar; fue mucho más terrible. La mente, en ese esfuerzo denodado por encontrar consuelo hasta en las situaciones más inquietantes, acaba queriendo pensar que todo el espectáculo respondía a un ejercicio autoparódico. Pero conjeturamos que no, que esta desmesurada soprano de la música popular más pomposa, enjoyada, recargada y delirante quería ofrecernos exactamente lo que nos suministró. Sin complejos, como se dice ahora. Sin miramientos. Incluso sin una migajita de ese sentimiento tan navideño que es la piedad.
Mariah ha ejercido desde siempre como diva divina, así que asumiremos detalles como ese vestido inaugural, con lucecitas navideñas bajo los pliegues, que parece una intersección entre Farah Diba y las princesas de Disney. Un somero repaso al archivo de la memoria nos lleva a sospechar que el WiZink habrá vivido muchísimas noches mejores, pero pocas tan disparatadas. Y el disparate siempre da juego como tema de conversación en las comidas familiares, si queremos aplicarnos el pensamiento positivo propio de estas fechas.

La tentación de enfundarse el gorrito de Papá Noel es demasiado poderosa entre los mortales, como en su día, y para nuestro estupor, nos demostró hasta el mismísimo Dylan. Pero digamos que el perfil artístico de Mariah encaja mejor con la tradición, la convención y el oropel: ella no tiene el menor reparo en montarnos el pesebre completo. Y así fue, sin que faltara detalle: bolitas, estrellas, copos, cenefas, chimeneas humeantes, muñecos de nieve, galletas antropomórficas, chicas de sonrisa querúbica y baile pizpireta y hasta un coro góspel de movimientos tan espasmódicos que los anuncios de esa bebida carbonatada en la que está usted pensando parecerían en comparación un ejercicio de cine gore.
Y así, villancico va, espumillón viene, el espectáculo oscila entre el musical de temporada, el especial televisivo para el sábado por la noche, el abierto despropósito y la constatación, por si queremos añadir el factor patriótico, de que el mal gusto no es un concepto privativo de las galas de Operación Triunfo. Y todo ello, por mucho que Carey profiera aquí y allá sus célebres grititos ultrasónicos o aproveche para exhibir poderío en el ámbito del maquillaje y estilismo, inenarrable en el caso concreto de los pompones la capucha blanca exhibidos para ir a juego con el horror de "Silent night".
La Navidad, qué les vamos a contar, tiene sus cositas. Después de nueve años sin visitar España, una estrella de renombre internacional puede anunciarnos con mucha pompa que su invitado especial del día es el mismísimo Santa Claus (en persona, como en las mejores promociones de los supermercados). En paralelo, sus vestidos también van ganando en intensidad: el tercero, a partir de "Oh Holy night", rojo rojísimo; el cuarto y definitivo, para el bis de "All I want for Christmas", cual jefa de pista circense, lo que permite presumir de buenos muslos. Pero todo es tan cargante que el efímero paréntesis no navideño suena a nuestros oídos, en términos comparativos, como si Aretha hubiera decidido bajar un ratito a echar un vistazo. Sobre todo en el caso de "Emotions", una dádiva fuera de guion derivada de que nos encontrábamos ante el último bolo de 2018 y la gran dama quiso hacer su buena obra de fin de año.
Pero volvamos a lo nuestro, a que un oso y un muñeco de nieve irrumpieran, como en un salón de actos infantil, para darle color a la única canción de la noche. Al estallido final de confeti. A un "Hero" en inglés con la promesa de que "quizá para la próxima" nuestra heroína nos la interpretará en castellano. Pero hagamos acopio de buenas noticias. La primera, que la serenata, incluso con la generosidad fuera de guion, se quedó en una prudente hora y cuarto. Y la segunda, que con un poco de suerte, y sin haber abordado aún ni siquiera la Nochebuena ni los reencuentros con los cuñados y demás familiares, puede que lo más difícil de digerir de estas navidades haya pasado ya. ¿No es como para que se nos escape una sonrisa?
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