Surgieron en La Plata y, a fuerza de melodías impactantes y una poética retorcida, tomaron por asalto el Nuevo Rock Argentino. A más de una década del final, se reúnen con el mismo espíritu indomable.
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"Como todos ustedes saben, este es el último show de los Gorriones. Hasta nunca." Nada de "gracias totales"; el lacónico mensaje final de Francisco Bochatón, fechado el viernes 26 de febrero de 1999 en el auditorio de Showcenter, escondía rabia y cierto desdén en la despedida de Peligrosos Gorriones. La sala, empotrada en ese horroroso shopping de Haedo, no era el mejor lugar para cerrar un ciclo y mucho menos cuando sobraba espacio para los 300 entusiastas que miraban azorados cómo se diluía la banda más incómoda del Nuevo Rock Argentino. Furiosos en la palabra y en el volumen de juego, los Gorriones tenían más resto que los disfraces de Los Brujos o los aullidos de El Otro Yo, y no caben dudas de que había más poesía en una sola letra de Bochatón que en todo Dopádromo. Insumisos, caóticos y dueños de una adorable desidia a la hora de mostrarse, Guillermo Coda, Rodrigo "Rocky" Velázquez, Martín "Cuervo" Karakachoff y el propio Bochatón abandonaron el ring repletos de moretones: con tres discos editados y un reconocimiento unánime en cuanto a originalidad y poder de fuego, Peligrosos Gorriones quedó como un grupo incomprendido y también como una máquina de autoboicot. Esa noche de verano sonó por última vez "Me extingo", un réquiem perfecto para la otra década infame: "Descontento con ser hombre o mujer o un muerto experimento entierro, y me muero y me extingo, no hay más de mí".
Martes 17 de marzo de 1987. La primera noche que The Cure tocó en Ferro, Guillermo Coda estaba ahí. "Fuimos con mis amigos del barrio y cuando salimos me sentí tan mal que dije: «Tenemos que armar una banda de rock». Tenía una guitarra, y a Pali [actual bajista de Estelares] le quedó el bajo; ahí se armó Bar 39, y un par de años después conocí a Francisco. La vida nos encontró. Me gustó tanto The Cure que me hizo mal. Le dije a mi vieja que me dejara faltar al colegio porque no podía ir, no quería. No me dejó." El momento fundacional de Peligrosos Gorriones está llenó de convidados de piedra, cambios de integrantes e instrumentos, pero podría ubicarse en los primeros meses de la temporada 89: Coda dejó Bar 39 y junto a Francisco y al Cuervo formaron Peligrosos Machitos; y un año más tarde, justo cuando entró Rocky, el nombre mutó de Machitos a Gorriones. Lejos de continuar una línea sucesoria del rock platense (Cofradía de la Flor Solar, Redondos y Virus), los Gorriones estaban más conectados con bandas amigas como Las Canoplas o Mister América, y dentro de su ideario de choque podían convivir tanto el lirismo de Sandro, como el post-punk o la pluma voladora de Oliverio Girondo. En 1991, el intercambio de fechas con Los Brujos, Tía Newton y Babasónicos puso a los platenses en boca del mundillo del rock alternativo; llegar al disco era sólo una cuestión de tiempo: "No teníamos mucho que ver con esas bandas, manejábamos una estética más de calle. Por encima de la parafernalia que no había, la estética está en las canciones. Por ejemplo, «El bicho reactor» habla solo, ¿qué ropita?". "Soy el bicho reactor, el bicho reactor será tu pecho tumor, tu pecho tumor y alimento mi vida en forma exclusiva, te chupas mi saliva que es exclusiva."
Agosto de 1993. En plena grabación del disco debut de Peligrosos Gorriones, Eduardo Bergallo (ingeniero de sonido) y Zeta Bosio (productor) no podían salir del asombro ante una frase que les taladraba la cabeza: "Lo primero que me impresionó fue la poesía de Francisco. Empezamos grabando «Siempre acampa» y apenas empezó a cantar le dije a Zeta que Fran estaba loco. Las imágenes que usaba me hicieron pensar que estaba delante de un nuevo Spinetta. Frases como «cortamos fiambre del cuerpo, llevamos carne al entierro» tenían la locura necesaria para llamar mi atención y a la vez todas eran un rompecabezas al que le iba encontrando sentido en cada nueva escucha. Otra cosa que recuerdo era la simpleza y originalidad de las intervenciones de Coda o del Cuervo. Tocaban poco, lo mínimo, con sonidos bastante puros". La línea de "Siempre acampa", los cambios de ritmo, las baladas románticas y el instinto dominando cada movimiento... todos gestos de una banda no domesticada: "En su momento los quise domesticar, quería que fueran más profesionales. Por suerte no me hicieron caso".
Luego de convertirse en la banda revelación de 1993 y rotar en MTV con el video de "Escafandra", el grupo ingresó en una espiral de peleas, separaciones momentáneas y nuevas reuniones, que dejó recitales memorables al lado de algunas noches para olvidar. Poco dóciles a las estrategias de mercado, la aparición de Fuga en 1995 redoblaba la apuesta por un rock urgente, que tomaba la canción como experimento sonoro y lo dotaba de palabras con sustancia surrealista y sensación de ahogo. "Fuga es el disco en que más se escucha a los Gorriones como éramos en vivo. Usamos un recurso, armando un concepto abstracto: a falta de tecnología, hicimos música sin maquillaje. Primero decidimos hacerlo nosotros con Bergallo. Yo tenía la idea de llamar a Iggy Pop para ese disco. Pero era medio imposible. Ricardo Mollo se barajaba en un momento, pero estaba con un disco y no pudo. Me acuerdo que llevé al estudio el disco de Morphine, Cure for Pain, y el primero de Elastica porque querían que las baterías sonaran como Elastica. Y usamos los discos para producir. Las tomas eran en vivo. No fue igual que el primer disco, fue mucho más maduro." En 1997, ya sin Bergallo en los controles de grabación, aparece Antiflash; el disco incluía algunas de las grandes canciones del combo platense ("Villancicos", "Por tres monedas", "Me extingo"), pero el corte final era muy inferior al sonido de impacto que tenían los discos anteriores. "Conceptualmente ya venía mal, aparecían temas de la primera época, de la última y nuevos, entonces refleja un poco los estados de ánimo de ese momento. Un sin rumbo, o rejunte de cosas que no tenían mucho que ver", sentencia Cuervo.
Viernes 22 de octubre de 2009. Diez años después de la disolución, cuando nadie los reclamaba, una fecha casual que reunió a cada uno de los proyectos de los ex Gorriones provocó el primero de una serie de conciertos. La cita tuvo lugar en El Ayuntamiento, un bar platense ubicado sobre la avenida 1: a las cuatro d e la mañana, sin ensayo previo y con mucho alcohol en la garganta, la formación original subió al escenario y la anécdota empezó a tomar forma de regreso. El público, en su mayoría músicos que nunca habían visto a la banda en vivo, experimentó la sensación de estar viviendo el retorno de Pixies, Pavement o Don Cornelio. En La Plata, Peligrosos Gorriones es sinónimo de espíritu bravo y modelo a seguir a la hora de formar una banda. "Hubo una serie de eventos que llevaron a que de repente nos encontráramos en un show, cada uno con su banda, y surgió la idea de tocar al final. Noté mucha euforia esa noche, pero por sobre todo había una conexión que estaba intacta, y eso reforzó la idea de que podíamos seguir tocando juntos", relata Rocky, baterista y responsable de juntar al grupo para discutir la posible edición de un disco en vivo. "Yo no tocaba el bajo desde hacía años, me había olvidado de que existía eso, pero ese entramado gorrión no lo puedo negar. De golpe me acordé de todas las bases", agrega Francisco que, desde el show final en Haedo, no había vuelto a hablar con Coda: "Me acuerdo de que llegué primero a lo de Rocky, me quedé hablando, y veo que Fran mira por un agujerito de la puerta, y le digo: «Es acá». Ahí nomás le di un abrazo, y ya está, listo. Mirada clara para adelante y honestidad es lo único que pido en mi vida. Con él y con cualquiera. Es mi amigo y lo conozco desde los 15 años, con él hice canciones lindas, shows, discos, es una parte grandísima de mi vida". La palabra del guitarrista suena a sinceridad pura: si existían heridas, ya cicatrizaron y basta ver a los Gorriones en vivo para comprobar esa rara empatía que camina sobre la cornisa entre la locura, el desastre latente y la genialidad. Bochatón encendido es una mezcla rara entre Kurt Cobain, Pomelo e Iggy Pop, y de esa suma imposible emerge un frontman que conmueve cuando canta "Agua acróbata" con sus distintas escalas emocionales, o llega a niveles extremos en el no estribillo de "Manicomio gris": "Soy el manicomio gris, soy el velatorio en sí. Te doy una porción de mí. Te doy de mi materia gris, el gris".
17 de abril de 2010. En el viejo Teatro Opera de La Plata, ahora recuperado como sala de conciertos, los Peligrosos concretaron lo más cercano a un regreso oficial. Esta vez hubo ensayo y, aunque el sonido no fue bueno –la guitarra de Coda se perdía y los teclados del Cuervo casi ni se escucharon–, una lista de clásicos imbatibles despejó la nostalgia y el pogo ganó por afano a las trampas melancólicas de todo regreso: el repertorio suena actual y la contundencia escénica corrige la memoria porque cada uno de los Gorriones toca mejor que hace diez años. No hay kilos de más en la dieta de estos tipos que acaban de pisar los 40 y, aunque aparecen algunas entradas en la zona frontal, todavía lucen como esa banda vestida de calle y tan imprevisible como sus furibundas presentaciones en vivo.
Al igual que en los conciertos que los Gorriones ofrecieron en Niceto y El Teatro de Colegiales a fines del año pasado, Eduardo Bergallo, mítico ingeniero de sonido de Soda Stereo y Gustavo Cerati, se puso al frente de los controles en el reencuentro platense. Para la banda es el quinto gorrión, y Bergallo no hace otra cosa que reafirmar esa posición de fan con el plus de haber grabado unos cuantos buenos discos: "La mayoría de la música que anda dando vueltas está muy con la música por detrás, y yo siento que ellos tienen la música por delante. El show en Colegiales, en El Teatro, estuvo mortal. Tocaron, y todo lo demás que está alrededor, que generalmente acompaña a un show, no hace falta".
Domingo 28 de abril de 2010. La escena es bizarra: en la última noche de la feria de arte Código País, en las coquetas instalaciones del Hipódromo de Palermo, Peligrosos Gorriones está a punto de subir al escenario en medio de promotoras de aguas saborizadas, diseñadores de moda y mucha gente que deambula por los negocios de ropa. Los músicos llegan al backstage acompañados de esposas, hijos y amigos. No es un buen momento para quebrar esa calma que precede al torbellino que se vivirá en minutos: "Es difícil saber por qué nos separamos, porque no sé si había una sola razón. Creo que ofrece un montón de respuestas. Cada uno tiene la suya, pero debe haber alguna entre todas que refleje la verdad. La banda no funcionaba más. Me parece que los Gorriones en ese momento no funcionábamos más juntos. No ensayábamos. No me acuerdo de muchos ensayos del año previo, del 98, más allá de que no me acuerdo nada, pero, si no ensayás con una banda, ¿cuál es? O sea, los temas nuevos ¿cómo los hacés?", explica Coda y Cuervo agrega: "Había un agotamiento. Teníamos problemas personales, propios de la edad, que hicieron que nos separemos. Si no te bancás no podés ensayar, pero musicalmente la cosa siempre anduvo. Y eso se mantiene intacto, vigente".
Francisco Bochatón fue el primero en iniciar un recorrido solista; Cuervo siguió trabajando como productor y ahora integra la banda Bazaar; Rocky por su parte formó Pájaros, que acaba de lanzar un enorme disco de canciones guitarreras, mientras Coda hace varios años que despunta el vicio al frente de Miles y es el guitarrista estable de Juana La Loca. Por ahora no hay planes concretos, van "paso a paso" y ninguno quiere resignar sus proyectos personales. Para Francisco, los Gorriones funcionan por la música: "Es pasar la barrera de lo cordial y lo formal y lo establecido. No está pensado en los Gorriones, es así la estructura psíquica de la banda", y como buen cerebro oculto del grupo, Cuervo Karakachoff tira otra pista posible: "Eso tiene de atractiva esta historia, que la gente se copa con una banda que ya desapareció, pasaron y no los vamos a ver más, ya se separaron, pero de repente vuelven. ¿Cómo eran los loquitos que tocaban esos temas? ¿Realmente eran loquitos?".
Desde otra posición, Eduardo Bergallo tiene la respuesta exacta a este regreso no programado e impredecible, que causa sensación cada vez que explota en vivo y que tiene repertorio de sobra como para convertirse en un pequeño fenómeno de rock lunático: "No sé si son actuales, pero son un grupo definitivamente energético y auténtico, y eso es básico, al menos en el rock. La separación no les dio tiempo ni a profesionalizarse ni a recostarse en una moda. Solamente mostraban lo que eran, de la misma manera que hoy muestran lo que fueron y siguen siendo: cuatro amigos que hicieron un montón de canciones buenísimas, cortas, con vuelo, con impacto y que les gusta tocarlas para el público"
Mirá a los Peligrosos Gorriones en La Plata haciendo "Siempre acampa"










