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Tal como sucedió el año pasado, había un favorito indiscutido para la categoría de mejor actor. Y el pálpito se cumplió. Así como hace un año Jeff Bridges se hizo de la estatuilla en detrimento de Colin Firth, también nominado por su actuación en A single man, esta vez fue Firth el favorito indiscutido. Su interpretación del tartamudo rey George VI, padre de la actual reina Isabel II, y segundo en la línea de sucesión al trono, al cual accedió por la abdicación de su hermano mayor, recibió ovaciones a diestra y siniestra. El personaje le permitió lucirse, y la dirección más aún: la película se concentra en las actuaciones y cada una de ellas es brillante en su rol. Pero la sensación que provocan los ojos acomplejados del rey tartamudo en los ojos de Colin Firth era para el Oscar. Y lo fue.
Hace tiempo que Firth buscaba un papel que le permitiera desplegar toda su capacidad compositiva. Enamoró con su Mark Darcy en Orgullo y Prejuicio, y luego con el personaje homónimo de El diario de Bridget Jones. Fue odiado como el Lord Wessex que le arrebató a Will Shakespeare la posibilidad de estar con Viola en la oscarizada Shakespeare apasionado. Rompió corazones en Realmente amor y volvió a enamorar y conmover en A single man. Tras ese recorrido tenía que llegar el reconocimiento. Y lo hizo en grande. Se llevó todos los premios y solo le faltaba el Oscar. ¿La frutilla de la torta? Lo cierto es que este británico de rostro bonachón y mirada penetrante merecía alzar la estatuilla dorada muy alto, como reconocimiento a una carrera que fue en franco ascenso y que, seguramente, seguirá creciendo ahora más que nunca.
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