En el Jubileo de Diamante de la soberana británica, repasamos los hechos más destacados de su vida
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Desfiló por la larguísima nave central de la Abadía de Westminster con el torso erguido, el paso firme, acompañada del sonido de las trompetas que con su estridente vozarrón y su melodía medieval emulaban a las ceremonias de antaño. Todo parecía suceder en perfecta sincronización, con inglesa perfección. Todo menos el acelerado palpitar de su corazón. A sus jóvenes 27 años, Elizabeth Alexandra Mary de Windsor ingresaba al milenario templo para convertirse en Elizabeth II, reina de Inglaterra (Isabel II para el mundo hispanoparlante). Tenía un vestido color marfil, íntegramente bordado con motivos de los emblemas florales de todos los países de la Commonwealth británica, encargado a Norman Hartnell, quien cumplió al dedillo sus instrucciones: la Rosa Tudor inglesa, el cardo escocés, el puerro galés, el trébol irlandés, el zarzo dorado de Australia, la hoja de arce de Canadá, el helecho plateado neocelandés, la protea de Sudáfrica, el loto sagrado de la India y Ceilán, el trigo, el algodón y el yute de Pakistán.
Su capa o "Parliament Robe", con su cola de terciopelo rojo de varios metros de largo era sostenida por seis damas. La corona real la esperaba en las manos temblorosas pero seguras del Arzobispo de Canterbury, Geoffrey Fisher. Tras una ceremonia que siguió cada uno de los pasos dispuestos por el protocolo real, se sentó en el trono de Eduardo el confesor, la silla medieval en la que todos los reyes británicos son ungidos como tales, en el momento más emblemático de su vida como soberana.
Su esposo, el duque de Edimburgo fue el primero en jurarle lealtad. Tras besarla, pronunció: "Yo, Felipe, duque de Edimburgo, seré tu vasallo". "Y la fe y la verdad me conducirán a ti, en la vida y en la muerte. Que Dios me ayude", dijo a viva voz. El pueblo entero, residentes en Londres y allende los mares se alzó en una sentida ovación.
La vida de la reina Isabel II, en imágenes
Isabel había nacido el 21 de abril de 1926, en el seno de la familia real de Windsor, pero sus primeros años de vida fueron mucho más apacibles que los que cualquier otra heredera a la corona. Es que su padre, por entonces Albert, duque de York, era segundo en la línea sucesoria, segundo hijo del rey Jorge V. Junto a su hermana, la princesa Margarita, cuatro años menor que ella, disfrutaban de la vida palaciega, jugaban con sus animales en los jardines de Windsor Castle con total libertad y sus preocupaciones nada tenían que ver con un futuro ceñido por la corona de una de las monarquías más poderosas del mundo. Pero pocos meses después de fallecido el rey, su heredero, Eduardo VIII, decidió abdicar al trono para casarse con el amor de su vida, Wallis Simpson, una plebeya, y cambió para siempre el destino de los duques de York y su familia. Alberto Jorge, cuya historia se retrató con magistral factura en la multipremiada película El discurso del rey, se convirtió en el rey Jorge VI, y la pequeña Isabel, a los once años, en primera heredera al trono británico.
Desde entonces, joven pero decidida, comenzó a configurar su imagen como futura reina. En 1940, con 14 años, dio su primer discurso oficial a través de la radio, dirigido a todos los niños de la Commonwealth para transmitir su apoyo a los damnificados por la Segunda Guerra Mundial.
"Mi hermana y yo sabemos que miles de los niños tuvieron que abandonar sus hogares y separarse de sus padres. Compartimos su sufrimiento porque sabemos por nuestra experiencia lo que es estar separados de las personas que más amamos (…) Queremos decirles que cuando la guerra termine va a ser nuestra tarea , la de los niños de hoy, hacer un mundo mejor y más feliz". El mensaje se replicó en las radios de todo el mundo y conmovió por la tierna voz de la joven futura reina.
La boda real: "y vivieron felices..."

Fue a los 8 años que conoció al amor de su vida. Era el príncipe griego Felipe, hijo del príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca, cuarto hijo del rey de Grecia. Se conocieron en la boda del tío de Isabel, el príncipe Jorge, duque de Kent, hermano de su padre, con Marina de Grecia, prima de Felipe. A los 13 años volvió a verlo y tuvo la certeza de que se casaría con él. Como luego de ese encuentro no tuvo noticias suyas decidió escribirle una carta y así dio comienzo una relación que durante meses se mantuvo gracias al correo postal. En 1946 la pareja se comprometió en secreto, algo que no agradó a la familia de Isabel ya que se oponían a que contrajera matrimonio con tan sólo 20 años de edad. A pesar de todo, su padre, el rey Jorge VI, pudo comprobar que su amor era verdadero y que Felipe estaba dispuesto a renunciar a sus orígenes griegos y sus títulos para poder casarse con la mujer de su vida.
El prometido de la princesa se convirtió de la ortodoxia griega al anglicanismo y adoptó la denominación de teniente Felipe Mountbatten, tomando el apellido de la familia británica de su madre. (Alicia de Battenberg, madre de Felipe, era bisnieta de la reina Victoria de Inglaterra, y nació en el mismísimo Windsor Castle, por lo que por línea materna, la reina Isabel y el príncipe Felipe son primos terceros). Justo antes de la boda, fue designado duque de Edimburgo y recibió el tratamiento de Su Alteza Real. El rey Jorge VI les otrogó el permiso para casarse y anunciaron su enlace de forma oficial el 9 de julio de 1947.
Isabel y Felipe se dieron el sí, quiero el 20 de noviembre de 1947 en una ceremonia que se celebró en la Abadía de Westminster y que fue oficiada por el arzobispo de Canterbury y el Arzobispo de York. Se trataba de la primera Boda Real desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, así que todos los ciudadanos salieron a la calle para mostrar su alegría por el enlace de su princesa. Ocho damas de honor y dos pajes acompañaron en todo momento a Isabel y la ayudaron a llegar hasta el altar de Westminster donde la esperaba emocionado su príncipe. La boda contó con más de 2.000 invitados y la radio BBC difundió la ceremonia a más de 200 millones de personas en todo el mundo.
Con el fin de hacer el vestido de sus sueños en un momento de crisis económica de posguerra, la princesa estuvo ahorrando durante varios meses y lució un hermoso diseño elaborado en satén de color marfil y decorado con 10.000 perlas blancas importadas directamente de América, hilos de plata y bordados de tul. El pelo iba recogido en una tiara que le prestó su madre y que se le rompió momentos antes de partir hacia la Abadía. Aunque fue una de las anécdotas del día, finalmente el joyero de la Corte pudo reconstruir la tiara y consiguió que quedara perfecta. Por último, el ramo de novia estaba formado por orquídeas blancas y una ramita de mirto que había crecido del arbusto que plantó la reina Victoria tras su boda. Al día siguiente, se colocó sobre la tumba del soldado desconocido en la Abadía de Westminster.
Después de la ceremonia religiosa, Isabel y el príncipe Felipe ofrecieron a sus invitados una comida en el Palacio de Buckingham. La tarta nupcial, que se cortó con la espada del actual Duque de Edimburgo, pasará a la historia por su gran tamaño: estaba compuesta por cuatro pisos y pesaba más de 200 kilogramos.
Isabel y Felipe disfrutaron de su luna de miel en New Hampshire (Estados Unidos) y en el castillo de Birkhill ubicado en Escocia. Un año después de su unión, vino al mundo su primer hijo, Carlos de Inglaterra, y cinco años más tarde, Isabel fue proclamada reina. El día de su coronación, Isabel II tenía 26 años y dos hijos, el príncipe Carlos (nacido en 1948) y la princesa Ana (que llegó al mundo dos años más tarde) a los que se unirían después el príncipe Andrés, duque de York, en 1960 y el príncipe Eduardo, conde de Wessex, en 1964.
La coronación

Estaba en un viaje oficial en Kenya, Africa, cuando Felipe se lo anunció. Era el 6 de febrero de 1952. Jorge, su padre, padecía cáncer de pulmón y su salud se había visto deteriorada rápidamente desde hacía un año. Tomaron el primer avión de regreso a Londres, e Isabel pisó el suelo británico como reina por primera vez el 7 de febrero de ese año para participar del funeral de su padre. Aunque instantáneamente se convirtió en reina, decidió guardar el luto y celebrar la ceremonia de coronación 16 meses después, el 2 de junio de 1953 en la abadía de Westminster.
Isabel se convertía el 2 de junio de 1953 en la primera soberana mujer después de la legendaria Victoria. El pueblo estaba entusiasmado con la nueva reina. Toda la ceremonia, con excepción de la unción y la comunión, fue televisada por primera vez en la historia británica y la cobertura fue fundamental para impulsarle popularidad al medio; el número de licencias de televisión en el Reino Unido se duplicó y más de 20 millones de espectadores vieron el evento en la casas de sus amigos o vecinos. Así, el mundo presenció el siguiente emblemático diálogo:
Arzobispo de Canterbury: «¿Promete y jura gobernar los pueblos del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, la Unión de Sudáfrica, Pakistán y Ceilán, así como sus posesiones y demás territorios pertenecientes a cualquiera de ellos de acuerdo con sus respectivas leyes y costumbres?»
Isabel: «Lo prometo solemnemente».
Arzobispo de Canterbury: «¿Y a procurar, en la extensión de su poder, que todos sus juicios estén presididos por la Ley, la Justicia y la Misericordia?»
Isabel: «Sí».
Arzobispo de Canterbury: «¿Mantendrá con todo su poder las leyes de Dios y la verdadera profesión del Evangelio? ¿mantendrá en el Reino Unido la religión protestante reformada establecida por la ley? ¿mantendrá y preservará la Iglesia de Inglaterra, su doctrina, culto, disciplina y gobierno tal como establece la ley? ¿Y preservará a los obispos y clérigos de Inglaterra y a las iglesias a su cargo todos los derechos y privilegios que por ley les están reconocidos?»
Isabel: «Lo prometo. Todo lo que hasta aquí he prometido lo cumpliré y guardaré con la ayuda de Dios».
El júbilo invadió las calles. Todos vitorearon a la reina que salió a saludar en el balcón junto a su esposo en una imagen que quedará para siempre en las retinas de los presentes.
Ahora, volverá a salir al balcón de Buckingham Palace para saludar a su pueblo en el aniversario número 60 de su coronación, el esperado Jubileo de Diamante, aniversario que sólo Victoria superó. Seguramente Isabel, en su fuero interno, ansía batir un nuevo récord. Y su pueblo también. Por eso las voces se unen para decir con más vehemencia que nunca: "Dios salve a la reina".
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