La top model internacional habló con ¡HOLA! antes de regresar a las pasarelas europeas
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Hay algo que define a Milagros Schmoll (22) por completo: a los 16 años, se hizo íntima de Jean-Paul Gaultier. Y ese hecho excepcional que sólo les sucede a algunos elegidos, para ella, fue completamente natural. Tenía 14 años cuando, caminado a la salida del cine, en el Village Recoleta, le propusieron ser modelo. Habló con su mamá, fue a hacer una prueba de cámara, y dos años después de trabajar para las marcas argentinas más importantes, se mudó sola a París. Aquella tarde mágica, tuvo un fitting en la Maison Gaultier de Londres, y se la pasó charlando con un hombre que le ajustaba el ruedo del vestido. Hasta que alguien lo nombró. Y Mili notó que aquel señor de acento francés que zurcía, tomaba medidas y hablaba en perfecto español era uno de los más grandes creadores de la moda del siglo. "Mi cara de sorpresa fue inevitable. Le dije: ‘Wow, no puedo creer que seas vos’. Se murió de la risa y nos quedamos charlando horas después y me pedía que le contara acerca de Argentina", explica desde una casa cerca del faro de José Ignacio, donde pasó unos días de descanso junto a su marido, el economista rosarino Manuel Maximino (31), que, además, fue su primer novio.
La vida de Milagros no es la de cualquier modelo: apenas aterrizó en París, hizo un casting, conoció a Karl Lagerfeld y esa misma tarde participó de su desfile. "Me fue tan bien, tan rápido que me lo tomé muy en serio", cuenta. Hoy pasa gran parte de su vida en un avión: vive seis meses en Londres (tiene una casa en Chelsea) y otros seis en Nueva York, viaja constantemente a París y pasa sus vacaciones sobre el Egeo, en Mykonos o Santorini, o en alguna playa del Mediterráneo. Es la musa de Jean-Paul Gaultier, trabajó para Hermès, Oscar de la Renta, Dior, Armani, Gianfranco Ferré, Dolce & Gabbana, Lanvin, Calvin Klein, Moschino, Miu Miu. Hizo editoriales de moda para Vogue Italia y Francia, V Magazine, Numéro, Marie Claire Italia, Elle Francia y Tank. Y estuvo delante de la lente de los grandes de la moda, como el fotógrafo peruano Mario Testino, Peter Lindbergh, Jean Baptiste Mondino. Puede hacer miles de kilómetros en un avión sólo para no perderse la gala de celebración por los 25 años de carrera de Mario Testino, en Londres, donde brindó con otras parejas, entre ellas Kate Moss y su marido, Jamie Hince, guitarrista de The Kills. "Son divinos, la verdad es que estuvo buenísimo conocerlos. Kate es amorosa", cuenta.
Milagros pasó su infancia en el barrio porteño de Caballito, y es la séptima de diez hermanos: ocho mujeres y dos varones. Adora cocinar, practica yoga, estudió piano, y después de hacer algunos cursos de arte en la prestigiosa Central Saint Martins College of Art and Design, planea estudiar curaduría en la Universidad de Columbia. Además, comparte sus viajes y experiencias desde el blog del sitio web de la revista Ohlalá! Pero lo más interesante es que, a pesar de que su vida sucede lejos, entre tres de las grandes capitales de la moda, cuando piensa en el futuro se imagina al mando de un gran proyecto propio asociado a la moda, con cuatro hijos y viviendo en Buenos Aires. Y, este año, después de un casamiento íntimo en Nueva York en octubre de 2010, planea una gran boda en la cuidad que la vio nacer.
–¿Cómo te impactó irte a vivir sola a otro país tan joven?
–Ser independiente a tan corta edad no es sencillo: pero yo armé y desarmé una casa en París y en Nueva York, con todo lo que eso implica, los muebles, el alquiler, y eso te va ordenando. La verdad es que todo fue muy repentino, porque mi carrera fue muy exitosa desde el comienzo y me convertí en una persona muy responsable, muy madura. Me lo tomé en serio.
–¿Tuviste temor a la soledad?
–No. Me sentía feliz. Pensá que yo comía con Gaultier, después trabajé durante seis años para Hermès, entonces conocí a los más grandes íconos de la moda y a figuras como Pedro Almodóvar. Me fui conectando con un montón de gente. En Nueva York, también es muy común estar comiendo en algún lugar y que entren, por ejemplo, Patti Smith o Ron Wood. De hecho, Ron vive a dos cuadras de mi casa de Londres. Para mí siempre fue algo súper divertido, entonces no tuve temores. Conocer gente que admirás y tener el honor de trabajar con ellos es un orgullo.
–¿Cuál es tu lugar en el mundo?
–No es fácil definirlo. Llega un punto en el que quiero estar en mi casa un tiempo. Extraño mi cama, mi cosas, mis libros. A veces extraño el tono argentino, los asados de domingo repletos de gente. Pero creo que ese lugar perfecto es el restaurante Bread, en Nolita, Nueva York, donde lo conocí a Manuel.
–También tuviste que aprender a administrarte, ¿cómo es ganar tu propia plata desde tan chica?
–La experiencia hace que aprendas a administrarte. En mi caso, no me doy grandes lujos en cuanto a las compras, pero sí trato de privilegiar la comodidad. Como los dos trabajamos mucho, nuestra prioridad con Manu es hacer un lindo viaje de vacaciones. También, siempre trato de que nuestras familias puedan viajar para vernos.
–La moda es un ambiente de mucho ego y vanidad...
–Soy muy segura de mí misma, algo fundamental en este trabajo en el que hay mucha competencia. No gasto mucho en shopping, pero mis exigencias pasan por la comodidad, por comer en un buen restaurante y hospedarme en un hotel lindo. Son esas mínimas comodidades las que te cambian la vida. En eso soy un poco hincha. Y en entrenamiento. Siempre exijo que me organicen el ejercicio. Eso es algo que me ordena. Esté donde esté, me mantienen la rutina.
–¿Cómo te relacionás con tu imagen?
–Estoy súper contenta y agradecida. No tengo ningún issue, uno se tiene que querer siempre. Me cuido mucho del sol porque eso en Europa no va. Soy flaca naturalmente y llevo una vida muy ordenada y sana.
–¿Por qué creés que, en este ambiente tan competitivo, ganaste un lugar tan rápidamente?
–Soy muy perseverante, tengo un objetivo y voy directamente hacia ese lugar. Tengo mucha fortaleza, que me ayuda a sobrellevar cualquier inconveniente. Lo malo es que me aburro muy fácilmente, así que siempre estoy generando cosas nuevas.
–¿Hacés terapia?
–No, hablo tanto que no creo que sea necesario. Me gusta meditar y miro mucho hacia dentro. Me ayuda que mi mundo no sea sólo lo que me rodea. Porque es un trabajo bastante desequilibrado: de repente el diseñador terminó a último momento la colección y tenés una prueba de vestuario a la una de la mañana. Y es muy complejo no poder proyectar a futuro, todo en mi vida es minuto a minuto.

–¿Cómo conociste a tu marido?
–Una tarde en Nueva York, en un restaurante que se llama Bread. Fue pura casualidad. Yo pasé a saludar a una pareja amiga que tenemos en común y él estaba sentado con ellos. No nos vimos más hasta seis meses después de que me lo empecé a cruzar en bares, restaurantes, fiestas. Y un día, Manuel y su roommate hicieron una fiesta en su casa. Ahí nos quedamos charlando, empezamos a salir y no nos separamos desde entonces. Meant to be (tenía que ser).
–¿Fue amor a primera vista?
–Yo quedé reflechada. Era lo máximo porque teníamos tanto en común y tantas diferencias que eran dos atracciones contrapuestas que estaban buenísimas. A mí nunca me había pasado, y a él tampoco, obvio. Yo siempre pensaba en lo difícil que iba a ser mi vida si tenía una pareja estable con todos mis viajes. Pero con Manu fue muy fácil porque nos encontramos donde sea para vernos. Tenemos la regla de no pasar más de cinco días sin vernos. O él viene, o yo voy. Y hacemos lo que sea para encontrarnos. Desde entonces, quedamos "in love".
–¿Cómo te propuso casamiento?
–Fue divine. Yo estaba en París y él en Londres. Me dijo que esa noche teníamos una gala. Terminé de trabajar, me tomé el tren y llegué a Londres, me cambié y estaba de pésimo humor. Me puse un vestido súper formal, me arreglé aunque tenía mucha fiaca. Cuando nos subimos al auto, me quejaba de todo. El no me contestaba y eso me ponía peor. Yo lo notaba raro. En un momento, cuando estábamos llegando a la fiesta, el chofer nos dice que nos dejaba en el Millenium Bridge para que crucemos caminando porque era tarde y si daba toda la vuelta íbamos a llegar aún más tarde. Yo con mi mal humor, me bajé indignada. Tenía que atravesar todo el puente con tacos de 15 centímetros y muerta de frío. El me decía: "Mirá qué linda la catedral, el paisaje". Entonces en un momento arrancó con un speech que me pareció raro. Empezó a hablar de cuando nos conocimos… Obviamente le dije que sí, me puse a llorar como loca, me emocioné mucho. Ni lo dudé.
–¿Cómo es Manuel como marido?
–Un amor. El tiene lo que a mí me falta, me complementa. Es mi balance. El es muy centrado, es mi cable a tierra. Con él puedo estar tranquila mirando una película. Es una relación ideal con alguien que amo, es algo único.
–¿Por qué eligieron casarse en Nueva York?
–Porque ahí es donde nos conocimos. Fue algo íntimo, lo celebramos sólo con amigos: hicimos una comida en un restó del Soho y una cena en el restaurante Bobo.
–¿Piensan alguna vez en ser padres?
–Muchísimo. Me encantaría ser madre joven. Pero soy chica todavía, tengo 22, hay tiempo... Pero me gustaría tener cuatro, es un sueño. El día en que tengamos hijos, querría educarlos en Argentina. Me imagino con chicos y con miles de emprendimientos linkeados a la moda.
–¿Y planean casarse por iglesia este año?
–Sí, en 2012 estamos organizando nuestra boda por Iglesia. Va a ser algo muy grande, porque tenemos muchísimos invitados. Eso sí, va a ser en Buenos Aires, seguro.•
Texto: Mariana Riveiro y Paula Galloni
Fotos: Ignacio Arnedo
Producción: Georgina Colzani
Maquillaje: Luli de la Vega, con productos Mac
Peinado: Daniel Ortega
Agradecimientos: laspiedrasfasano.com , El Camarín, Kallalith, S-Mode y Ricky Sarkany.
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