La hija menor de Alfredo Casero sigue el legado familiar:“Durante un tiempo renegué mucho, hasta que un día asumí lo que tanto me quemaba por dentro: quería ser artista”, asegura
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Tiene 17 años y una personalidad arrolladora. Fanática de Colón de Santa Fe –“amo a ‘Fatura’ Broun [se refiere al arquero del club santafesino, Jorge Emanuel Broun] y quiero que lo sepa”–, Minerva Casero admite ser una artista “que recién está naciendo” y busca seguir el mismo camino que su papá Alfredo y su hermano Nazareno. Hija del actor y Marisa Rogel, Minerva –que en 2015 debutó en televisión con Esperanza mía y hoy vuelve con Heidi, bienvenida a casa– finalmente aceptó la herencia familiar. “Durante un tiempo renegué mucho de este mundo. Quería ser patinadora, veterinaria… Hasta que un día asumí lo que tanto me quemaba por dentro: quería ser artista. Y te aseguro que a medida que va pasando el tiempo es donde más a gusto me siento en la vida”, dice mientras juega con sus rulos y cuenta al pasar que sabe cocinar un apple crumble que le sale exquisito. “Lo hago tan rico que después todo el mundo quiere casarse conmigo”, asegura entre risas.
–¿Qué tal es Alfredo como padre?
–Maravilloso. Cuando era chica iba a todos lados con él. Tenía 3 años y ya me había inventado un showcito en los espectáculos que hacía papá. Tenía mi ropita y salía al escenario a hacer el baile del pollito. Mis padres siempre me impulsaron a tomar mis propias decisiones, a probar cosas nuevas y vivir sin miedos. Gracias a ellos hoy me siento segura, puedo expresar lo que me pasa, decir lo que pienso sin ningún tipo de prejuicio y eso tiene que ver con que siempre me dieron libertad. Nunca me trataron como una nena.
–De chica viviste un tiempo en Puerto Madryn…
–Sí, desde los 2 hasta los 6 años. Empecé primer grado en Buenos Aires. Me costó un poco adaptarme a la gran ciudad porque allá vivía frente al mar. Veía a las ballenas cada vez que salía de casa y mi jardín de infantes estaba lleno de flores y animalitos. No podía creer que en mi colegio de Buenos Aires sólo tuvieran flores de plástico.
–Fuiste a un colegio japonés. ¿Cómo fue esa experiencia?
–Muy buena. Hice la primaria y la secundaria. Recuerdo que fui a acompañar a papá, que había ido a hacer una consulta, y me encantó el lugar. Le dije: “Yo quiero estudiar acá”. Ahora tengo el sueño de conocer Japón y, de paso, fortalecer el idioma.
–¿Cómo te llevás con tu hermano Nazareno?
–¡Lo amo! Nos llevamos doce años, pero ahora somos como pares. Salimos a comer y hablamos de todo lo que nos pasa. Y cuando estoy mal, le mando audios y el pobre me los escucha todos. [Se ríe]. Tenemos una relación muy cercana.
–Puertas adentro, ¿podrías decir que tu familia tiene humor o son más bien serios?
–Papá es muy gracioso. El humor le es algo natural. Nos pasa que vamos a comer afuera y no paramos de reírnos. Pero así como deliramos mucho, también hay lugar para las charlas reflexivas… Se arma una nube de profundidad que a veces es difícil salir. [Se ríe].
–¿Sentís que heredaste ese humor?
–Creo que hay cosas que uno lleva en la sangre o lo adquiere inconscientemente. No sé si tengo el mismo don de papá, pero sí te puedo decir que él me hizo muy crítica del humor. No me causa gracia cualquier cosa. Es difícil hacerme reír… Y no lo digo desde un costado soberbio, soy así.
–En Heidi, bienvenida a casa te toca hacer de mala.
–Sí, fui al casting sin mucha idea de qué se trataba y quedé. Yo vendría a ser el personaje maligno para destacar aún más la bondad de Heidi. Para mí, que todas estas cosas son nuevas porque prácticamente “nací” recién, explotar un costado más oscuro me pareció muy creativo. Recurro a la ironía y el sarcasmo para construir un personaje con una maldad más real.
–¿Cómo vivís esa instancia de prueba que supone un casting?
–Yo lo tomo así: como una prueba. Cuando empecé a actuar, lo primero que me dijo papá fue: “Si quieren hacer la película del petiso orejudo y vos sos jugador de básquet no vas a quedar nunca elegida”. Muchas veces vas a “castinear” para un proyecto y simplemente no sos lo que están buscando. Creo que no hay que vivir un “no” como un fracaso personal. A todas las situaciones, por más feas que sean, hay que encontrarles la vuelta. “En este casting no quedé, pero es una oportunidad para seguir aprendiendo, para conocer nuevas personas”. Para mí la clave siempre está en ver el medio vaso lleno.
- Texto: Jaqueline Isola
- Agradecimiento: Magalí Echaide (fotógrafa)
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