The Strokes, Beady Eye, Goldfrapp, Broken Social Scene y la lluvia; crónica y fotos de la primera jornada del festival
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En materia de coreo de fraseos de viola, somos expertos. Si, por segunda vez en nuestra historia, el destino nos cruza con la banda neoyorkina que definió la arista guitarrera del sonido de la década pasada y marcó el recambio generacional del nuevo milenio con la resurrección del garage, entonces no puede resultar chocante que los ejes de análisis del segundo show de los Strokes en la Argentina sean dos: su evolución como banda y la evolución de la percepción debajo del escenario y del feedback entre ambas partes. Cuando los pibes liderados por Julian Casablancas llegaron para tocar en el Festival BUE, en 2005, lo hicieron con sus dos primeros discos editados y apenas si dieron un pantallazo de lo que sería First Impressions of Earth, al que todavía le faltaban varios golpes de horno. Ahora, cuando se cumplen diez años de la edición de Is This It, el mismo año en el que el cuarto –ambicioso y demorado- trabajo, Angles, marcó un punto de inflexión con respecto a la composición del quinteto y habiendo, en el medio, incursionado en respectivos trabajos paralelos, es evidente que las variables influyentes en este primer eje serían otras, completamente distintas a la de aquella la primera vez.
Del otro lado, claro, la cosa también cambió. El predio de GEBA dando lugar a la edición anual del Personal Fest (con sus todavía polémicas divisiones VIP y no VIP y todas las tensiones y rencores sumadas a una intermitente lluvia que, gracias, no se sintió durante éste, el show principal y final de la primera jornada), lleno de un público mucho más predispuesto a que la experiencia sea otra. El fanatismo local por los neoyorkinos creció exponencial y lógicamente en estos seis años; en la relación con cada uno de los temas del no-tan-largo setlist se notó. Y desde arriba también pareció notarse. Que Julian, amén sus pequeñas pero amables interpelaciones, haya concluido en que jamás se olvidará de nosotros por haber coreado el solo de guitarra de Albert Hammond Jr. en "Last Nite", lo dice todo. Acá se entabló una relación.
"New York City Cops" inició el recorrido que, afortunadamente, se detuvo en cada uno de los cuatro ejemplares de la discografía stroke: el enérgico tema de Is This It, seguido por la oscuridad post-punk de "Heart in a Cage", fue suficiente para dar la primera prueba fehaciente de quién es quién y quién hace qué en esa banda perfectamente ajustada. Casablancas al frente, con sus lentes oscuros, su campera de cuero, su pose registrada y ese áspero desgano vocal; la violenta base rítmica Moretti-Fraiture, el anti-guitar hero encapuchado Nick Valensi en coordinación complementaria con ese extraño espécimen llamado igual que su padre: la forma no sólo en que Hammond Jr (dato innecesario: su tía Mónica Gonzaga lo miraba desde el campo VIP) sostiene su instrumento sino también en la que lo delira, no rasgando sino haciendo veloces movimientos circulares, es singular. Así, los cinco en perfecta sintonía. Que "Machu Pichu", muestra inicial de que los temas de Angles serían tanto o más festejados, se colara en el medio de aquellos dos tracks de apertura y "The Modern Age", hizo notar la abismal diferencia entre el sonido primigenio, el actual y de nuevo el primigenio.
Entre uno y otro extremo de la década, no faltó nada. Clásicos convertidos en himnos contemporáneos como "Someday", "Juicebox" (la explosión total con Fraiture digitando esa suerte de homenaje al "Peter Gunn Theme"), "You Only Live Once" y el final real (Casablancas poseído por sus propios alaridos roncos y Hammond protagonizando el último showoff, quizás más aprovechado por el inquieto Valensi), "Take It or Leave It". Concepciones recientes como "Under Cover of Darkness" o "You Are So Right", Moretti dándole al redoblante con velocidad alienígena. La efectiva condensación de todas las virtudes en una sola pieza: "Reptilia". "Reptilia" se mueve sigilosa por todos los terrenos por los que los Strokes se pueden mover; alterna agresividad e insistencia punk con un rasgueo felizmente acelerado y también coreable, un solo necesario. "Reptilia" como el epítome caprichoso, la esencia misma de lo que cinco pibes le dieron al mundo y con lo que nos volvimos a topar y que, por qué no admitirlo, también nos enfrentó con la propia imagen de nosotros mismos.
Beady Eye – A barajar y dar de nuevo
Aunque tenga que hacer esfuerzos sobrehumanos para dejar de lado la arrogancia que lo caracterizó durante buena parte de su carrera, si hay algo que Liam Gallagher aprendió tras la separación de Oasis es que ahora las cosas son a otra escala, y por ende, corresponde bajarse un tanto del caballo. Si bien conserva a los integrantes que tuvo la última formación de la banda de Manchester al momento en que su hermano Noel se fue dando un sonoro portazo (Liam más Andy Bell y Gem Archer en guitarras y Chris Sharrock tras la batería, a los que se les suman el bajista Jeff Wooton y el tecladista Matt Jones), Beady Eye decidió empezar su historia bien desde cero, en otra magnitud. Como declaración de principios, su repertorio en vivo no contiene nada de la banda que los vio nacer, pero tampoco parece hacerle falta. Con un solo disco en su haber (Different Gear Still Speeding, editado a principios de año), Beady Eye apunta a ganarse el mérito por su cuenta y con una importante cuota de humildad, más allá de alguna que otra provocación, como poner a volumen 11 "I Am The Resurrection", el himno de The Stone Roses, justo antes de salir a tocar.
En escena, la postal ya es conocida: Archer se maneja movedizo por su rincón, Bell poco hace por dar un paso adelante y, en el medio del tablado, Gallagher, encorvado y vestido con una parka militar arrastrando cada frase desde el rincón más cerrado de su garganta. Beady Eye se hace cargo de sus influencias ("Beatles and Stones", la cita lennoniana de "The Roller"), explora el costado más rockero que supo tener Oasis ("Three Ring Circus", "Four Letter Word") y se anima a transitar nuevos caminos en el revival cincuentoso de "Bring The Light" y los ribetes psicodélicos de "Wigwam". Más locuaz que de costumbre, Gallagher dedicó "The Morning Son" al Kun Agüero ("Gracias por darnos sus jugadores", dijo), se paseó innecesariamente con una bandera argentina cerca del final y sorteó la delimitación geográfica del campo al dedicar la ya mencionada "Wigwam" a "la gente que está allá atrás". Tras una hora de show, su versión del hit madchester "Sons Of The Stage" de World of Twist, puso el cierre apropiado a un set que dejó en claro que Beady Eye tiene mucho para dar, en tanto termine de dar vuelta la página.
ANTES
Si bien la primera jornada del Personal Fest comenzó temprano con shows de Hana, Viva Elástico y Calendar, la primera presencia internacional llegó de la mano de Toro y Moi apenas pasadas las seis de la tarde. Acompañado por una banda en la que se combinaban los sintetizadores analógicos con la tracción a sangre, el estadounidense Chazwick Bundick alternó canciones de sus dos discos, Causers Of This y Underneath The Pine, junto con las de su flamante EP Freaking Out. Con tan solo 24 años, Bundick es no solo un productor y remixer que cada vez cotiza más alto, sino también uno de los exponentes más promisorios del chillwave (el género que mezcla pop electrónico de los 80 con melodías de los 60 en clave lo-fi), junto con Panda Bear, Neon Indian y Ariel Pink’s Haunted Graffiti.
Si las dos características que definen al festival británico Glastonbury son su generosa grilla, abierta a los grupos en ascenso, y sus siempre presentes lluvias, el Personal Fest estuvo muy cerca de reunir esas dos condiciones cuando la amenaza de tormenta eléctrica dijo presente al comienzo del show de los londinenses White Lies. El sonido de su corto set, sin embargo, fue uno de los más consistentes del atardecer porteño: la oscuridad post-punk que les permitió ser comparados con todos los representantes del subgénero, de Joy Division y Teardrop Explodes a Interpol, pasando por Nick Cave, encontraba su escenario natural perfecto. La voz de Harry McVeigh, más cercana a la de Cope que a la de Curtis, lideró la primera llegada del trío (que en vivo es quinteto) en varios de sus hits en construcción como "Farewell to the Fairground". Un aguacero excesivamente violento y varios relámpagos dibujándose en el horizonte hicieron que gran parte del público huyera despavorido en busca de refugio (lo más cercano a una utopía en un predio al aire libre), y el agua terminó diluyendo también el cierre de la banda británica, que se vio obligada a dar un cierre un tanto abrupto a su presentación.
Pasada la amenaza pluvial, el colectivo indie canadiense Broken Social Scene se presentó por segunda vez en la semana; el show de La Trastienda, íntimo y mucho más extenso, puso en evidencia y al mismo tiempo satisfizo una necesidad real, la de completar la visita de algunas bandas con presentaciones por fuera de la grilla festivalera. Sobre el escenario secundario, la banda salticó a través de su discografía en la que los cuelgues, las guitarras distorsionadas (en vivo son cuatro) se combinan con destellos felices de pop barroco mientras todos rotan en sus posiciones. Del reciente Forgiveness Rock Record hubo "Texico Bitches" y voluntad épica con "World Sick". Y, al igual que en su otra presentación, Emily Haines, cantante de Metric y colaboradora, subió a poner su voz aniñada a la etérea "Anthems for a Seventeen-Year Old Girl" y la contrastó con la de Kevin Drew en "Almost Crimes".
Tenía sentido que la noche cayese al momento en el que Goldfrapp salió a escena. Enfundada en un catsuit con brillos y un abrigo de flecos plateados que hacía volar gracias a las bondades de dos ventiladores ubicados al borde del escenario, Alison Goldfrapp, responsable de ponerle no sólo la cara sino también el apellido al proyecto que comanda junto al tecladista Will Gregory, buscó la consolidación de todas sus credenciales de diva del pop electrónico británico. Haciendo base en las canciones de Supernature (el disco que terminó de catapultar al dúo al abandonar su costado más intimista al meter los dos pies de lleno en la pista de baile) y dejando rotundamente de lado su debut Felt Mountain, Goldfrapp (la banda) centró su repertorio y su propuesta en una electrónica al mismo tiempo lasciva y gélida ("Crystalline Green", "Number 1", "Happiness") mientras Goldfrapp (la cantante) atizaba el fuego sin acusar recibo de sus 45 años. Después de jugar con los ritmos a medio tiempo (y también de instaurar en la agenda pública de los recitales el debate de cuál es el límite ético respecto a las pistas pregrabadas), el último tramo de su set apeló a los hits hechos y derechos: "Rocket", "Train" (con sugestivas imágenes de porno soft lésbico vintage en las pantallas) y "Ride a White Horse". Antes del final, Alison interpeló a su público con un simple y muy poco humilde "creo que conocen esta", para dar pie a la esperada "Ooh La La", tan festejada por su público que le robó cualquier atisbo de protagonismo a "Strict Machine", de Black Cherry, encargada de rematar su set.
Por Yamila Trautman y Joaquín Vismara
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