La banda liderada por Anthony Kiedis llegó por quinta vez al país después de nueve años de ausencia y con nuevo guitarrista; crónica y fotos del regreso del pogo al Monumental
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Transcending flesh could be a breeze
La intención es salir airoso en el juego del miedo. Dudar, sí, lógicamente, pero evitar la parálisis y la resignación ante el temor. Los Red Hot Chili Peppers debieron hacerlo una vez más: enfrentarse al pánico que toda gran transformación implica, trascender bajo una nueva forma, renacer. Tolerar la crudeza de volver a sentir la misma amputación dolorosa. La segunda partida de John Frusciante, en 2009 (la primera había sido en 1992), revolucionó el núcleo de la banda de veteranos funkrockeros, a pesar de estar bien curtidos en materia de expulsiones, recambios y abandonos. En 28 años de carrera, una decena de integrantes pasaron por la formación; la reposición a cada una de estas bajas, ardua pero necesaria tarea, pulió sus voluntades y permitió que el reemplazo por el violero sesionista, amigo y colaborador Josh Klinghoffer ocurriera casi naturalmente en el momento clave representado por la grabación del décimo disco de estudio, el recién parido I´m With You. La importancia de su quinta visita a la Argentina, entonces, se nos presentó con una doble carga histórica, marcada por una doble necesidad: la de experimentar los resultados de esta metamorfosis reciente en vivo y la de sentir que, nueve años después de un show en el que los problemas de producción nublaron la liturgia musical, esta vez llegaron para redimirse.
El regreso también fue doble. Porque los Peppers volvieron al mismo lugar en el que presentaron By The Way en octubre de 2002 y, con su retorno, le devolvieron el rock (el pogo, en realidad) a River después de un año y medio de sillas. Los shows de Metallica y Coldplay, a principios de 2010, fueron los últimos dos en los que el campo fue campo hasta que los problemas vibratorios y las denuncias vecinales cortaron la joda. Esta noche, gracias a un permiso especial para testear prototipos antivibratorios dividiendo el predio en sectores con distintos tipos de pisos, el pogo (el verdadero, no el de Macri) volvió al Monumental. Los resultados de estas pruebas dirán.
I got a factory of faith
Como show de apertura del Pepsi Music 2011, y después de la presentación de los ingleses Foals (repasaron su math rock mediante los temas de sus dos discos, el cantante Yannis Philippakis terminó caminado entre el público hasta la torre de sonido mientras sonaba su single "Red Socks Pugie"), los Peppers llegaron, como decíamos, por quinta vez a Buenos Aires. Su primera visita, en 1993, ocurrió paradójicamente tras la primera partida de Frusciante (sólo tres años después de su ingreso a la banda, en 1989, el mismo año en el que Chad Smith asumió su rol tras la batería): tocaron con Arik Marshall en Obras; un detalle porque las otras tres veces, y a pesar de los inconvenientes de las últimas dos (la tormenta en Vélez, la producción en River), John ya había regresado a su puesto. La expectativa sobre Klinghoffer, que trabajó con Beck, PJ Harvey y los trabajos solistas de Frusciante, además de tocar viola y teclado adicionales durante la gira de Stadium Arcadium, focalizó las tensiones en River. Pero sólo desde la audiencia. Y sólo hasta que empezaron a sonar los primeros acordes distorsionados de "Monarchy of Roses". Porque, sobre el escenario, cada uno llena su espacio como si la superación de ese miedo original, a esta altura de su gira de presentación de I´m With You, ya fuera total. Al frente, Kiedis con sus movimientos entre robóticos y espásticos; a la izquierda, el marciano Flea, mameluco celeste y tintura violeta, el master de la digitación de las cuatro cuerdas, un tipito que se contonea y se parte con cada nota; detrás, Chad Smith cabalgando sobre su Pearl y justificando su ausencia temporaria en esa superformación llamada Chickenfoot. Klinghoffer, también, donde tiene que estar. La ovación generalizada, en este momento inicial fue precisa: a lo largo de la noche quedaría demostrado que el pibe (casi 20 menor que sus compañeros, tiene 31) se mueve con soltura en cada solo, cuelgue o fraseo, pero se siente más a gusto con los arreglos de su propia autoría. De una, queda claro que no tiene que llenar los zapatos de nadie. Incluso, los temas nuevos son recibidos con entusiasmo: "Look Around", "Factory of Faith", el ya hit "The Adventures of Rain Dance Maggie" y, hacia el final, "Dance, Dance, Dance", esas muestras de un estilo particular que se termina de evidenciar (para algunos dolorosamente) en los cambios realizados a los solos de piezas ya eternas como, por ejemplo, "Californication".
Funky motherfuckers
Más allá de esta suerte de trauma en eterna superación, el de la sucesión de violeros (el "Navarro affair" hace que aún hoy nos sea imposible escuchar los temas de One Hot Minute en vivo), el verdadero demiurgo del sonido seminal, de ese sonido que definió una escena en los noventas, es Flea. El duende eternamente jovial y eternamente curioso (de hecho, sigue estudiando a pesar de su comprobado virtuosismo): los Peppers son gracias a ese bajo mágico. Los cuelgues, intros y outros, que enfrentan a Flea y a Klinghoffer o a Flea y Smith, incluso sus propios juegos solitarios. El funk veloz de "By The Way" (en simultáneo a esos stacattos acelerados de Josh), o "Charlie" (una de las pocas del doble Stadium Arcadium) o la versión de "Higher Ground", en la que el funk explota punk y pogo agresivo. Kiedis, la otra mitad del núcleo duro, disimula los gajes de la edad y el agotamiento vocal con esa actitud inigualable, ese frenetismo escénico: pasaron casi treinta años pero, ahí arriba, ellos siguen siendo los mismos dos pendejitos entusiastas.
El viento y ciertos desajustes técnicos esporádicos reflotaron al fantasma de los problemas de sonido de la última vez; sin embargo, el clima general tendía precisamente a la voluntad exoneratoria del recuerdo: algunos clásicos ayudaron el revival de aquellos años felices. De Californication, "Otherside", "Right on Time" y "Parallel Universe" para los bises pos solo de Chad junto al percusionista Mauro Refosco; del gigantesco Blood Sugar Sex Magik, dos extremos: "Under The Bridge", melancolía pura (y la triste evidencia de que el coro de Klinghoffer no es suficiente) y el track del título, sexo violento, con Kiedis un par de tonos más arriba. Desde ahí también, el verdadero final, "Give It Away": pogo acompasado, un coro de 50 mil tipos y, todos, con su fe renovada.
Por Yamila Trautman
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