Luego del colapso y la desintoxicación en España, el Cantante volvía a los escenarios argentinos y, peleando contra sus inseguridades, trataba de aprender todo de nuevo; recordá otra entrevista histórica de nuestro especial aniversario
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Despues de algunos años de reclusión y silencio (habia abusado de las drogas y de los cuatro canales), después de un tiempo limpiándose en los Pirineos –donde "le daba de comer a un burro"–, Andrés Calamaro reapareció en escena, en febrero de 2005, cantando tímidamente algunas de sus canciones en Cosquín Rock, con la Bersuit como backing band (parece increíble que se hiciera el Cosquín a poco más de un mes de Cromañón, pero así fue). En los registros se lo ve tranquilo, casi sedado, subido de peso y en conexión blanda con ese momento de felicidad y reconocimiento. Sin embargo, algunos meses más tarde me diría: "Cosquín fue una tortura. Reaparecer en un festival masivo, sin probar sonido, teniendo que satisfacer un montón de expectativas que no estaba seguro de poder complacer... En lo único que pensaba era en terminar y volver corriendo a casa".
En abril se concretó el regreso formal en el Luna Park. La primera de las tres noches coincidió con la noticia del sobreseimiento en la vieja y ridícula causa del porrito, pero el mood de Andrés seguía siendo instrospectivo. Casi todo el show lo dio sentado, haciendo movimientos suaves de brazos y torso, como si temiera romper algo. Fue un regreso triunfal y conmovedor, pero también agridulce: de alguna manera, todas esas canciones (de Los Rodríguez, Los Abuelos, de su primera etapa solista, de su magnífico triplete de fin de siglo – Alta suciedad, Honestidad brutal, El salmón –, las de El cantante ) parecían hablarnos de un tiempo perdido. Y a la vez gozaban de plena vigencia.
Por ese entonces Calamaro –como casi todos– era una figura más intrigante. No existía Twitter, ni SoundCloud. Su colapso había dejado un agujero grande en el rock argentino, y en el tiempo en que estuvo fuera, la edad de oro de La Mega, su influencia creció enormemente. Calamaro, de alguna manera, había tenido su propia Puerta de Hierro.
La única vez que lo había entrevistado había sido por teléfono, en marzo del 2000. Yo estaba en la redacción de Página/12 y el fotógrafo Jorge Larrosa, amigo y padrino de Calamaro en sus expediciones a los bajos fondos (y autor de la letra de "Nos volveremos a ver"), me pasó el tubo diciendo que Andrés quería darnos una información. Apenas alcancé a decir "hola" que, del otro lado de la línea, Calamaro empezó a hablar como quien recita una versión psicodélica del Preámbulo. La noticia era que había grabado trescientas canciones en tres meses y que viajaba a Madrid con las valijas llenas de demos para convencer a los ejecutivos de Dro ("no pienso ponerme a discutir sobre el tema") de que publicaran al menos un tercio en un solo lanzamiento (como detalle de época, una noche había llenado un disquete con veintinueve tracks).
"Quiero dar una patada a la mesa y que quede temblando cincuenta años", decía en medio de una prédica furiosa contra la industria del disco. Eran los días de su pelea pública con Charly García, de los primeros elogios del Indio Solari, y de la tapa de un semanario que decía que pesaba treinta y siete kilos. "De la cintura para abajo", me dijo él. Con el tubo apretado entre la oreja y el hombro, yo tipiaba sin parar. Lo que empezó como una comunicación espontánea terminó siendo una entrevista a doble página que adelantaba un proyecto demencial: el álbum quíntuple El salmón.
La elipsis podría llevarnos de vuelta al tiempo de El regreso. Un año antes del Anuario 2005, Juan Ortelli cruzó a Andrés en la trastienda de un show de Intoxicados en Obras. Metido en una remera de Mötley Crüe, Calamaro le dijo esto: "¿Sabés qué me pasa? Todas las canciones se borraron de mi mente".
Algo de eso pudo probarse en los shows en Cosquín y en el Luna, en los que Andrés tenía a mano un machete con las letras. La rehabilitación había dejado sus marcas. Así que cuando empecé a mandarle mails para proponerle una entrevista, suponía que iba a encontrarme con un Cantante apocado, reconciliado con el mundo, en paz. La cosa no era tan así.
De entrada, entendí que Andrés cargaba todavía con la más poderosa de las adicciones: la necesidad del reconocimiento total. Sentía que durante años se lo había menospreciado, que no tenía el lugar de clásico que merecía y que era tiempo de revancha. A mí me parecía insólito, porque veía síntomas de esa consagración por todas partes. Pero a él nada le alcanzaba. Y en nuestro primer intercambio epistolar, arremetía contra medio mundo. También parecía rehén de su ciclotimia. A un mail explosivo le seguía otro de arrepentimiento y un tercero de contraataque. Con cierta frecuencia, cuando algo lo enojaba, me decía que se cancelaba el reportaje. Era un posgrado crudo y enervante de honestidad brutal que sumaba kilobytes en mi bandeja de entrada. Yo tampoco era inocente. Su tipeo encabritado era una máquina de revelaciones. Después de una buena cosecha de preguntas y respuestas, le dije que no había RS Interview si no nos veíamos la cara. Me invitó a su viejo departamento de Recoleta, pero me pidió que evitáramos todo lo posible los grabadores.
La primera parte de la reunión fue maravillosa. Me mostró canciones hasta entonces inéditas y las cantaba con el corazón abierto y los ojitos achinados. Para alguien que había crecido con su música, era un momento inolvidable. Después, cuando forcé un momento de entrevista, fue como si el humo negro de Lost le diera un abrazo. Empezó a rascarse, a carraspear... La línea de montaje mental parecía funcionar bien, pero algo bloqueaba el paso en el camino al mundo exterior. Anulando las lagunas, lo que decía tenía sentido y sintaxis perfecta, pero yo me sentía una especie de torturador. Decidí que lo mejor era seguir por mail, y él, además, tenía que ir al gimnasio. Esa noche me encontré con un mensaje que tenía dosis parejas de reproche y autocrítica: "PP... Bueno, entonces nos enfrentamos a la cruda realidad... Hablando no me pongo de acuerdo conmigo mismo... Yo quiero esa tapa, pero no tengo nada que decir. Y si no me ayudás un poco... no va a salir nada". Me advertía que teníamos que resolver la nota esa semana, porque después se iba a España. Era mejor seguir por mail.
El reportaje, entonces, terminó siendo un relato un tanto esquizoide (me hago cargo de mi parte) sobre ese momento de resurrección, inseguridad, enamoramiento (era el comienzo de su relación con Julieta Cardinali) y genio creativo en suspensión criogénica. Leyéndola a la distancia, transmite una mezcla de admiración y fastidio, y está un poco sobrecargada de impresiones y apuntes metaperiodísticos. La nota ya era, en parte, un backstage, o un tratado sobre las complejidades de entrevistar al Salmón.
La sesión de fotos estuvo a cargo de la gran Nora Lezano. Cuando Andrés se enteró de que íbamos a usar el retrato de la lengua para la tapa, me mandó uno de los últimos mails de aquella temporada. Asunto: URGENTE. Me pedía "de rodillas" que no usáramos esa foto, que quería salir bello, que esto era una "traición absoluta". Le dije que vería qué podía hacer, que tenía que hablar con el director (por entonces Ernesto Martelli) y con los jefes de Arte y Fotografía. Le agregué, conociendo sus puntos débiles, que a mí la foto me había parecido "elegantemente desfachatada". "Tiene algo Stone y algo de Einstein", le dije. "En fin, son gustos…". Su siguiente mail llevaba como título "Rectificando". Decía así: "Ok, perdón. Usen la foto de la lengua. URGENTE. La foto está buena. Me equivoqué. A veces pasa".
Por Pablo Plotkin
Leé la entrevista publicada en diciembre de 2005
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