La cantante nigeriana-británica se presentó en Vicente López, en su primera visita al país; crónica y fotos
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"Veinticinco años y dos horas tarde: lo siento mucho", son las primeras palabras de Sade Adu ante una audiencia que aguardó pacientemente la larga demora para el comienzo del show debut de la diva negra. Nacida en Nigeria bajo el nombre de Helen Folasade Adu, pero con residencia británica desde los cuatro años, la cantante es pura dulzura para ofrecer las disculpas del caso. Luce casi igual que en sus primeros videos de los ’80, esbelta y con una gracia felina cautivará durante dos horas a una audiencia devota que conoce el setlist a la perfección, en donde el downtempo manda y el saxo a veces roza el límite de lo tolerable. Un rato antes, buena parte de las siete mil personas habían sido informadas del retraso en las distintas entradas del nuevo Predio Vicente López al Río: unos carteles improvisados avisaban del percance sufrido por los camiones que trasladaban el equipamiento desde Chile. De todas maneras, la espera se hizo interminable, a pesar de los shows de los teloneros (Buddha Sounds, María Eva) y de los puestos de comida por donde algunos famosos (Mercedes Morán, Ronnie Arias, Verónica Lozano, Ema Hourvilleur, entre otros) mataban el tiempo haciendo largas colas. Si bien el nombre de Sade no dice nada para las nuevas generaciones, la preciosa modelo y cantante fue en los ’80 una figura indiscutible de la escena jazzy, un sub-genero inglés que mezclaba elementos del jazz y del soul para crear un pop radial de fácil digestión, nombres como Simply Red y The Style Council tuvieron bastante éxito en una década marcada por escenas efímeras. Con Sade, la banda, fue distinto; discos espaciados en el tiempo y cierta adaptación a los tiempos electrónicos marcaron una sobrevida para un grupo con una cantante exótica, preciosa mezcla entre Nina Simone y Astrud Gilberto, una voz construida de susurros y suavidad capaz de embelesar a audiencias que no olvidan.
Minutos antes del comienzo, suena David Bowie con "Sound and Vision" desde los parlantes al costado del escenario pelado, no hay nada sobre el piso, ni equipos ni micrófonos. La escenografía serán las pantallas, una que ocupará todo el fondo del escenario y un telón al frente en donde se proyectarán imágenes mientras los músicos ascienden y descienden gracias a tarimas mecánicas. Una cuidada puesta con telas de colores que bajan y desaparecen, mientras la reina africana emerge, mueve suavemente sus caderas y baila como una odalisca en cámara lenta. Todo forma parte de una ingeniería para el asombro, ocho músicos en escena que rotarán sus puestos al servicio de las canciones o de las imágenes que llegan desde las pantallas, es sound + vision no caben dudas pero en función de lo que piden los temas lentos.
Ante todo, Sade es una banda y de eso puede dar fe el cuarteto fundador que acompaña a la cantante desde hace 25 años. Stuart Matthewman es el cerebro y compositor, toca la guitarra y el saxo, baila y gana protagonismo cuando las canciones estallan en sus solos; más atrás, Andrew Hale en piano dirige los contornos de una orquesta afinada mientras Paul Denman, al bajo, domina el pulso del corazón de todas esas canciones que sonaron tanto en Aspen como en primeros encuentros románticos. Suenan todos los hits. El primero es "Your Love is King, donde Sade Adu celebra el amor mientras acaricia suavemente a todos con su voz; "Kiss of Life" es pura cadencia y sensualidad, pero la explosión llega con el megahit "Smooth Operator", previa animación visual cargada de luces de neón e imágenes nocturnas de Nueva York. La platea arde, señoras bien compuestas levantan los brazos e intentan imitar los pasos de la cantante, del lado masculino hay aullidos y frecuentes mensajes: "I love you" es el más común y aquel viejo soundtrack de juventud cobra vida cual viagra musical. Posiblemente, muchos buscaron ese efecto que esconden las canciones que funcionan como máquinas del tiempo y provocan aquel efecto inicial. Por lo visto los temas de Sade Adu alcanzan esa rara cualidad. Hay más, "Paradise", "Stronger Than Pride" y el tremendo ascenso dramático de "Is It a Crime", con el saxo aplicando adrenalina en la piel de las cuarentonas más dispuestas. Habrá varios cambios de vestuario, que incluyeron a toda la banda, pero el mejor aparece sobre el final cuando la diva, descalza, expone toda su belleza en un vestido largo de color blanco y escote pronunciado.
Mucho glamour, abajo y arriba del escenario, entradas saladísimas y un público que se olvidó rápidamente de la larga espera, pero por sobre todo un show impecable en la puesta y en la ejecución, perfecta combinación que en parte restaura esas canciones que suenan un tanto añejas fuera de ese ámbito de reencuentro; tal vez en otro espacio no puedan esconder su factura soft y la clara dirección adulta. Pasaron temas de sus seis discos de estudio, sobre todo el más reciente, Soldier of Love, un trabajo más cercano a la electrónica actual y a las baladas románticas de la era trip-hop. Todos contentos, y la posibilidad de un bis mientras la reina africana se eleva sobre una pequeña tarima, saluda con gesto delicado, parece una deidad hindú o quizás lo sea, mientras la banda sigue tocando "Cherish the Day".
Por Oscar Jalil
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