Game of Thrones: ¿Quién ganó la Batalla de los Bastardos?

Crédito: HBO
En el penúltimo episodio de esta sexta temporada, Jon Snow y Ramsay Bolton se enfrentaron por el control del Norte en un memorable episodio que lo tuvo todo; ¡ATENCIÓN: HAY SPOILERS!
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20 de junio de 2016  • 01:47

Claramente, a partir de aquí cambia todo. Lo que no quiere decir que lo haga para bien. Es sencillo: "Battle of the Bastards", el noveno y penúltimo episodio de esta sexta temporada de Game of Thrones marca el momento en que el juego de tronos comienza a perfilar sus contendientes por sangrienta eliminación, dejando paso a la "Gran Guerra" a la que refieren las sacerdotisas rojas. Sólo puede sentarse en el Trono de Hierro quien todavía esté vivo. Y este memorable episodio mostró con lujo de detalles y una ambición narrativa desbordante que sobrevivir, a veces, es también perderlo todo. ATENCIÓN: HAY SPOILERS

SANSA Y JON. Qué extraño suena reunirlos en un mismo párrafo. Después de tanto tiempo separados y más allá de las profesiones de amor y lealtad, los ¿hermanos? no se conocen y desconfían mutuamente de sus motivaciones y sus métodos. Como vimos en el capítulo anterior, Jon –prototipo del líder carismático y del estoico– prefiere atacar ahora a Ramsay Bolton con lo poco que tiene y confiar en que sus probabilidades desafíen la lógica para llevarlos al triunfo. El odio y la sed de venganza de Sansa no requieren gloria, sino la victoria, ya que su única satisfacción es la muerte de su enemigo. Y para ello necesita a los hombres de Littlefinger, de quien ha aprendido cosas que prefiere no aceptar ("Mañana morirás Ramsay. Que tengas una buena noche", le dice a Bolton en la última negociación, cuando el sanguinario lord rechaza una invitación de Snow a resolver el conflicto con un duelo a muerte entre ellos). Tras reclamarle a Jon que no le haya dado la oportunidad de participar de su plan de batalla, dado su conocimiento íntimo de las motivaciones y sus manipulaciones del usurpador, le aconseja que sobre todo, no haga lo que él quiere que haga.

Crédito: HBO

Lo críptico del consejo no lo hace menos atinado: al día siguiente, Bolton asesina salvajemente a Rickon delante de ambos ejércitos. Un enloquecido Jon sale a enfrentarse de forma suicida con las fuerzas de Ramsay. Como siempre, la sensatez de Davos Seaworth recompone su posición, al menos hasta que queda en claro que la valentía de los Stark no alcanza para zanjar la diferencia de número y profesionalismo entre los ejércitos. Cuando todo parece perdido y hasta Snow parece ahogarse bajo el peso de los cadáveres que se apilan sobre él –en una de las escenas más terriblemente bellas de un combate que no ahorra ni sangre ni horrores– el ejército del Valle, cual Séptimo de Caballería, rompe el cerco y termina la contienda victorioso. Bolton, derrotado, se encierra en Winterfell y, cuando lo que pensaba sería un prolongado sitio culmina en un segundo, gracias a un ariete móvil en la forma del gigante de los Stark, el villano termina en una de las celdas del castillo. Jon Snow se detiene antes de matarlo a golpes, pero Sansa cede ante el odio –al Lado Oscuro de la Fuerza si se quiere– acercándose cada vez más a aquello que la repugna: deja que los perros hambrientos de Bolton cenen a su dueño ("Ya vivo dentro tuyo", se despide, enigmático). Para el próximo capítulo quedará el costo para los Stark de ese rescate en el último minuto y el precio de esa muerte, muy lejos de la rectitud que ostentaba la sentencia pública que cumplía Ned en el primero episodio de la serie. Otra incógnita el destino de Jon, ahora que su primera tarea está cumplida y, se espera, llegue el llamado de su único hermano vivo. Bran deberá comenzar con su tarea pronto, con los vientos de invierno que dan título al final de temporada, y a la interminable novela que aún esperamos del creador de la historia, George RR Martin.

DAENERYS Y TYRION. El regreso tipo James Bond de la heredera de los Targaryen en el último episodio es sucedido por un imprevisto paso de comedia, en el que el renegado Lannister le explica, entre bombas incendiarias lanzadas desde la armada de sus enemigos, que las cosas no podrían andar mejor en Mereen. Cuando el análisis político de su "mano de la Reina" termina de desplegarse, ella lo despacha con un sucinto "Bien", que hace respirar a todos. Ha pasado el examen. Y el próximo llega a los pocos minutos: la intención de la soberana de arrasar con las ciudades de sus enemigos resulta en una lección de historia del Imp, que nada casualmente tiene que ver con el deseo del Rey Loco de hacer volar King's Landing con arsenales de fuego valyrio escondidos en sitios clave de la ciudad. Tras una dantesca demostración del poder de fuego de los tres dragones trabajando juntos, el ataque de la horda dothraki y un hábil asesinato selectivo de los líderes de los Maestros, la guerra termina. Y ahora, es momento de la política. Los Greyjoy han llegado con su propuesta: barcos y respaldo de su casa a las pretensiones de los Targaryen a cambio de una ayuda para destronar al tío Euron. Las dos mujeres –las primeras en Westeros en intentar ser coronadas en sus respectivos dominios sin un hombre a su lado, a las que podríamos sumar la muy plausible Reina en el Norte, Sansa Stark– repasan sus padres y soberanos, ambos locos, autócratas y crueles. Tienen más en común que lo que imaginan: el deseo de "romper la rueda", de hacer las cosas de otro modo. "Al irnos, dejaremos las cosas mejor que cuando llegamos", dice Daenerys. A cambio de los dragones Targaryen, los Greyjoy cambiarán su milenaria manera de vida. No más piratería, matanzas y violaciones para los Nacidos del Hierro. "Ya no más", dicen Yara y Theon, casi sin consultarlo. Tyrion sonríe. La larga marcha a Westeros comienza.

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