Las siete esferas: Netflix transforma un relato de Agatha Christie en un experimento a la caza de nuevas generaciones
A lo largo de tres episodios, la miniserie “moderniza” el texto original y procura que “pase algo todo el tiempo” para mantener la atención del espectador
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Las siete esferas (Agatha Christie’s Seven Dials, Reino Unido/2026). Dirección: Chris Sweeney. Guion: Chris Chibnall, basado en la novela “The Seven Dials Mystery”, de Agatha Christie. Fotografía: Luke Bryant. Música: Anne Nikitin. Edición: Emma Oxley. Elenco: Mia McKenna-Bruce, Martin Freeman, Helena Bonham Carter, Edward Bluemel, Alex Macqueen, Guy Siner, Hughie O’Donnell, Ella-Rae Smith, Corey Mylchreest, Nabhaan Rizwan. Plataforma: Netflix. Cantidad de episodios: 3. Nuestra opinión: buena.
El universo de Agatha Christie es tan prolífico como inagotable. La frase se explica sola cuando, al cumplirse medio siglo de su fallecimiento (la escritora británica murió el 12 de enero de 1976), reafirma su presencia a la sombra de Netflix, en esta nueva intriga bautizada Las siete esferas.
Es importante aclarar que el libro -El misterio de las siete esferas, en el que se inspira la miniserie que acaba de estrenarse-, pertenece a un período de transición en el corpus narrativo de la escritora. Es posterior a El misterioso Caso de Styles o El club de los martes, pero bastante anterior a Asesinato en el Expreso de Oriente y Muerte en el Nilo. La aclaración es pertinente, puesto que para el momento de publicación de la novela, Christie todavía no había terminado de desarrollar su estilo de resolución deductiva y quirúrgica, con la que popularmente se la asocia. Quien no sepa lo anterior, y vaya a buscar en esta serie aquellas conclusiones de precisión matemática, probablemente se desilusione. O lo que es peor, arremeta contra este misterio dividido en tres capítulos cuando, a decir verdad, sigue bastante fielmente la materia prima original.
Ambientada en la campiña inglesa de 1925, Las siete esferas comienza con una fiesta en una lujosa mansión, donde un grupo de jóvenes de clase alta decide hacerle una broma inocente a un amigo, que siempre duerme hasta tarde. La idea es esconder ocho despertadores en su habitación, para que suenen al mismo tiempo. Al día siguiente, los relojes hacen su trabajo pero nadie se levanta. Cuando entran al cuarto, encuentran al muchacho muerto en su cama.

En medio del desconcierto emerge la figura de Eileen “Bundle” Brent (Mia McKenna-Bruce), hija de la dueña de casa (Helena Bonham Carter). La joven, aristócrata y curiosa, decide investigar por su cuenta, comenzar a atar cabos, sospechar que se trató de un asesinato, y descubrir la existencia de una misteriosa organización llamada “Las siete esferas”.
El revival que han tenido este tipo de relatos, a partir del éxito de la saga Knives Out, lleva a pensar si en pleno siglo XXI, una propuesta como Las siete esferas puede funcionar. Puesto que no es lo mismo trabajar un relato escrito para la ocasión (como sucede con la trilogía protagonizada por Daniel Craig) que adaptar una historia editada en 1929. La respuesta es el punto más interesante de esta propuesta.
Funcionar, funciona, pero para ello se han cambiado elementos clave del texto. Se han suprimido diálogos y situaciones, y también potenciado personajes (el ejemplo más claro es el padre de Bundle, cuya presencia en la novela resultaba intrascendente, y su ausencia en la miniserie colabora a los engranajes de la trama). La evidente intención fue la de darle al relato un mayor dinamismo. También se ha puesto todo el peso de la historia en la protagonista, dejando en un rol secundario y, por momentos desdibujado, al superintendente Battle (Martin Freeman). No es que en el original fuera Hércules Poirot, pero ciertamente tampoco era el Inspector Clouseau.

El camino elegido por el director Chris Sweeney, y el guionista Chris Chibnall, fue el de recalibrar el texto de Agatha Christie a lo que -debe decir el algoritmo-, es el gusto de las nuevas generaciones. Menos explicaciones en sala de estar (de hecho, hay un gag que se burla directamente de eso) y más acción; menos lógica y más fuegos de artificio. Es decir, la seducción permanente al espectador contemporáneo, por miedo a que pierda la paciencia y apriete “Stop”.
Contra todo pronóstico, lo anterior “eleva” el libro original (que está muy lejos de ser uno de los mejores de la autora), cercenando la solemnidad y aportándole un estilo moderno, sin por ello traicionar su esencia. El trabajo está logrado, al punto de resultar imaginable -y hasta deseable-, que quien disfrute de Las siete esferas, sienta la curiosidad de bucear en la bibliografía de su autora.
Y será en esa búsqueda donde descubra la diferencia mayor entre libro y miniserie, lo que a la vez es su punto más flojo. Tanto el ritmo como la distribución episódica terminan, en varios momentos, funcionando como una trampa para el espectador. Lejos de aquellos climas, en donde al momento dramático le sucedía uno de pausa, para que la platea razonara lo que estaba pasando, aquí la sucesión de situaciones lleva de la mano al observador, directo a la revelación final. Personajes sin desarrollar, situaciones que no aportan al drama, aparecen en muchas ocasiones para que “pase algo todo el tiempo”. De esta manera se alcanza un placer estético, pero sacrificando el intelectual.
Las siete esferas es un experimento que deja una pregunta concreta: ¿cuánta energía contemporánea puede absorber un misterio de 1929 sin perder su encanto? Los creadores de esta producción entienden que mucho, y por eso buscaron una Agatha Christie inquieta y joven. El material respondió, y el resultado está a la vista. Los puristas en relatos de misterio, la verán de reojo; mientras el resto la disfrutará como una oferta más entre tantas que pueblan el catálogo de la plataforma. ¿Es una falta de respeto a la obra de la autora? Para nada. ¿Es un reverdecer de su estilo e impronta, de cara a una recuperación de sus relatos para las nuevas generaciones? Tampoco.
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