Wounds: pastiche que nunca entrega lo que promete

Hernán Ferreirós
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16 de noviembre de 2019  

Wounds

Nuestra opinión: regular

(EE.UU./2019). Guion y dirección: Babak Anvari. Elenco: Armie Hammer, Dakota Johnson y Zazie Beets. Duración: disponible en: Netflix.

Will (Armie Hammer) trabaja en un bar de mala muerte en Nueva Orleans y está en una relación no muy entusiasta con Carrie, una estudiante de literatura (Dakota Johnson, en una interpretación que sería demasiado desganada incluso si su personaje fuera adicto a la heroína). En una noche típica, Will flirtea con una clienta habitual frente a su novio mientras que los otros regulares juegan al billar, eventualmente arman una pelea y uno termina con una botella de cerveza clavada en la cara: lo de siempre, excepto que, esta vez, alguien pierde un celular en medio de la bravata.

Will se lo queda, descifra fácilmente el código para desbloquearlo y mientras busca algún dato acerca de su dueño se encuentra con una serie de imágenes perturbadoras. Aunque no está seguro de que sean reales, parecen afectarlo profundamente, al punto de que empiezan a alterar su conciencia. Lo que sigue es un pastiche de Cronenberg, Lynch y j-horror que nunca llega a la altura de su promesa: en este caso, el todo es menos que las partes.

Como en Videodrome, aquí la tecnología distorsiona la percepción y, quizá, también el cuerpo del protagonista, en el que, por momentos, aparecen inquietantes nuevos orificios. Como en Lynch, hay un minucioso y ominoso diseño sonoro, una vibración o zumbido permanente que carga de amenaza la más banal de las acciones. Y como en el terror japonés, surgen símbolos luctuosos (aquí, algo que parece un pozo húmedo y sin fondo) que asedian a los protagonistas.

Todo se acumula sin un mapa claro en un relato que podría ser un comentario sobre la alienación producida por los dispositivos a los que entregamos nuestra vida o sobre la vacuidad de una existencia mediocre sin experiencias auténticas o sobre la ruptura amorosa como un viaje alucinatorio en el que las metáforas de la herida y el infierno se vuelven literales.

No importa que no haya un tema específico que aporte cohesión, pero sí que, ante su ausencia, queda un relato construido como una sucesión de escenas que no parecen tener una relación causal o emocional, simplemente se nos presentan como lo próximo que sucede. Se sugiere un vínculo general con un ritual gnóstico que hace de las heridas un portal hacia algún otro plano, pero esto apenas si es mencionado. Quizá la novela original, The Visible Filth, de Nathan Ballingrud, tenga más sentido o un sinsentido más logrado, pero tal como llegó a la pantalla, es un relato que más que enigmático y perturbador parece inconcluso y recalentado con innecesarios sobresaltos e ideas ya vistas.

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