Tiene 8 episodios, está entre lo más visto de la plataforma y su protagonista es Luis Tosar
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Salvador (España/2026). Dirección: Daniel Calparsoro. Guion: Aitor Gabilondo (creador), Joan Barbero, Anna Casado. Fotografía: Tommie Ferreras, Josu Ubiria. Edición: Oriol Domènech, José Luis Romeu. Elenco: Luis Tosar, Claudia Salas, Leonor Watling, Fariba Sheikhan, Patricia Vico, César Mateo, Alejandro Casaseca, Juan Carlos Vellido, Guillermo Lasheras. Duración: 8 episodios de entre 40 y 50 minutos. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: buena.
Se habla mucho de Salvador por estos días. Desde su estreno a inicios de febrero, esta serie de 8 capítulos atravesados por el vértigo y la violencia lidera el ranking de lo más visto en Netflix en España y también es un boom de audiencia fuera de su país de origen, incluso ahora mismo en Argentina.
La presencia en el elenco de Luis Tosar -uno de los actores más respetados del cine español- y Claudia Salas -figura de otro fenómeno reciente de Netflix, la serie de temática adolescente Élite, que terminó el año pasado tras ocho exitosas temporadas- puede haber funcionado como anzuelo, sobre todo en España, pero Aitor Gabilondo (también creador de otros productos con muy buena audiencia como Patria, El Príncipe o Vivir sin permiso) ha acertado también con la línea argumental: contar la radicalización política juvenil y el auge de grupos neonazis, dos asuntos muy actuales, a través de un thriller intenso, por momentos sofocante, no es mala idea para un producto que aspira a la masividad.
Es notorio que el andamiaje narrativo de Salvador funciona. La serie, dirigida por el cineasta catalán Daniel Calparsoro (el mismo de la serie de Prime Video Operación Marea Negra y los largometrajes Salto al vacío y Cien años de perdón), tiene un ritmo sostenido, va sembrando intrigas en cada capítulo para mantener la tensión -como es norma en el formato- y tiene unas cuantas escenas de acción muy bien resueltas, más allá de algunas licencias en relación con la verosimilitud que son comunes en muchas de las ficciones de este tipo, incluso en las más celebradas. No importa tanto si es probable que alguien use un inodoro como arma de ataque contra los rivales, sino si la imagen provoca algún tipo de escozor, si es efectiva para sintetizar un clima o una idea.
Su mayor debilidad, en cambio, está relacionada con el abordaje ligero de algunos de los temas que elige. En Salvador, la violencia ultra está relacionada casi siempre con traumas familiares del pasado que persisten como fantasmas en el presente, una hipótesis monocausal que se queda muy corta. Está claro que el auge de los discursos extremos responde a múltiples factores y que no todos los ultras escogen el camino que escogen porque tienen un problema emocional que los determina, como parece sugerir la serie.
Este tipo de simplificaciones no han pasado inadvertidas en España, donde se ha señalado, tanto en redes sociales como en reseñas en distintos medios de alcance nacional, la proliferación de tópicos, estereotipos y lugares comunes en la trama, además de una pretendida “equidistancia” respecto a identidades ideológicas consideradas extremas (en particular, en relación con los movimientos antifascistas) que no pocos han traducido como condescendencia con los ultras de derecha y los neonazis.

El protagonista principal de la historia es Salvador Aguirre (Tosar), un conductor de ambulancias con un pasado personal complicado, un médico que dejó abandonada su profesión por problemas con el alcohol y el juego, pero que también quiere reivindicarse. Viudo y confinado en una modesta vivienda compartida con trabajadores inmigrantes, luce visiblemente angustiado, deprimido, derrotado. Y para colmo tiene una relación distante con su hija, Milena, integrante de los White Souls, un grupo de ultraderecha infiltrado entre los simpatizantes del Real Madrid.
A partir de un trágico incidente que involucra a Milena se desarrollan en Salvador dos núcleos narrativos que se entrelazan: por un lado, el thriller de acción -los enfrentamientos callejeros, el caos y la violencia explícita-; y por el otro, un drama íntimo de duelo y búsqueda de horizontes.
El personaje que Tosar encarna con gran sensibilidad se sumerge en un mundo que le es completamente ajeno para tratar de entender cómo su propia hija fue captada por un grupo de ideología extremista y, en ese mismo recorrido, descubrir en qué falló como padre.
La serie se ocupa de resaltar el papel que juegan las redes sociales en la difusión del odio y la violencia: más que un escenario neutro, las propone como agente activo en la construcción de identidades ultras, pero sin profundizar demasiado en las dinámicas internas de esos entornos, sus contradicciones o los mecanismos de captura emocional que moldean no sólo los mensajes en circulación sino también la subjetividad de quienes los consumen.
También aparece en el relato el fenómeno de los “incels”, una comunidad eminentemente masculina de célibes involuntarios que por lo general cultiva la frustración, el odio y la hostilidad misógina, actitudes que encastran perfectamente con las lógicas de victimización y de radicalización que son moneda corriente en las redes. Siempre dentro de un esquema narrativo que prioriza el efecto sobre la precisión y la densidad, y que por eso, justamente, peca muchas veces de superficial.
Las preguntas que genera Salvador son parecidas a las que suelen aparecer alrededor de ficciones como El marginal o en En el barro, por citar dos casos populares de producciones argentinas con “contenido social”: ¿Puede un thriller pensado para audiencias masivas absorber la complejidad del fenómeno ultra sin reducirlo a espectáculo? ¿Puede narrarse la radicalización política actual de una manera fluida y clara sin convertirla en producto de consumo rápido?
De hecho, Salvador cuenta con una narración bien estructurada en términos dramatúrgicos y con un elenco bien afirmado (además de las buenas performances de Tosar y Salas, son valiosos los trabajos de Leonor Watling y Alejandro Casaseca, dos de los referentes de los temibles White Souls). Pero la serie no ofrece respuestas convincentes a esos interrogantes que inevitablemente suscita. Diagnostica con algo de liviandad con la voluntad de abrir una discusión, quizás su gran virtud. Son los tópicos, los trazos gruesos y los atajos dramáticos los que limitan el alcance de su ambición crítica.
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