Vladimir, una fantasía sensual que no se disculpa por los defectos de su fascinante protagonista
La miniserie de 8 episodios encabezada por Rachel Weisz ya está disponible en Netflix
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Vladimir (Estados Unidos, 2026). Creación: Julia May Jonas. Elenco: Rachel Weisz, Leo Woodall, John Slattery, Matt Walsh, Ellen Robertson, Jessica Henwick. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: buena.
Mucho se ha dicho y escrito sobre las dificultades que la industria audiovisual, especialmente en el universo narrativo de las series, tiene para desarrollar protagonistas femeninas que no sean buenas personas o tengan buenas intenciones. Es una manera tal vez demasiado simplista pero efectiva de distinguir los posibles y muchos más amplios arcos dramáticos que los personajes masculinos tienen “permitidos” frente a las restricciones aplicadas a los femeninos. En el primer caso el antihéroe se celebra mientras que en el segundo la aceptación, si es que existe, rara vez supera al rechazo.
El hecho de que al espectador “le caiga bien” el protagonista no es imperativo mientras que si se trata de una mujer posiblemente las objeciones y la supuesta incomodidad del público sobrepasan todos los otros argumentos de análisis alrededor del relato.
En Vladimir, la miniserie recién estrenada en Netflix, esos reparos se disipan desde la primera escena: la narradora demuestra no ser una buena persona y aunque no sea capaz de reconocer sus fallas tampoco se disculpa por ellas. En una trama en la que los clichés sobre la cultura de la cancelación, el abuso de poder y el feminismo están presentes aunque atenuados por un guion inteligente, se destacan más los espacios que deja a los matices, a las opiniones polémicas y las ambigüedades.

Lejos de presentar una respuesta unívoca o aleccionadora, la miniserie de 8 episodios adaptada de la novela del mismo nombre por su propia autora, Julia May Jonas, utiliza el humor negro para desarrollar un relato complejo, siempre desde el punto de vista de su personaje central, una profesora universitaria de mediana edad al borde de un muy justificado ataque de nervios.

La actriz británica Rachel Weisz encarna a la protagonista a la que la ficción no le asigna un nombre propio, tal vez porque mucho de lo que impulsan sus ideas y decisiones aparenta provenir de quién es ella en relación a los otros: esposa de un colega que está a punto de ser juzgado por las aventuras sexuales que tuvo con sus alumnas; madre de una mujer en crisis con su propia adultez y profesora veterana y admirada por el nuevo integrante de la facultad.
Al modo de Fleabag, por citar una comedia anclada en el universo femenino, aunque sin la exquisita humanidad que se desprendía de la serie de Phoebe Waller-Bridge, la protagonista de Vladimir rompe con la cuarta pared, se dirige a la cámara, al espectador, para revelar sus monólogos interiores, sus ideas sobre el mundo y sobre ella misma. El efecto funciona aunque su excesiva repetición se presenta a veces como una muleta narrativa para hacer avanzar la trama cuando se estanca que como recurso creativo.

“Recientemente me di cuenta de que nunca volveré a tener poder sobre otro ser humano”, nos dice la narradora que prefiere no analizar las formas en las que ese poder aparentemente perdido afecta a los demás. El punto de vista de la profesora es el único que la ficción ofrece y es definitivamente fraudulento: ella miente y se miente con facilidad para convencer al mundo que todo está bien, que las infidelidades de su esposo forman parte de un acuerdo entre partes, que sus descuidos con sus alumnos son lo que la universidad tiene para ofrecerles a los jóvenes en busca de una educación superior y que su obsesión con el nuevo profesor, el Vladimir del título que interpreta Leo Woodall, es amor. “El fin justifica los medios o algo así”, explica con desdén cuando utiliza el chantaje para salirse con la suya.

El cuento, ambientado en una universidad donde las habilidades intelectuales son más valoradas que la honestidad, la solidaridad o la empatía, refleja cómo las emociones y los deseos de la protagonista se subliman en una fantasía sensual que tiene a su joven colega como objeto de deseo. El enamoramiento la consume y le devuelve la pasión por la escritura después de años de bloqueo creativo y, de paso, arrasa con todo el resto de su mundo que, previsiblemente, empieza a desmoronarse.

Weisz, una intérprete sólida y dotada tanto para la comedia como el drama, se luce en el papel aunque su belleza natural y el modo en que los realizadores eligieron retratarla en pantalla quizás no sean los más adecuados para un personaje desesperado por recuperar las riendas de su sexualidad. Por su lado, Woodall no convence como el introspectivo y cerebral Vladimir, tironeado entre sus ambiciones intelectuales y la domesticidad de su propio matrimonio. De todos modos, con episodios de una media hora promedio, la miniserie logra el ritmo narrativo justo para mantener la atención del espectador sin pedir permiso ni disculpas por su egocéntrica antiheroína.
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