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Para mí, la voz de Stevie Wonder siempre suena como lágrimas de alegría, como si él estuviera al borde del llanto, pero de regocijo y paz, al contrario del dolor de alguien como Sly Stone.
Su voz tiene riqueza y claridad en todas sus inflexiones. Ese vibrato es impactante y desgarrador, pero nunca pierde esa cualidad franca que late por debajo. Su ceguera debe haber agudizado sus otros sentidos, su habilidad para imaginar y sentir. Hace que su música sea muy visual, muy gráfica.
La primera vez que recuerdo haber escuchado a Stevie Wonder fue cuando lo oí cantar "Fingertips" en la película Cooley High (1975). Quedé impresionado por la habilidad de ese chico para verse a sí mismo tan claramente y estar tan seguro de sí mismo siendo tan joven. Eso me obligó a descubrir a Stevie Wonder. Mi tío tenía una colección de discos, así que sabía de Talking Book e Innervisions, pero conocí las tapas antes que la música. Me maravillaron canciones como "Superwoman", "I Ain’t Gonna Stand for It" y, claro, "Ribbon in the Sky". Esa canción es tan simple y tan significativa: ¡su voz tiene tantas variaciones y tal diversidad!
Su confianza y su sentido de identidad son sobrenaturales. Stevie Wonder conoce exactamente quién es, qué rol y qué responsabilidad le han sido otorgadas. Se revela como un elegido, y eso es lo que lo hace ser quien es. Es como un milagro.
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