Astor, Piazzolla eterno: las claves del impactante espectáculo en el Teatro Colón que recupera la figura del gran músico
LA NACION conversó con el autor y director general Emiliano Dionisi, el director musical Nicolás Guerschberg y el director de arte Tato Fernández sobre la realización de esta propuesta que se convirtió en el gran suceso del comienzo de temporada
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“Uno nace con una manera de ser y muere con una manera de ser”. La aseveración de Astor Pantaleón Piazzolla resume cabalmente su esencia humana y artística. Su coherencia en el individuo y en la obra. Lo uno construyó a lo otro. Una vida epopéyica.
Un devenir que hoy se ve recreado magistralmente en Astor, Piazzolla eterno, el espectáculo que acaba de estrenarse en el Teatro Colón de Buenos Aires, bajo un texto tan profundo como poético que reafirma la voz testimonial del músico y una puesta en escena exquisita, estilizada y elegante a la altura de las propuestas más exigentes de las principales capitales escénicas del mundo.
“Siempre es un buen momento para meterse en el universo de Piazzolla, quien buscó dejar un legado, era consciente de eso antes de su muerte; un legado que no sólo tenía que ver con su música, sino también con su forma de hacer, de entender la vida, de no contentarse con lo antiguo. Mantuvo una gran ética de trabajo, una forma de entender el arte y de mirar siempre para adelante”, sostiene Emiliano Dionisi, autor, director y responsable de la puesta en escena de Astor, Piazzolla eterno, la propuesta que se convirtió en la primera coproducción entre el Teatro Colón y RGB Entertainment, la compañía fundada por Gustavo Yankelevich.
Emiliano Dionisi, quien también es actor, es uno de los principales referentes de su generación de dramaturgos y directores, siendo el responsable de muy logradas piezas como Romeo y Julieta de bolsillo, El brote, La comedia de los ´Herrores´ y Cyrano de más acá, entre tantas otras que conforman un corpus creativo sumamente nutrido y de gran valía.
Previo al estreno, LA NACION recorrió el gran coliseo que representa a todo un país, una factoría que vibraba y respiraba acompasada por la esencia de Piazzolla y del tango argentino.
“No es tango”, le reprocharon. Vaya si lo es. “Buenos Aires, soy yo”, bramaba su María, esa criatura a la que le dio vida junto con el poeta Horacio Ferrer. Como María, él también respiraba porteñidad, aunque nació frente al mar y el mundo lo coronó primero.
Los arreglos y la dirección musical de Astor, Piazzolla eterno corresponden al maestro Nicolás Guerschberg, histórico integrante de la agrupación Escalandrum, y quien acompaña actualmente a la actriz y cantante Elena Roger en su concierto solista.
Para el músico, la obra del creador de “Adiós Nonino” reviste una vigencia que la convierte en un clásico contemporáneo: “Todo lo que compuso es de increíble actualidad. Tiró la pelota para adelante, hizo que el tango tuviera un nuevo aire, una nueva vida, lo corrió para este siglo. Más allá de que falleció en 1992, su música sigue siendo actual, moderna y continúa reflejando nuestra idiosincrasia, por eso nos representa en el mundo entero”.

Así como el texto dicho y la música se amalgaman para contar esta historia desde un prisma que busca correrse de los lugares comunes y de la narrativa cronológica más tradicional -aunque contiene elementos de la misma-, la simbología visual es otro de los puntales de esta producción.
Tato Fernández es el responsable de la dirección artística y quien diseñó la escenografía y los recursos audiovisuales. Coincidiendo con Dionisi y Guerschberg, Fernández sostiene que a Astor Piazzolla “hay que mantenerlo vivo siempre, es un héroe de la cultura argentina”.
El director de arte entiende que la propuesta también se revaloriza en tanto y en cuanto “no mucha gente tuvo la chance de escucharlo en el Teatro Colón”. Fernández ha trabajado para producciones de Cris Morena, diseñó la escenografía de la obra Rocky -actualmente en cartel en el Teatro Lola Membrives- y está muy vinculado con el mundo de la música como el cerebro de la estética de las presentaciones en vivo de Bizarrap, Milo J, Nicki Nicole y Tiago PZK.

La trama de Astor, Piazzolla eterno se va construyendo a partir de la recreación y representación de aquello que el compositor de “Balada para un loco” fue plasmando a lo largo de su vida. Un hombre de pensamiento que no buscaba congraciarse ni acomodarse a las formas imperantes, tanto artísticas como ideológicas. Parafraseando aquel himno de su autoría, un “piantao” para el establishment de su tiempo.

El hilo dramático construido por Emiliano Dionisi se va tejiendo desde los testimonios de Piazzolla. “Tiene una opinión tan fuerte sobre la vida, que lo que la gente va a escuchar, sobre todo, son sus testimonios”, explica el autor y director.
Esas palabras que aún resuenan poderosas son puestas en boca de un elenco que es una suerte de seleccionado de algunos de los más talentosos nombres del musical argentino: Natalia Cociuffo, Federico Llambí, Belén Pasqualini, Rodrigo Pedreira, Nacho Pérez Cortés y Alejandra Perlusky. Junto a ellos se lucen los bailarines Alejandro Andrian y Victoria Rosario Galoto. Francisco González Gil, por su parte, es el intérprete cover para realizar los posibles reemplazos.
La propuesta no evita lo lúdico. De hecho, se trata de ver en escena a un mismo personaje multiplicado. “Son seis Piazzolla”, reconoce Dionisi, quien, a partir de su propuesta, que también incluye algunos textos originales, buscó “entrar en la psiquis del personaje, con belleza, duendes, imágenes inconexas, poesía, una lógica propia y hasta llanto, en definitiva, con todo lo que implica el ejercicio de entrar en la cabeza de un genio”.
Para el director se trata de “ingresar en el mundo de los sueños, ya que su música invita a soñar”. Una fantasía que permite pensar en una luna que se escapó de Callao para rodar hasta el primer coliseo de Libertad y Tucumán.
Aunque sin buscar el devenir temporal estricto, la obra da su puntapié inicial en la ciudad de Mar del Plata, donde Astor Pantaleón Piazzolla nació el 11 de marzo de 1921.
“Allí se reconoce su primer momento musical y la influencia de la radio”, explica Dionisi y agrega “Astor quería una armónica cromática, pero su padre, en una casa de empeño de Nueva York, le compra un bandoneón”. El destino jugó lo suyo.
<i><b>“Solo estoy en contra de todo lo que es fácil y se repite”</b></i>
Contra molinos de viento
Astor, Piazzolla eterno superó los 40.000 tickets vendidos antes de su estreno, ocurrido el pasado sábado 24 de enero, un reconocimiento que habla de la injerencia del arte del músico que se contrapone con aquellos tiempos donde pagó el costo y fue resistido por romper estructuras tradicionales. En la obra se palpa el periplo musical del creador de “Verano porteño”.
“Corrió los límites, fue en contra de lo establecido, por eso fue muy criticado, algo que sufrió mucho. Tuvo que ir a buscar su reconocimiento a París o Nueva York para poder trabajar. Fue muy fuerte la lucha que dio en Argentina, pero no se amedrentaba con la crítica, iba para adelante y no se conformaba con lo ya hecho”, reflexiona el director Dionisi.
Si bien fue históricamente resistido en nuestro país, en sus últimos años de vida logró la validación de sus compatriotas, o de un sector importante de la sociedad, un deseo que lo perturbaba. En la obra se puede vivenciar ese sufrimiento, la desazón del hombre vulnerable que sufre, aunque también se subraya su presencia en el Teatro Colón, que, desde ya, cobra en esta puesta resonancias especiales.
“Queremos bailar, ¿te pensás que estás en el Colón?”, lo abucheaban en las milongas más tradicionales a las que llegaba para tocar. Finalmente, en vida, logró ofrecer su arte excelso en esta sala que dialoga muy bien con la puesta en escena, al punto tal que, en algunos tramos de la misma, se iluminan algunos palcos y hasta se pone de relieve la bellísima cúpula pintada por el maestro Raúl Soldi e inaugurada en 1966.
El maestro Nicolás Guerschberg sostiene que la falta de reconocimiento en su propia tierra “le costó toda la vida, incluso su salud, pero no claudicaba y lo que ganaba, lo reinvertía. Estaba convencido que lo que hacía tenía valor, lo visualizaba y, finalmente, lo pudo ver”.

Que Astor, Piazzolla eterno se ofrezca en la simbólica sala principal del Teatro Colón adquiere resonancias especiales y recupera, en las retinas de los más memoriosos, aquel concierto que el creador de “Fuga y misterio” diera, en esta casa, el 11 de junio de 1983, una reivindicación a su arte y a su persona: “Para él fue muy importante el Colón. En ese concierto sintió que realmente había logrado ser aceptado, imponer su música y triunfar en el lugar donde tantas veces había venido a escuchar orquestas; porque, cuando, en los años ´40 estudiaba con (Alberto) Ginastera, se acercaba muy seguido como espectador”, recuerda Guerschberg.
En la obra, que no deja de lado el período formativo del artista, aparecen las influencias de Carlos Gardel y Aníbal Troilo. El director musical y responsable de los arreglos adaptó la música de Astor Piazzolla a la formación que se luce en el escenario del Teatro Colón conformada por piano, bandoneón, contrabajo, guitarra eléctrica, violines, chelo y un instrumentista responsable de los vientos.
<i><b>“En Argentina todo se puede cambiar, todo, menos el tango”</b></i>
Engranaje
La puesta en escena de Astor, Piazzolla eterno es realmente llamativa, impactante, aunque respeta la lógica de la narrativa sin caprichos ni pretensiones que se aparten del planteo de lo que se busca contar.
“Tomar riesgos fue una de las premisas que nos planteamos. La idea fue hacer algo disruptivo, que rompiera estructuras y que sorprendiera a la gente”, argumenta Tato Fernández, responsable del área visual y el dispositivo escenográfico donde lo corpóreo -que da cabida a una suerte de “no lugar”- se amalgama con una impactante pantalla, de 18 metros de largo por 8 metros de alto, que ocupa el fondo completo del escenario. Lo tangible dialoga con lo virtual.

“Es un no espacio, porque lo que escribió Emiliano (Dionisi) es una suerte de cuento que nace de la cabeza de Piazzolla a partir de sus testimonios. La idea era no ser exactos, sino que la gente pueda completar lo que ve”. Metáfora y símbolo para ese trabajo activo que conlleva inexorablemente el rol del espectador.
La pantalla, de una fidelidad perfecta, tiene una forma curva que emula la posible silueta de un bandoneón y que permite que algunas de las imágenes que allí se reproducen hagan germinar un efecto tridimensional. Se trata de escenografías virtuales.
“Todo se mueve y comporta como si fuese maquinaria real, lo que se ve no entra por fundido, sino como su fuese a partir de una maniobra o un carro, respetando el lugar en el que estamos, se van armando espacios, enmarcan”, detalla el director artístico Tato Fernández.
Si los textos y la música atraviesan a la platea, el campo visual de la propuesta no resulta menos movilizador para el público.
<i><b>“Mi deber es hacer cosas y tener coraje”</b></i>
Plazos
Desde hace un año, cuando recibió el llamado de las autoridades del Teatro Colón, Emiliano Dionisi viene trabajando en la gestación de esta costosa producción, “un barco enorme”, como define a la aventura.
Durante los últimos doce meses, el director reconoce que “no paré de escuchar a Piazzolla en todo momento”, aunque no se trataba de habitar una zona virginal, “lo descubrí cuando ingresé al mundo de las clases de teatro, ya que su música es habitual para crear escenas o momentos y luego, cuando me sumé al mundo del circo, también resultaba espectacular para aportar en ese lenguaje”.
Con todo, Dionisi reconoce que “este espectáculo me dio la posibilidad de estudiar su vastísimo repertorio”. El director ya había trabajado en el Teatro Colón en oportunidades anteriores con espectáculos como Moliendo a Moliere.
“Desde el primer ensayo tuve la escenografía construida en una nave muy grande y con un espacio que tenía las mismas dimensiones que el escenario del Teatro Colón, incluso se adaptó el piso con madera para que los bailarines pudieran bailar. Es un proyecto grande y delicado, esto quiere decir que debía ser elegante y emocional y, para lograr eso, se necesitaba tiempo y trabajo. La propuesta del Teatro Colón fue hacer algo cercano al teatro musical, inusual en esta casa”, sostiene Dionisi.
El espectáculo es realmente potente. Preciosista. En las funciones estreno, el público lo ovacionó de pie durante varios minutos. No faltó quien derramara alguna lágrima ante esos acordes que amalgamaron para siempre la nostalgia y el futuro, el empedrado con la modernidad.
“Hacer una obra dedicada a Piazzolla y en el Colón es de lo mejor y más desafiante y estimulante que te pueda pasar”, sostiene Nicolás Guerschberg, antes de partir nuevamente hacia el escenario.
En la platea, Tato Fernández repasa las imágenes que devuelve la inmensa pantalla que remarca la escena: “Está la ciudad de Nueva York y su art decó y el sabor de Buenos Aires, nos fuimos a la arquitectura del mundo para contener este espacio, pero la idea de lo onírico sobrevuela tanto en la puesta en escena como en lo que se dice”.
Emiliano Dionisi va y viene buscando la excelencia, el trazo tan fino que hace la diferencia. “Astor Piazzolla cambió el tango y, sin embargo, esa música siguió hablando de nosotros”, finaliza el director.
“Pero verás que renazco, en el año tres mil uno, y con muchachos y chicas que no han sido y que serán”, sostuvo el prócer del tango en su “Preludio para el año 3001”. Una profecía que cobra vigencia con el espectáculo que lo eterniza hoy en el Teatro Colón.
Astor, Piazzolla eterno, de martes a domingo en el Teatro Colón (Libertad 621, Caba).
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