Gustavo Monje, actor todoterreno
"Tweety" dirige a sus compañeros y actúa en Brillantísima con humor
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A los 18 años, Gustavo "Tweety" Monje debutaba como actor de teatro, no en cualquier sala, sino en el mismísimo escenario del San Martín, con Las invasiones inglesas, dirigido por Pepe Cibrián Campoy. De cuerpo diminuto, a pesar de que ya llevaba muchos años de estudio, era el más joven del elenco y, mascota mimada del grupo, le dieron a elegir su apodo: "Era Tweety o Snoopy. No tenía otra opción y me quedé con el primero, fue una decisión instantánea, no la pensé mucho. Hoy todo el mundo me llama así, en el medio, mis amigos, hasta mis sobrinos". Dueño de una extensa carrera, hay un dato en absoluto menor que no figura en su currículum: es una de las personas más queridas del mundo del espectáculo.
Monje es hoy el director de actores de la revista Brillantísima con humor (Atlas, de Mar del Plata), una creación de Carmen Barbieri y Moria Casán, donde además actúa y les rinde un homenaje a Gogó Andreu, Alfredo Barbieri y Enrique Carreras, invocando a Los tres mosquiteros (película de 1953), junto con Federico Bal, Martín Sipiky y Julián Labruna.
En la temporada anterior, Monje debutaba como artista de revista, en Escandalosas, también de la mano del dúo de divas, en un género que lo sigue seduciendo: "No tengo prejuicios. Jamás se me cruzó por la cabeza que alguna vez en mi vida iba a hacer revista. Y quise participar, transitar por esta experiencia. En esta compañía se cuida al género, se realiza un esfuerzo para que no desaparezca. Todos trabajan a la par, con seriedad, para hacer una propuesta de calidad". Monje tiene además otros números entre los cuadros de Tristán, Sergio Denis, José Luis Gioia, Victoria y Stefania Xipolitakis, entre otros.
De la revista más popular del país al infantil, pasando por el musical, Monje sabe expresarse con soltura por distintos géneros, pero es en el universo de Hugo Midón donde se siente "como en casa": "El actor no debe jamás regocijarse en su ego. Debe poner todo su cuerpo al servicio de contar una historia".
Entre esos locos recuerdos de su trayectoria, Monje atesora a un compañero y los días que compartió el escenario con Walter Santa Ana, otro maestro que conoció en el camino de la actuación. "Cada tarde, antes de entrar en el Teatro Alvear, donde hacíamos La ópera de tres centavos, me esperaba para tomar un café en el bar de al lado. Siempre nos quedaban temas pendientes y los retomábamos al día siguiente. La humildad y generosidad de ese hombre eran algo único."
En el infantil, Monje logró hace muchos años una sociedad creativa con Giselle Pessacq. "Nos conocimos en una audición. Minutos después de que nos presentáramos, empezamos a improvisar. Era química pura, como si nos conociéramos de toda la vida."
Durante el verano, instalado desde noviembre en La Feliz, se alejará brevemente de su rol de profesor, ya que desde hace varios años dicta clases de actuación en la escuela de Julio Bocca (hizo un viaje relámpago para ver la muestra de sus alumnos). Monje tiene un gran talento, su ego en equilibrio y perfil bajo. "A mí me gusta más escuchar que hablar. Sentarme con los que saben. Voy a los camarines y me quedaría horas escuchando a Carmen y a Moria. Dicen que soy callado, pero en realidad, me encanta que me cuenten cosas y aprender del otro."
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