Así terminó Inconvivencia, un reflejo de la generación millennial

Tomás Fonzi y Laurita Fernández en Inconvivencia.
Tomás Fonzi y Laurita Fernández en Inconvivencia. Crédito: Prensa Telefe.
Guillermo Courau
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21 de diciembre de 2019  • 00:59

Gracias a la película Love Story, la generación X (nacida durante la década del 70) creció convencida de que amar era "nunca tener que pedir perdón". Los millennials, hoy treinteañeros, parece ser que piensan todo lo contrario. Eso si se confía en el reflejo de sus realidades, tal como ofreció la tira Inconvivencia.

Para los que no la siguieron, la dejaron a mitad de camino, o la están por empezar (puede verse completa en Cablevisión Flow), vale aclarar que la serie es la historia de Carolina (Laurita Fernández) y Lucas (Tomás Fonzi), una pareja con comezón de séptimo año que no se soporta más. Todas son quejas, reproches y molestias que vuelven intolerable el día a día. Hasta que un día a él se le ocurre la "brillante" idea que le da título al programa: si la convivencia es insostenible, ¿por qué no probar la "inconvivencia"? Es decir, todo igual pero cada cual en su casa. Por supuesto que la distancia dispara una gran cantidad de conflictos individuales, que les modifican el presente y abren grandes interrogantes hacia adelante.

Cierto es que todo se hubiera solucionado con una charla, pero de acuerdo a lo visto los millennials prefieren tomar distancia y frustrarse a enfrentar lo que les pasa. Eso y, como ya se dijo, pedir perdón, y bañarse. Y volver a pedir perdón, y volver a bañarse, y otra vez perdón, y otra vez a la ducha. así durante un mes de programa.

El desenlace que se emitió este viernes encontró a Carolina descubriendo que lo de la inconvivencia no va para ningún lado y sugiriendo una separación definitiva, justo en el momento en que Lucas se sentía lo suficientemente seguro para volver a vivir bajo el mismo techo. Que sí, que no, que por qué, hasta que en los últimos minutos un giro del destino (con único propósito de final feliz), llevó a los dos a convencerse de que debían volver a apostar a la convivencia. Final de fiesta, todos contentos, a los besos, y enumerando definiciones de lo que es el amor.

Unas cuantas cosas quedaron en el tintero, pero basta con enunciar dos. Nunca se terminó de entender el personaje de Luciano Cáceres, quien hubiera merecido más y mejor desarrollo. También quedó con gusto a poco la muy interesante historia de Sol (excelente Marina Bellati) en su búsqueda por ser madre.

Como si se tratara de una película de Richard Linklater, los creadores de Inconvivencia apostaron casi exclusivamente a los diálogos como recurso para el avance de la trama. Esta decisión perjudicó a su protagonista, puesto que le costó encontrar el tono justo para su Carolina. Laura Fernández (ya está grande para "Laurita") fue natural y creíble en su composición, pero le jugó en contra el insistente recurso de la voz en off, que convirtió la inconvivencia en incontinencia (verbal), tampoco la favorecieron algunos picos dramáticos del guion, por falta o por exceso. Mejor parado quedó Tomás Fonzi con la evolución en la conducta de su personaje, mientras que Bellati, Gastón Soffritti, Luis Machín y Cristina Banegas dieron clase de actuación.

Inconvivencia, que perfilaba para testimonio de la problemática millennial, no llegó ni cerca. Más bien terminó girando sobre un mismo eje de enunciados y conductas, y tanto giró que el propio mareo de la historia derribó cualquier posibilidad de profundizarlos.

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