Jenny Mavinga, de Gran Hermano: una infancia atravesada por el dolor, el motivo que la alejó del Congo y el trato con los argentinos
La participante del reality cuenta su dura historia de vida y por qué se fue de la casa
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La historia de Jenny Mavinga está marcada por el dolor, pero también por la búsqueda de sobrevivir y avanzar. Luego de abandonar Gran Hermano, esta mujer de 38 años nacida en el Congo abrió su corazón en un mano a mano con LA NACION, en donde compartió recuerdos de su niñez y adolescencia y explicó cómo la tratan en Argentina.
-¿Por qué decidiste irte de la casa y cómo te sentís en estas horas posteriores?
-La decisión fue porque me ganó la cabeza. Salí muy estresada, angustiada, con ataques de pánico. Este es un juego muy mental, y también hubo compañeros y compañeras que fueron muy malvados. Te doy un ejemplo, cuando llegamos a la casa nos tuvimos que presentar todos para conocernos, y al día siguiente me acerco a Cinzia para seguir hablando, hicimos el streaming juntas, le conté mi historia, le dolió, me abrazó y lloramos juntas. Ella sabía que la violencia es un tema que me molesta mucho debido a mi infancia, que fue horrible. Yo viví violencia hasta la adolescencia, y eso es algo que me duele, de hecho solo decir “violencia” ya me duele. Y ella usó esa palabra todo el tiempo en la casa. Me decía que yo era violenta, y yo tengo dos nenas afuera, una de 11 y otra de 14, y no sabía cómo se iba a tomar eso la gente afuera de la casa; tenía miedo que les hicieran bullying.
–Todo eso te afectó emocionalmente...
–Todo eso me empezó a jugar en contra porque todo lo que hago en mi vida es para mí y para mis hijas. Todas las cosas que puedan lastimarlas a ellas, yo no las hago. Y eso me empezó a comer la cabeza y colapsé. En lugar de disfrutar, empecé a angustiarme cada vez más y cuando me agarraron ataques de pánico, dije: “Hasta acá llegué”, así que pedí salir porque ya no podía más. En la casa cada dos segundos hay pelea, y cada vez que había una pelea, yo me ponía peor.
-¿El Derecho a réplica de Carmiña fue la gota que rebalsó el vaso para que decidieras irte?
-No, no tuvo nada que ver eso. Mucha gente piensa eso, pero nada que ver. Porque yo de la historia me enteré en el programa, cuando me pusieron el video completo. A mí Carmiña me dijo una cosa, y lo que yo vi en el video fue otra cosa. No salí de la casa por Carmiña, porque no sabía cómo había sido el tema, yo salí por las acusaciones que me hacía Cinzia. Cinzia encontró un juego de buscar cada palabra que yo decía, o hasta la comida que comía, para decir que era violenta. Ya no aguantaba eso, y me empezó a hacer la cabeza pensando lo que la gente opinaría, o si mis hijas la estaban pasando mal por lo que estaba diciendo ella. Cada vez que ella tuvo la oportunidad de enfrentarse conmigo, era decirme eso, o si no tiraba una indirecta estando yo ahí. Pero mi abandono de la casa no tuvo nada que ver con Carmiña, sino con Cinzia.
-¿Qué te genera escuchar lo que dijo Carmiña?
-Me genera lástima por ella. Primero quiero aclarar una cosa, ella dijo que hacía esos chistes similares conmigo, y eso es mentira. Yo nunca hice chistes con ella. No teníamos confianza para hacer ese tipo de bromas, y menos porque a mí no me gustan esas cosas. Esa fue una forma de lavarse, porque ella sabía que yo no estaba y que no la podía contradecir. Ella, cuando dice lo que dice, tenés que ver su cara de bronca, y eso es por un tema que tiene de personalidad, de falta de seguridad. Ella ve en mí algo que le gustaría hacer o tener, pero como no puede le genera bronca, y la lleva a decir lo que dijo.
-Los comentarios de esa naturaleza, ¿son algo habitual con lo que tenés que lidiar?
-No, desde que estoy acá en Argentina a mí nadie me discriminó. Tengo amigos cercanos que antes de decirme “negra” me dicen “perdón, ¿te puedo decir negra?”. Y no es por el color, sino como un apodo cariñoso. Mi marido me dice “negra”, así que todo depende de quién viene. Y con Carmiña es otra cosa, es su problema. Yo la perdono, pero como dije en el programa de Georgina (Barbarossa), si quiere que yo le enseñe algo que yo tengo y ella no, le puedo enseñar. Capaz que no se atreve a bailar con malla, o quizá me ve alegre y le molesta porque ella es amarga y se levanta con cara de traste todo el tiempo.
-¿Cómo fue tu infancia y qué rol ocupó tu tía?
-Me gustaría tener a mi tía enfrente y preguntarle por qué me hizo todo lo que me hizo, si yo era chiquita y no le hice nada. ¿Cuál fue el motivo para hacerme eso? Mi mamá murió cuando yo tenía cuatro años, y yo me voy a vivir con mi papá, ellos ya estaban separados. Viví con él hasta los siete años, cuando un día mi tía me vino a buscar y me dijo: “Vamos a dar una vuelta”. Pero en realidad me llevó a un pueblo. Yo vivía en Kinshasa, en el Congo, y ella me llevó a una aldea y me escondió para que no me viera nadie, entonces me torturó física y psicológicamente hasta más o menos los doce años. Me acuerdo que yo quería ir a jugar, pero ella no me dejaba y me decía que me iba a mandar a dormir con sus chanchos. Me dejaba dos días sin comer, me daba comida con hormigas, me pegaba. Yo tuve una infancia horrible. Pero siempre pensaba: “Un día voy a crecer y no voy a sufrir más”, y le pedía a Dios que no me dé un corazón para odiar a la gente, al contrario, sino que le pedía que cuidara mi corazón. De hecho, en la casa de Gran Hermano yo cantaba mucho, canciones religiosas que eran las que cantaba cuando era chica porque me daban esperanzas. Yo decía: “El sol sale todos los días para todas las personas, hoy no salió mi sol, pero mañana va a salir”.
-¿Cómo lograste salir de eso?
-Cuando dije que iba a mostrarle a toda la gente, a mi familia, que hasta acá había llegado. Pensé que iba a demostrarles que iba a ser todo lo contrario a lo que ellos esperaban de mí, quería concentrarme en los estudios y decidí que iba a dedicarme a algo técnico, y ahí pensé en trabajar en una peluquería. Me concentré en eso, y a los quince años ya trabajaba.
-¿Y cómo pudiste escapar del cautiverio en el que te tenía tu tía?
-Después de varios años de buscarme, mi papá logró rescatarme de mi tía. Pero como mi papá no tenía una vida estable, me llevó a vivir a lo de una tía abuela, pero su marido no me quería en la casa. Éramos más de diez en su casa, y un día nos echó a todos los que no éramos sus hijos. En esa época yo tenía catorce años, iba a la escuela y trabajaba en una peluquería por la comida. A la noche y para dormir, me quedaba en algún funeral que encontrara, porque a la noche quería un lugar seguro ya que como soy una chica, me podían violar si pasaba la noche en la calle. Iba a esos funerales y me hacía pasar por familiar o por una conocida, me quedaba a dormir y al día siguiente pedía un baño al lado, me bañaba y me iba a trabajar a la peluquería. Hice eso durante varios meses, hasta que un día le conté a la dueña de la peluquería que no tenía dónde ir a vivir, y ella me adoptó como su hermana.
-Tenés una historia muy difícil, de mucho sufrimiento y lucha…
-Tengo gente que me dice: “Yo te miro a vos y me doy cuenta que Dios existe”. Nadie puede imaginar lo que viví, pero yo no me hago víctima ni todo eso. De hecho, mi idea en la casa de Gran Hermano era contar todo en caso de que alguien pasara por esto, para que así supiera que yo soy un testimonio vivo de que se puede salir adelante. Yo no soy llorona ni quiero dar lástima, porque me considero una leona, y hoy tengo dos hijas a las que crío yo. Tengo tenencia compartida pero a mí no me pasan un centavo para criarlas, así que trabajo para ellas.
-¿Y cómo terminás viniendo a la Argentina?
-Entre todo eso que viví, yo siempre soñaba con un amor de telenovela. Casi a los quince años conocí a mi ex, que fue a trabajar al Congo para una empresa telefónica. Él es ingeniero en sistemas. Lo conocí en el restaurante donde empecé a trabajar a los quince, iba a comer ahí. Salimos como novios, empezamos a vivir juntos. Cuando se terminó su contrato me dijo si quería irme con él, y yo le dije que no porque yo todavía no sabía ni lo que era el amor. Pero cuando él se fue, sentí que le faltaba algo a la casa, y eso que le fataba era el amor, así que yo lo quería. Entonces le dije que me diera tiempo, que me organizaba y me iba. Ahí yo ya tenía diecisiete años, estuve trece años casada con él y después me separé.
-¿Qué representan tus hijas para vos?
-Son mi mundo, mis pulmones, mi corazón, mi aire, mi todo. Son mi fuerza. De hecho, cuando me separé estaba muy mal y dije: “Por mis hijas, soy capaz de hacer lo que sea”, y ellas me dieron fuerzas para no caerme, ellas me hacen sentir especial. Me gusta cuando hago algo y le saco una sonrisa a mis hijas, eso es todo lo que está bien. Solamente quiero ser feliz con ellas, darles todo lo que pueda y el día de mañana cuando yo no esté, que ellas digan que tuvieron una súper mamá, y yo poder agradecerle a Dios.
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