Elisa y Marcela: un amor encorsetado por el refinamiento

Paula Vázquez Prieto
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29 de junio de 2019  

Elisa y Marcela

Nuestra opinión: buena

(España/2019). Dirección: Isabel Coixet. Guion: Isabel Coixet, Narciso de Gabriel. Elenco: Natalia de Molina, Greta Fernández. Duración: 113 minutos. Disponible en: Netflix.

La historia del primer matrimonio entre mujeres en España se convierte en la entrada de Isabel Coixet en la factoría Netflix con una película que pierde su potencial distinción a medida que cede a formas y tonos de corrección. El interés de transformar aquella fascinante subversión en un retrato actual de la intolerancia es quizá lo que quita fuerza al devenir del relato una vez ocurrido el encuentro, el romance y el polémico matrimonio.

La historia comienza en la provincia de Chubut, en 1925, con la llegada de una joven mujer a una casa perdida en el campo. La travesía se corona con un encuentro algo incómodo, una foto de boda instalada en el margen del encuadre, el comienzo de un flashback que repone ese viaje que la ha llevado al otro lado del Atlántico. Es claro que Coixet filma con buen pulso el encuentro entre Elisa y Marcela en el colegio de monjas de La Coruña: el deseo de ambas se filtra en miradas, en tímidos roces, en lecturas secretas. Salvo el padre de Marcela -que solo existe como brutal obstáculo-, la concentración en el nacimiento de esa pasión brinda a la película su momento más logrado.

A partir de allí, la puesta en escena se hace algo espesa y enfática: los reiterados cierres en iris sobre el blanco y negro, los prolongados ralentis en las escenas íntimas, la música insistente que obliga a instalar el ánimo. Más que evocar a los primeros tiempos del cine que coinciden con los años de ese amor, la mirada se afirma en una seriedad un tanto innecesaria, que debilita la transgresión que implicó no solo el descarado travestismo, sino la idea misma de existir como pareja en el seno de una sociedad represiva.

Hay algo interesante en la interpretación de Natalia de Molina de Elisa, sobre todo en el momento en el que asume la identidad de Mario. Como ya lo había demostrado con su presencia feroz en Quién te cantará, de Carlos Vermut, aquí consigue modelar el cuerpo de su personaje con una precisión milimétrica. No hay insistencia en los gestos, sino la mera aparición de quien es un otro inesperado y al mismo tiempo una variación de sí misma.

Elisa y Marcela es una película silenciosa cuando logra captar lo indecible de ese encuentro: en el reparo después de la lluvia, en las caminatas a orillas del mar, en las preguntas sin respuestas. A medida que el mundo exterior cobra protagonismo como oposición, su presencia es previsible y algo subrayada. Las soluciones estéticas, tanto para el erotismo como para el repudio se impregnan de un problemático "refinamiento" que encorseta a una aventura cuyo espíritu fue el desafío de lo establecido.

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