De mantener el peso a ser un “adorno sexy”: el calvario que una azafata vivió hace 40 años en los aviones
Volar era mucho más glamuroso, elegantes comidas y personas vestidas para la ocasión, pero tenía sus contras para quienes trabajan a bordo de las aeronaves; lejos quedó aquella aparente “Edad de Oro”
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Antes, abordar un avión era un auténtico lujo, reservado para aquellos que pertenecían a clases más altas, un mundo diferente al de hoy en día en el que, si se tiene suerte y flexibilidad en las agendas, hay oportunidades realmente económicas. La realidad que vivían las auxiliares de vuelo o azafatas era estricta, ahí empezaron todos los rumores que hablaban sobre la altura necesaria o incluso la belleza para encajar en el estándar requerido por las aerolíneas. Algunos de los peores requisitos se relacionaban con las restricciones por edad o la pérdida del trabajo en caso de matrimonio o parto, además del hecho de que las mujeres no podían subir del peso que tenían al momento de su contratación.
La novelista estadounidense Ann Hood, autora del libro Fly Girl, una memoria de sus recuerdos como asistente de vuelo de TWA, en el final de la llamada Edad de Oro de los viajes aéreos, contó para CNN Travel algunos de los pasajes más oscuros que tenía esa profesión.
Cuando era pequeña fue testigo del primer vuelo del Boeing 707 que marcó el comienzo de los viajes de avión para pasajeros. Luego, cuando tenía 11, leyó el libro de 1964: Cómo convertirse en azafata de una aerolínea. Ahí tomó la decisión. Sabía que el ambiente era sexista, pero le atrajo la idea de ver el mundo.
En 1978, Hood se graduó de la universidad y empezó a mandar solicitudes a todas las aerolíneas que conocía. En ese entonces, auxiliar de vuelo era un término nuevo, que le ponía neutralidad al de “azafatas”. Aunque se luchaba por los derechos de las mujeres y contra la discriminación, volar todavía era glamoroso y sofisticado y las trabajadoras eran consideradas “adornos hermosos y sexys”. Ese estereotipo recorrió las mentalidades y no tuvo vigencia, incluso en la actualidad. La imagen de las azafatas en minifalda coqueteando con los pasajeros se volvió muy popular, sobre todo por libros como ¿Café, té o yo? Las memorias desinhibidas de dos azafatas de avión.
Los difíciles requisitos para poder ser azafata

De acuerdo con Ann Hood, encajar tampoco era fácil para las mujeres. Todas las aerolíneas enviaban un gráfico con la solicitud, donde se señalaba la altura y peso máximo. Si no se caía dentro de eso, la entrevista no era una opción. En su empresa, TWA, ni siquiera les permitían encordar. El peso de su contratación era el máximo.
Ella vio cómo la carrera de alguien terminaba por eso. Su compañera de cuarto fue despedida. Esta fue una restricción que no se eliminó hasta la década de 1990.
Hood era una de las 560 auxiliares de vuelo, de 14.000 solicitudes que contrató TWA en 1978, entonces una importante aerolínea que luego adquirió American Airlines en 2001. Su entrenamiento les exigía de todo, aprender los nombres de las piezas de las aeronaves, procedimientos médicos de emergencia y protocolos de seguridad.
“Siempre pensaba en no tropezarme, pero luego te acostumbras”, recuerda.
Las diferencias de volar antes y ahora
En sus memorias, la experiencia no era como la que conocemos hoy en día.
“La gente se vestía para volar y recordaba la comida de buena manera. Es muy diferente a hoy. Solo puedo compararlo con estar en un buen hotel, o tal vez en un crucero”, explica Hood, quien también recuerda que su uniforme fue diseñado por Ralph Lauren.
Sin embargo, además de los requerimientos, también tenían otra pesadilla, las personas que fumaban a bordo.
“Si ibas a un viaje de cinco días, lo que no era poco común, tenías que empacar un uniforme completo por separado porque olerías mucho a humo”. Los pasajeros que coqueteaban con las azafatas sobresalían por igual. “En 1982, conocí a un chico en un vuelo de San Francisco a Nueva York. Estaba sentado en 47F, y salí con él por cinco años”, recuerda.

Aunque durante estas décadas vio muchas cosas a bordo, la más extraña para ella fue algo que aún en nuestros días nos dejaría atónitos. “La mujer en primera clase que parecía estar amamantando a su gato. Quiero decir, no puedo decir que realmente estaba sucediendo, pero tenía a su gato contra su pecho”.
Pero, como en todo, a veces la rutina se activaba y no todos los vuelos eran maravillosos. Para ella fue un 80% divertido y 20% aburrido. En 1986, Ann dejó ese trabajo para concentrarse en su carrera como escritora , para ese momento la Edad de Oro había terminado. No obstante, el orgullo por su carrera no se irá jamás.
“Los asistentes de vuelo son una fuerza. Están altamente sindicados. Son independientes (…) aterrizan en ciudades donde no conocen nada ni a nadie y encuentran su camino (…) Es un trabajo tan empoderador, pero es un trabajo sexista. En sí mismo, es tan contradictorio hoy como cuando lo comencé”, concluye esta escritora que siempre será por dentro una asistente de vuelo, como ella misma dice, y que vio cambiar toda una industria desde que comenzó, cuando tenía 21 años.
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