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Atiende el teléfono en pijama. "Así pasamos toda la cuarentena. Sólo me pongo una camisa o una chomba si tengo que dar una entrevista por Skype", revela Carlos Rottemberg (63) desde su departamento de Palermo, donde entre mails, llamadas y reuniones virtuales digita la vuelta a la "nueva normalidad" de los teatros.
En marzo, ante el avance del coronavirus, el empresario teatral predijo que la temporada 2020 estaba perdida. "Tuvimos un debut y despedida, con una bajada de telón inesperada. El show no siempre debe continuar, y estaba claro que era lo que debíamos hacer para cuidarnos", asegura sin titubear. De fondo se escuchan las voces de sus hijos menores, Nicolás (4) y Matilda (de 15 meses) de su matrimonio con Karina Pérez Moretto (48) –también tiene a Tomás (34), de su relación con la actriz Linda Peretz–, quienes por momentos le quitan el sabor amargo a la pandemia que, confiesa, lo tiene "preocupado por el virus y ocupado porque nunca trabajé tanto para intentar perder menos".
La crisis es alarmante, con "un índice de desocupación histórica del orden del 90 por ciento", según advierten en una carta firmada por más de 2600 actores y actrices difundida por el colectivo Actrices Argentinas. De la problemática también se hicieron eco un grupo de reconocidos jóvenes artistas que formaron ACTA (Asociación Civil de Trabajadores del Arte, presidida por Gastón Soffritti y bajo la vicepresidencia de Peter Lanzani, donde también participan el Chino Darín y Lali Espósito), que buscan "promover e impulsar la industria".
–¿Es la peor crisis teatral del mundo?
–Totalmente. En marzo celebramos el Día Internacional del Teatro con todos los teatros del mundo cerrados… ¡Fue un hecho inédito! Pero la decisión de la vuelta es más complicada porque se dirime un delicado equilibrio entre la necesidad real de toda una comunidad que no ha tenido ingresos –actores, músicos, autores, directores, escenógrafos y todo el personal que no está en relación de dependencia–, y la responsabilidad ante la emergencia sanitaria.
–El 10 de agosto se habilitaron las actividades teatrales a puertas cerradas, ¿cuándo estimás podrían abrir al público?
–Esta fase 1 tiene que ver con la apertura del teatro para el mantenimiento edilicio, eventuales ensayos, lecturas o armado escenográfico. Aún no tiene el visto bueno de la Asociación de Actores (al cierre de esta edición), por lo que en la práctica aún siguen cerrados. Pero este paso es muy importante para aspirar a la fase 2, pensando en hacer funciones con público acotado en primavera. Así podríamos ir ensayando protocolos y adelantando el inevitable miedo de la gente, a lo que se le va a sumar una economía hogareña más dañada que en el inicio del año. Por momentos pensamos en esperar la vacuna, pero el problema económico empuja la búsqueda de otras soluciones.
–La vuelta con distanciamiento social supone un bajo nivel de ocupación de butacas. ¿Sería rentable el negocio de esta manera?
–Actualmente tenemos un montón de gastos que siguen corriendo, aunque estemos cerrados: sueldos, servicios públicos, sistemas de seguridad contra incendios, desinfecciones y mantenimiento de las salas. Estoy convencido de que cuando abramos vamos a perder aún más dinero, porque se van a sumar más gastos y la contratación de artistas, pero estoy dispuesto a hacerlo. Es un paso que en algún momento vamos a tener que dar y cuanto más se atrase más vamos a hipotecar la temporada que viene. Se necesita un mínimo de dos meses para poner en marcha un espectáculo, y si en octubre no lo hacemos no vamos a tener un enero con teatro.
–Teniendo en cuenta la situación en Europa, donde hoy batallan contra los rebrotes, ¿creés que es posible llegar a la temporada de verano?
–Estamos viviendo un momento de mucha incertidumbre, con un final abierto. Los pocos teatros que se han abierto en el mundo son estatales, con funciones con distanciamiento social. En Madrid están en pleno verano, con muy baja asistencia en tres o cuatro teatros abiertos que no mueven la aguja. Londres no se expidió. Nueva York abrirá directamente en marzo. Está claro que la crisis en nuestra actividad no es sólo en Argentina. La gran diferencia con el West End o Broadway es que los musicales requieren de al menos un 70 por ciento de butacas ocupadas para ser sustentables. En México, España o incluso acá podemos volver con espectáculos acotados en costos, cantidad de participantes sobre el escenario y público. Es una ecuación de todo en menor cantidad, pero no podríamos volver a hacer lo que se estaba haciendo en marzo como Kinky Bootsen el Astral o Hello Dollyen el Ópera porque sería insostenible.
–La cuarentena aceleró el mundo hacia lo digital, ¿alguna vez pensaste en reinventarte?
–Hay un pequeño puñado de monologuistas que se defienden desde sus casas con algunas funciones por streaming, pero es minúsculo. En ese sentido la cuarentena no me cambió ni me hizo más tecnológico. Me gusta ver cine en el cine y teatro en el teatro. Por otro lado, creo que en Argentina es más probable que llegue antes la vacuna que la buena conectividad.

CAMINATAS POR EL ROSEDAL
–¿Cómo sobrellevás el trabajo remoto desde tu casa?
–Trabajar en el mismo lugar en el que se convive con dos hijos chicos es bastante pintoresco. Nicolás, que está en salita de 3, no se enganchó mucho con el jardín. Igualmente, en casa tenemos horarios teatrales: los chicos se levantan a las 11 y no se acuestan hasta las 2 de la mañana. A veces interrumpen alguna charla por Zoom, y son los que me quitan el sedentarismo, porque entre reunión y reunión me tiro al piso a hacerles caballito. En ese sentido nos hace muy bien como familia, ¡pero apenas pueda voy a ver un traumatólogo para que me revise la columna! [Se ríe].
–¿Cómo manejan el encierro?
–A la tarde siempre bajamos con los chicos a un área al aire libre en el edificio, donde se cruzan con mis padres de 86 y 82 años –que viven dos pisos más arriba– y que los ven jugar, o salimos a la plaza y caminamos hasta el Rosedal. Nuestra gran salida con Karina es cruzar al kiosco a tomar un cafecito de máquina en la vereda. Lo complementamos con compras en el supermercado chino y en tres farmacias de la zona que vamos rotando para que parezca que paseamos más.
–¿Qué sentimientos te despertó esta pandemia?
–El ánimo me cambia varias veces al día, como a todos, pero tiene que ver con la incertidumbre sanitaria. Fuera de eso no tengo tiempo para aburrirme porque, como te decía, nunca trabajé tanto para intentar perder menos.
–¿Esta crisis te marcó con alguna enseñanza?
–En 45 años de profesión nunca me pasó tener el costo hundido y cero ingresos. Hemos pasado por todo tipo de crisis, pero con las salas abiertas. Esto es un récord mundial, porque no sólo ocurre en nuestro país. La pandemia puso al mundo entero en un bolillero donde nadie está exento de enfermarse.



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