El resentimiento escondido

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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28 de diciembre de 2019  

Quizás lleve tiempo descubrir cuánto daño hace el resentimiento en la vida de

las personas y las sociedades. Es que el muy taimado se suele ocultar con habilidad y no siempre se torna visible al común de los mortales.

La dificultad de identificar al resentimiento en los discursos, las actitudes y las conductas de las personas que militan en él, aparece por el hecho de que el resentir se oculta tras algunas verdades y dentro de algunos sentimientos genuinos, lo que hace que nos confundamos a la hora de identificarlo. El resentimiento se camufla dentro de esas verdades y sentimientos, obligando a separar las cosas con cuidado para no caer en sus garras.

Una forma de entender al resentimiento es viéndolo como un rumiar anímico que no encuentra salida. Es un sentimiento atrapado en su laberinto, que nunca sale del todo a la luz y se va envenenando a medida que se frustra la intención de liberación.

La vida, con sus crueldades y crudezas, suele herirnos y hacernos zancadillas. Eso no es novedad. Tragedias, injusticias, pérdidas, infortunios. el paisaje humano siempre tiene ese tipo de escenas, en distintas formas y proporciones. Frente a eso, la rabia, el dolor, la tristeza, la angustia, son reacciones inexorables que, de alguna manera, generan una fuente de energía que apunta a la reparación del mal acontecido.

Nos echaron del trabajo, nos abandonó una pareja, murió alguien querido, nacimos con pocas destrezas en ciertos rubros, tenemos apremios económicos, fuimos (somos) maltratados por nuestra condición, etcétera. Cada una de las circunstancias antes enumeradas trae consigo un sentir que nada tiene de agradable, porque nada tiene de agradable tampoco la fuente del mismo. Ahora bien: esos sentimientos pueden o no potenciar acciones reparadoras o sanadoras. En su faz positiva, el enojo da fuerzas para salir adelante ante una agresión o injusticia, el dolor genera solidaridad en otros y a la vez nos informa de que estamos heridos y debemos curarnos; la tristeza nos humaniza ante una pérdida y nos permite el duelo correspondiente, la angustia da cuenta de una situación difícil y nos permite acumular fuerzas para atravesarla-

A la vez, los mismos sentimientos antes señalados pueden quedar presos en el laberinto al que llamamos resentimiento, que es un "re" sentir rumiante que, como decíamos antes, intoxica. Esto se debe a que fija solamente la solución en el "otro", sin percibir que, aun con razones más que atendibles, eso de quedarse fijado en lo que el otro debería cambiar, hacer, pagar, sufrir, cumplir, como única variable sanadora, genera una impotencia emocional que envenena.

Las "Madres del dolor", los padres del grupo Renacer, los grupos de ayuda mutua de distintas temáticas (Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos,), cooperativas de personas que tienen un origen económicamente humilde, militancias políticas proactivas y no victimistas. los ejemplos sobran y demuestran que el resentimiento no es un destino inexorable para aquellos que hayan sufrido una situación dura o una injusticia coyuntural o crónica. De hecho, es difícil percibir cambios sociales genuinos y profundos que se hayan alimentado más en el resentimiento que en la verdadera toma de conciencia de la gente.

Cuando usted esté frente a alguien resentido verá que se sentirá mal, feo. Ese interlocutor puede estar diciendo verdades (generalmente parciales), pero en ellas viajan de colados resentimientos varios que desvirtúan las cosas. Por eso, cuídese. No atienda tanto la letra del resentido, sino su música. Atienda su propia intuición, no tanto los silogismos que esgriman los resentidos que buscan "reivindicar" más que sanar. Esas razones pueden ser claras, tajantes, "lógicas", pero en su música de fondo está el rumiar intoxicado que lo torna peligroso, ya que su afán no es la reparación y la liberación, sino sumar adeptos a su prisión emocional.

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