¡Lo descubrí! Me casé con mi mamá
Algunos adultos descubren con sorpresa que se casaron "con su papá" o "con su mamá". Un día se dan cuenta de que eligieron un cónyuge con quien repiten la forma en que se vinculaban con ese progenitor, o el estilo de relación de pareja que tenían sus padres. Lo desconcertante para ellos es que esto ocurrió sin que tuvieran registro de ello, incluso intentando hacer algo diferente, y aun cuando en la infancia esas interacciones no les gustaban o los hacían sufrir, causándoles miedo, desilusión, enojo, soledad o tristeza.
Cuando, en cambio, (más o menos conscientemente) replicamos un vínculo sano, fortalecedor y placentero, lo que ocurre es maravilloso, porque de un modelo saludable de relación aprendemos lo que es el amor nutricio, respetuoso, el "buen" amor y podemos tanto reconocerlo en otros como ofrecerlo.
El problema comienza cuando el patrón de relación que se grabó en la infancia es nocivo, tóxico, condicionado, abusivo o violento, porque en un conocimiento no pensado (y por lo tanto difícil de acceder) podemos llegar a creer que eso es el verdadero amor, que así son los buenos padres o esposos, que eso es lo que se espera de los buenos hijos o cónyuges. Así, sin darnos cuenta, elegimos personas con quienes interactuamos de formas parecidas a las vividas/ padecidas en la infancia, aunque hayamos detestado ese tipo de interacciones (por ejemplo que nuestros padres se pelearan mucho, que nos desvalorizaran, que hubiera celos muy intensos, exceso de control o posesividad, falta de respeto y muchos otros).
Esto alcanza también a otras elecciones, esas primeras relaciones pueden hacernos tolerar tratos que no son buenos para nosotros no sólo de nuestra pareja sino también de un jefe, de un docente, de una amiga, ¡de un hijo!, sin reconocer que son perjudiciales. Ese patrón que se instaló en la infancia con nuestros padres y otras personas cercanas nos haría considerar normales ciertas formas de relacionarse (que no lo son) porque son las que conocemos. Y entonces, créase o no, pueden resultarnos anormales, raras, aburridas, o poco interesantes otras formas más amorosas de vincularse, que son en realidad sanas.
Del mismo modo que en la columna anterior en la que hablaba de repetir sin querer frases, comentarios, modos de nuestros padres, algunos estilos de relación y/o de comunicación quedaron fijados en nuestro cerebro en la infancia, y modificarlos requiere no sólo tomar conciencia de ello sino también un gran esfuerzo. Si, por ejemplo, era muy difícil atraer la atención de mi padre cuando era chica, puede que me encante un chico con esas mismas características, "esquivo", y que en cambio me resulte pesado, u obsecuente y poco atractivo un chico que me mima, me escucha, le interesa todo lo que hago, porque en mi recuerdo (seguramente no consciente) conquistar y atraer la atención de alguien que no me la ofrece espontáneamente es lo interesante y conocido para mí. En muchas relaciones podría no darme cuenta de que me están tratando mal, por lo que no podría tomar medidas que me permitan alejarme o defenderme.
El tema me recuerda una historia en la que un psiquiatra en un congreso se levanta cuando otro médico termina de presentar el caso de un pacientes para decir: "¿Cuál es el problema? A mí me pasa lo mismo". Ese hombre tenía tan normalizado su modo de funcionar y de relacionarse que ni siquiera podía darse cuenta de lo que no le gustaba o le producía sufrimiento, de lo que no era sano.
Como padres queremos que nuestros hijos no se dejen abusar o maltratar y tampoco abusen o maltraten a otros, por lo que debemos ocuparnos de que predominen en la familia y en nuestra relación con ellos y con otras personas delante de ellos, el amor incondicional, el respeto, la presencia y disponibilidad, la comprensión, el sostén.
La autora es psicóloga y psicoterapeuta











