
Madrid, ciudad del arte
Los madrileños descubrieron que la cultura es un imán para todo tipo de negocios. Se pelean por el fútbol, se quejan del índice de desempleo y viven como pueden la amenaza del terrorismo vasco, pero en algo están de acuerdo: la ciudad debe ser la meca de todos aquellos que aman el arte.
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MADRID.- Ir de tapas, ir de copas... y ahora ir de museos. En el damero del arte, los españoles movieron las fichas en la dirección correcta para convertir a Madrid en una ciudad que garantiza un menú plástico rotundo y de alta concentración.
¿Casualidad? De ninguna manera. Estrategia. Cuando hace unos años la baronesa Thyssen, más conocida como Carmen Cervera (aquí en Madrid directamente la llaman Tita), inició los trámites para que la colección del barón quedara en España, el tema ocupó páginas y páginas en las revistas del corazón y horas de conversación en rueda de especialistas. Todos querían saber de qué manera se beneficiaría España gastando 350 millones de dólares en 800 pinturas que los alemanes Thyssen comenzaron a juntar cuando despuntaba el siglo.
Los resultados superaron las expectativas de los más optimistas. El efecto Thyssen se extendió a la hotelería, la gastronomía, el turismo en general y el mundo del arte en particular. Los nuevos criterios museológicos adoptados por el Museo Thyssen-Bornemisza, un palacio del siglo XIX refuncionalizado por el arquitecto Rafael Moneo (Premio Pritzker 1996) para convertirse en un museo de los noventa, obligaron al resto de las instituciones a ponerse a tono con los tiempos.
Desde el Prado hasta Las Descalzas Reales, el convento construido por la hermana de Felipe II para monjas de clausura que aportaban suculentas dotes, todos los museos madrileños apuntan a convertirse en instituciones modelo fin de siglo con estilo norteamericano.
Con sus paredes color carne de melón, color elegido por Carmen Cervera, el Palacio de Villa Hermosa se convirtió en una caja minimalista para guardar la colección iniciada por el barón Heinrich Thyssen, que luego continuó su hijo el barón Hans Heinrich.
El monumental edificio del Palacio de Correos, al fondo, y en primer plano, una típica imagen de Madrid: la Fuente de las Cibeles
Empresarios del acero, padre e hijo serán más recordados por estas 800 pinturas que formaron la colección privada más grande del mundo. Desde los primitivos italianos y los viejos maestros holandeses, pasando por los impresionistas y por la pintura inglesa de posguerra, la colección tiene la fuerza de la modernidad y el ancla de la tradición.
El juego de cartas, de Balthus, y el retrato del barón firmado por Lucien Freud, el nieto de Sigmund, son algunas de las obras maestras preferidas del público. Mata mua, un Gauguin archifamoso que perteneció a Patiño, el boliviano del estaño, fue comprado por el barón Heinrich siete años atrás en 20 millones de dólares.
La imagen dio vuelta al mundo y fue la mejor promoción para una colección que estaba en busca de nuevos dueños. Villa Favorita, la casa de Lugano que los Thyssen usaban como museo propio había quedado demasiado chica para tanta pintura. Mudada la colección a España, una política clara de apoyo a la cultura hizo el resto.
En febrero último, como parte de la movida cultural que genera la Feria de Arte Contemporáneo (ARCO), que ha puesto a Madrid en el calendario internacional, el Thyssen colgó en sus salas del subsuelo una muestra de refinada originalidad: Juegos surrealistas, cadáveres exquisitos, con el auspicio de Barclays.
Allí, reunidas bajo una luz tenue y con inteligentes textos de apoyo, están cien obras de las llamadas cadavres exquis. Son dibujos colectivos realizados por miembros del Grupo Surrealista mediante un particular procedimiento; el más común consistía en doblar varias veces un papel y pedir a los autores que dibujaran sucesivamente en una de las caras visibles y sin conocer lo dibujado por el autor precedente.
La propuesta de André Breton a sus amigos surrealistas tenía por objeto estimular el Picasso, Max Ernst, Tanguy, Masson y Miró es sorprendente y atrapa al público que hace cola en la puerta del palacio, cuya entrada está flanqueda por una doble hilera de camelias blancas.
Las exposiciones temporarias son la crema de los museos, lo que hace la diferencia y mueve la taquilla.
"Ya se sabe, las colecciones del patrimonio quedan, pero las exposiciones pasan. Estas últimas son las que atraen al gran público", dice Tomás Llorens Serra, sentado en sus oficinas del segundo piso del museo. Llorens fue el fundador del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), que es otro de los orgullos de la España europeísta que va camino de Maastricht.
Actualmente dicta clases en la Universidad Complutense y dirige el Thyssen con el criterio de quien conoce a fondo las relaciones de los museos con el público, con el mercado y con la política. Su último hallazgo para estimular al visitante es el programa El cuadro del mes, que cada treinta días pone en foco una obra de la colección y la desmenuza con visitas diarias, bibliografía, videos y una conferencia a cargo de un escritor de renombre.
Todos los recursos son buenos cuando se trata de atraer al público. En los tiempos del marketing, los museos ya no son lo que eran.
Norman Foster, el arquitecto que estuvo ternado para el concurso de refacciones del Prado, cree que los nuevos museos están más cerca de un shopping que de aquellos lugares sagrados y silenciosos, donde la gente se entregaba a la contemplación casi en soledad.
En los tiempos modernos, deben estar preparados para recibir cataratas de jóvenes (en su mayoría japoneses) que bajan de enormes micros, que exigen a su vez gigantescos parkings. Miles de turistas que corren directamente al cuadro de sus sueños, para después bajar a la librería de la planta baja y comprar el póster, el libro, el calendario, el llavero y la T-shirt con la misma imagen.
Los visitantes invaden luego el snack del museo de turno y recuperan fuerzas con gaseosas y hamburguesas o, si se prefiere algo más español, con una copa de vino Rioja y un bocadillo de jamón de Jabugo.
Las paredes del snack están tapizadas con fotos de Carmen Cervera, que sonríe abrazada al barón el día que los reyes le dieron el sí y compraron la colección más cara jamás vendida en el mercado internacional. Con récord de visitantes y de prestigio, el Museo Thyssen cerró el triángulo cuyos otros vértices son el Museo del Prado y el Centro de Arte Reina Sofía (CARS).
El Reina Sofía ocupa un edifico enorme que fue un hospital, ubicado a pocos metros de la vieja estación de Atocha, convertida hoy en un gigantesco invernadero con palmeras y riego permanente, que recuerda al winter garden de César Pelli en el Word Financial Center de Nueva York. La vieja estación es un edificio decimonónico con techo de vidrio, lindos bares y noventa por ciento de humedad.
Una pausa verde en medio del trajín de la ciudad, que en sus peores momentos no se acerca ni por asomo al caos de Buenos Aires. Hay, más o menos, siete millones de personas de diferencia.
La nueva estación es el punto de partida del AVE, el tren que pone a Sevilla a dos horas y media de Madrid y corta la respiración de viajeros de todas partes.
En febrero, y como parte del programa de ARCO, el Reina Sofía fue noticia cuando el engominado jefe de Gobierno José María Aznar inauguró la exposición de siete obras de Picasso, donadas por empresas privadas que aprovecharon los beneficios de una legislación que estimula la compra de obras de arte con desgravaciones impositivas.
Un ejemplo para tener en cuenta ahora que el gobierno argentino, a través de su secretario de Cultura Mario O´Donnell, impulsa una rebaja de impuestos y la libre circulación.
La operación Picasso fue financiada por la Caja de Madrid y por el Instituto de Crédito Oficial. Las seis obras adquiridas costaron 30.000. millones de pesetas (poco menos de 30 millones de dólares) y la séptima fue donada por Claude Picasso, el nieto de Pablo. En el acto inaugural se cruzaron la ministra de Cultura del Partido Popular, Esperanza Aguirre, con Carmen Alborch, ministra del saliente PSOE y responsable de haber enhebrado los hilos para que la operación Picasso fuera un éxito. Las miradas no fueron precisamente de simpatía.
No sólo en el terreno oficial España vive días de matriarcado cultural. Las empresas privadas también han puesto mujeres al frente de sus programas de inversión a largo plazo, como el caso de la influyente Fundación La Caixa, presidida por María Corral, ex directora del Centro Reina Sofía.
Fue durante su gestión que se decidió la mudanza del Guernica, de Picasso, el cuadro más visitado de España, que estaba en el Casón del Buen Retiro y hoy recibe al público en los claustros posmodernos del Reina Sofía.
En medio de tanta mudanza, donaciones y políticas culturales, el Museo del Prado también pelea por no perder el liderazgo en un panorama al que se suman las instituciones privadas que desarrollaron en los ochenta una muy agresiva política de inversiones. Los bancos y las aseguradoras llevan la delantera en la compra de arte contemporáneo. Empresas como Telefónica, Mapfre, Argentaria, La Caixa contribuyeron a desarrollar el mercado español y con muchas más pesetas que expresiones de deseo.
Para no perder el tren, el Prado encaró un ambicioso proyecto de reformas que, por ahora, y luego de un frustrado concurso internacional, se limita al arreglo de los techos, que tenían tristes y simples goteras como en cualquier casa de vecino.
Mientras reparan las cubiertas (como dicen acá), una enorme grúa móvil cubre la totalidad del edificio. No sea cosa que otras siniestras gotas vuelvan a mojar la nariz de Las Meninas, de Velázquez, episodio que aceleró, como es lógico, las demoradas refacciones.
El,plato principal del calendario cultural del Prado se llama Los cinco sentidos, una muestra que reúne más de 200 obras de grandes maestros y un montaje excepcional financiado por el Banco Bilbao Viscaya. En las salas del Prado se mezclan el olor de los huevos que fríe una campesina en una pintura de Velázquez; el perfume de las flores de Brueghel y el aroma de frutas del mágico Arcimboldo. También hay bodegones, borra- Â chos, banquetes, desayunos y están esos muchachos de piel lechosa que cobran vida con el pincel de Caravaggio.
La exposición fue bien recibida por el público y la prensa, incluido el ácido Francisco Calvo Serraller, el crítico de El País que fue director del Prado cuando la abogada valenciana Carmen Alborch era ministra de Cultura.
En febrero y acompañando la fiebre latina de ARCO, la Fundación La Caixa consagró sus salas de Serrano 60, a tres figuras del arte producido al sur del Río Grande.
Juntas por primera vez estuvieron las obras de la mexicana Frida Kahlo, de la brasileña Tarsila do Amaral y de la cubana Amelia Peláez.
Una fiesta de color, narcisismo y surrealismo con especial sabor para los argentinos, porque la curadora de la muestra fue Irma Arestizabal, directora del Museo de la Casa Rosada, y dos obras centrales, el Autrorretrato de Frida Kahlo y el Abaporu, de Tarsila do Amaral, son propiedad del empresario Eduardo Costantini.
Cronológicamente más cercanas, Tarsila y Amelia compartieron estudios en París en el taller de André Lohte y fueron pioneras de la modernidad. El lugar de Frida es aparte.
Como decía André Breton, ella fue una surrealista avant la letre , que trasladó su mundo interno, torturado y enfermo, a una inconfudible iconografía.
Miguel Barceló, un artista de las nuevas generaciones que recibió el impulso de una política cultural que cambió el rumbo de las cosas. Del aislamiento del franquismo a la Unión Europea
Camino de Maastricht, los españoles descubrieron que ya tenían una moneda común: el arte. Invirtieron 350 millones de dólares en los cuadros de Thyssen y le pusieron la proa a la pintura contemporánea.
En su edición número dieciséis, ARCO recibió como invitada a América latina. Entre el 13 y el 18 de febrero, más de cien mil personas de todo el mundo recorrieron 212 galerías y vieron las obras de 1200 artistas. Los críticos madrileños, duros y deslenguados como pocos, no le perdonan a la feria su costado marketinero, ni las 16.000 pesetas que cuesta el metro cuadrado; pero, al mismo tiempo, son generosos con los centímetros que dedican en sus publicaciones. ¿Los beneficiados? Los artistas contemporáneos, jóvenes pintores como José María Sicilia y Miguel Barceló, que integran hoy el staff de grandes galerías internacionales, son conocidos por el gran público y disfrutan de esa popularidad como lo más natural del mundo.
Una cosa trae la otra. En febrero y mientras dura ARCO, la capital del arte se convierte también en capital de la moda. No es cuestión de desperdiciar ese público llegado de todas partes con ánimo comprador. Los grandes divos son Adolfo Domínguez y Jesús del Pozo, el primero ahora cotiza en Bolsa y el segundo es el favorito de Ana Botella, la mujer del presidente Aznar.
La tele, el fútbol y la política
Ambos marchan a la cabeza de un compacto grupo de diseñadores que han sacado a Madrid de la modorra provinciana, entre ellos Sibila, Jesús de la Piedra, Agatha Ruiz de la Prada. La estrategia exportadora en el territorio de la moda tiene un nombre corto y de muy largo alcance: Zara. Una cadena de locales con decoración minimalista que vende ropa de buen diseño a precios módicos.
Para demostrar que el Mercado Común, Maastrich y demás no son sólo enunciados, Madrid abrió las puertas a las grandes marcas: Prada, Chanel, Versace y Armani desembarcaron en el exclusivo barrio de Salamanca con sus precios siderales para atender a una clientela que pasó del aislamiento franquista a la globalización, sin perder algunas de sus buenas costumbres, como por ejemplo: dormir la siesta.
En la capital del arte el tema de discusión es el fútbol. Ni la escalada de asesinatos de la ETA,que en los primeros días de febrero se cobró tres vidas en dos días, ni la huelga de camioneros que paralizó España, dejó un saldo de 50.000 suspensiones y millones de pesetas de pérdidas, logró desplazar de la primera plana de los diarios la guerra desatada entre el Partido Popular de Aznar y el saliente líder del PSOE Felipe González por la digitalización de los partidos de fútbol.
Una batalla en la que estaba empeñado el poderoso Jesús Polanco, número uno del multimedia grupo Prisa y presidente del matutino El País, obviamente interesado en explotar los derechos de la emisión del fútbol para Antena 3. Cuando se habla de esa nueva moda que son las plataformas digitales, los madrileños pierden los estribos y los políticos los prejuicios . Todo es fútbol, y el azote del desempleo que ha dejado en la calle a más de dos millones de españoles pasa a segundo plano . En algo nos parecemos. Aznar paró la pelota en mitad de la cancha cuando puso sobre la mesa una ley que determina que "todos los partidos considerados de interés general" deberán ser transmitidos por la televisión abierta. Obviamente ahí no terminó la cosa. Porque, ¿quién dice cuáles son los partidos de interés general? No está en discusión la Copa de Europa ni el Campeonato Mundial, pero qué pasa si juegan el Barca y el Sevilla o el Atlético y el Real Madrid.
El gurú del diario digital , el norteamericano Negroponte se haría una fiesta en Madrid donde la prensa escrita goza de gran popularidad. Los suplementos culturales de los diarios compiten en páginas y firmas de nivel internacional para capturar a esos miles de visitantes convocados por el arte y la megaferia de ARCO. Tampoco nadie pierde una coma de las crónicas mundanas que son la sal de la vida y tan madrileñas como el Café Gijón, El Corte Inglés o los bocadillos del Museo del Jamón. Rios de tinta ha hecho correr la boda de la cuasi argentina Isabel Sartorius, que se casó en Londres con el banquero Javier Soto. Isabel será madre en el verano boreal, en la misma época que Miranda, la nueva mujer de Julio Iglesias. El cotilleo es una especialidad española llevada al nivel de arte mayor por plumas afiladas como la de Francisco Umbral, que escribe una columna de chismes mediáticos en la contratapa de El Mundo.
Paco Umbral encabeza la lista de best sellers con La derechona una ensayo satírico en el que traza una semblanza inigualable de la derecha que gobierna España. En el capítulo Aznarín anatomía de un chico, el hombre dice del presidente que "su estatura es importante y no motivo de chiste, porque ubica a este joven en la generación de los españoles bajitos".
Fotos: Focus, Dachary y El País
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