Muebles únicos que atraviesan generaciones: así se crean en una fábrica que sintetiza industria, oficio y diseño argentino
Hace 77 años que Fontenla combina industrialización y ebanistería artesanal para producir muebles que son sinónimo de calidad y elegancia. Conocé el equipo humano, la fábrica de más de 10.000 metros cuadrados y el imponente Design Mall que la firma opera al sur de la Ciudad
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“Mucha gente imagina que el proceso para fabricar muebles es muy industrializado. En nuestro caso es todo lo contrario: se trata de una labor profundamente artesanal”. Quien relata esta filosofía es Fernando Fontenla, vicepresidente de la empresa familiar que su padre y su abuelo fundaron hace 77 años y es hoy referente indiscutida en toda la región en la fabricación de muebles de alta gama.
“Claro que incorporamos tecnología. De hecho, nos consideramos industriales y siempre estamos pensando en innovar. Pero de una manera que no nos obligue a producir en serie”, agrega. De ahí que el valor de cada mueble de la firma no reside solamente en la estética, sino en un proceso artesanal que atraviesa muchas manos y múltiples etapas para imprimirle a cada pieza una identidad única. “Lo artesanal de nuestros productos –remata– es nuestra mayor cualidad”.

Estamos en la fábrica modelo de Fontenla: una planta de 10.000 metros cuadrados en la que se producen muebles de prácticamente todos los estilos que la empresa comercializa luego en su red de trece locales exclusivos, incluido un imponente Design Mall en el que también ofrecen asesoramiento profesional.
La firma lanza cada año diferentes colecciones (tanto indoor como outdoor, inspiradas sobre todo en las tendencias europeas); desarrolla proyectos para su división corporativa (hoteles como Faena, Llao Llao, Sheraton, Four Seasons lucen hoy sus muebles Fontenla) y han participado también en numerosos desafíos de restauración patrimonial, como es el caso del mobiliario del Teatro Colón y de la Casa Rosada. Además, durante 11 años seguidos exportaron a los EE. UU. muebles de diseño americano para tiendas del rubro.

De la madera virgen al mueble de diseño
La fábrica de Fontenla exhibe el ritmo de una producción en la que la precisión industrial convive con la tradición del ebanista. Hay sierras, pantógrafos, lijas de banda y tornos, pero incluso quienes operan las máquinas lo hacen con un oficio forjado a lo largo de años. Cada etapa exige mirada experta, pulso y una atención al detalle que excede lo técnico.

El proceso comienza con el ingreso del tablón de madera, proveniente de bosques de reforestación del sur argentino. La especie más utilizada es la lenga fueguina. A partir de allí, la producción se organiza en distintos sectores: carpintería –dividida en silletería, donde predomina la madera maciza, y carpintería de muebles, que trabaja principalmente con placa–, seguida por las áreas de lustre, tapicería, armado y expedición.

El equilibrio entre tecnología y trabajo manual se vuelve especialmente visible en las piezas talladas. Por ejemplo: en el apoyabrazos de un sillón de estilo antiguo la forma general se obtiene primero con un pantógrafo, que retira gran parte del material. Pero la definición final queda en manos del ebanista: es allí donde aparecen los relieves, las curvas y los detalles (como las plumas de un ave tallada) que hacen que cada pieza resulte única.

Algo parecido ocurre con el lijado: aunque existen herramientas mecánicas, el acabado se completa siempre a mano. En tapicería, en tanto, el proceso conserva una lógica marcadamente artesanal, con elección personalizada de géneros y técnicas que casi no han cambiado en décadas. El lustre, históricamente realizado a muñeca, evolucionó en términos tecnológicos –con cabinas presurizadas, nuevos materiales, sistemas de sopleteado–, pero sigue dependiendo del oficio de quienes aplican cada terminación.

“El cliente puede encargarnos productos a medida, cambiando estándares de dimensiones, colores de lustre o telas, o incluso diseñar piezas específicas para su casa”, explica Fernando Fontenla. La propuesta incluye desde adaptaciones puntuales hasta proyectos integrales –como muebles de pared a pared, desarrollos especiales o ideas que surgen del propio cliente o de un profesional externo–, siempre con la lógica de una pieza única.
Detrás de cada mueble hay un equipo de trabajo formidable. Fontenla emplea a cerca de 330 personas en relación de dependencia, muchas de ellas con trayectorias profesionales de tres o cuatro décadas. Entre ellas se cuentan ebanistas –la categoría superior del oficio, capaces de desarrollar muebles de altísima calidad desde cero–, carpinteros especializados, tapiceros y un equipo de interioristas que asesora a los clientes en el Design Mall. La empresa cuenta también con un taller escuela propio, donde se capacita a nuevas generaciones en estos oficios bajo estándares de excelencia, garantizando la continuidad de un saber que se transmite de mano en mano y de generación en generación.

El aprendizaje detrás de una empresa familiar
Fontenla nació en 1948 como una empresa familiar, pero su ADN fue entretejiéndose mucho antes entre una familia trabajadora, aprendizaje temprano y obsesión por el oficio. “Venimos de una clase media luchadora. Mi padre, comerciante, se dedicaba a comprar en fábricas muebles del estilo inglés y biedermeier. Yo estaba haciendo el colegio industrial, y ese afán productivo me llevó a querer fabricar nuestros propios muebles”, resume Roberto Fontenla, presidente de la firma.
Con apenas 15 años, Roberto empezó a trabajar en fábricas de muebles clásicos, donde se formó junto a tallistas y ebanistas de primer nivel. Con esa vocación industrialista (y ese respeto por el trabajo manual), montó su primer taller en la que había sido una antigua fábrica de guitarras, en pleno centro de manzana, acompañado por un capataz de la reconocida firma Nordisca. Al principio eran pocos operarios, pero el rumbo estaba claro: se trataba de crecer sin resignar calidad.

Con los años Fontenla fue ampliando espacios, incorporando procesos –tapicería, lustre, carpintería– y apostando a una integración total de la producción. “En un momento dije: ‘vamos a poner nuestro propio local’, y ahí abrimos nuestro primer espacio de venta en la calle Arenales”, recuerda y menciona también la incorporación de sus hijos como un hito clave para el devenir del proyecto.
Viajes, aprendizaje técnico y sucesivas refacciones acompañaron el camino, siempre con la idea de controlar cada etapa para garantizar calidad, transparencia en los materiales y coherencia estética. “Somos de los pocos que detrás de cada local tenemos una fábrica propia”, resume Roberto. Esa decisión, tomada hace décadas, es la que hoy explica el éxito de una empresa que no depende de terceros y puede responder por la calidad de sus productos.
Un showroom a escala real
El Fontenla Design Mall impacta, ante todo, por su escala: un total de 9.000 metros cuadrados distribuidos en tres plantas en las que las distintas colecciones se despliegan en tamaño real: desde sillones de grandes dimensiones hasta mesas de comedor con sus sillas, pasando por espejos monumentales y muebles de pared a pared. Porque no se trata de ver una foto ni una versión reducida, sino de experimentar los muebles tal como podrían habitar una casa. Esa espacialidad –inusual incluso a nivel regional– permite imaginar con claridad cómo las piezas dialogan entre sí y con los ambientes.

Pero el Design Mall de Fontenla no es solo un espacio de exhibición. Allí trabaja un equipo profesional de interioristas que acompaña al cliente en todo el proceso. “El punto de partida suele ser un mueble, pero enseguida empezamos a pensar el espacio completo”, explica Federico Fontenla, vicepresidente de la empresa. “Colores, dimensiones, iluminación, textiles y funcionalidad entran en juego para construir una propuesta integral, pensada para cada casa en particular. La lógica es la de un trabajo casi a medida, que busca entender cómo vive cada persona y qué necesita ese espacio”, resume.

Roberto Fontenla está convencido de que el talento argentino es capaz de crear muebles del mismo nivel que las mejores empresas europeas. “Todo esto es vocación, fe en el futuro y trabajo. Trabajo, trabajo y más trabajo. Algunos dicen que soy un obsesivo, pero me resulta placentero lo que hago y cuando uno disfruta lo que hace, termina haciéndolo bien. Siempre decimos que nuestra misión es brindarles a nuestros clientes felicidad. Hay muchísima gente a la que le gustan las cosas bien hechas, y para ellos trabajamos”.
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