Por qué desconfiar de las anécdotas

Hernán Iglesias Illa
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28 de febrero de 2015  

Es imposible escribir sin haber vivido, dicen unos. Es imposible vivir sin haber escrito, creemos otros. Estuve pensando en esta diferencia entre vivir y escribir después de que me ocurrió una anécdota, a dos cuadras de mi casa, que encaja tan perfectamente en el modelo de "primero vivir, después escribir" que me puse a sospechar de ella. Es más, cuando empecé a contar la anécdota, varios de mis interlocutores reaccionaron con la misma sugerencia: "Ya tenés tema para tu próxima columna".

Pero una parte de mí se resistía: una anécdota tan buena, entregada a mí por el azar del viernes pasado, no merece ser escrita, pensé, porque no tiene ningún mérito. Uno debería dejarla ahí, flotando en la atmósfera de los mitos, aumentándola con los años, dejando que los amigos la deformen y la exageren hasta volverla irreconocible. Al escribirla, uno arruina parte de su encanto, porque le estampa una versión oficial. La borra de su vida y la entrega, angurriento y desesperado, a sus obras completas. ¿Tengo entonces un tema para la columna? Todavía me torturo sobre el asunto. A veces pienso que aquellos minutos en la esquina de Güemes y Uriarte podrían ser el principio ideal de una columna sesuda sobre cómo nos tratamos los argentinos. Podría empezar contando que me había subido al taxi una cuadra antes y que le había dicho al taxista, a quien ya adivinaba corpulento y cascarrabias, la dirección a la que quería ir. Y que el taxista, murmurando sin entusiasmo, había sugerido un camino alternativo (más largo y caro, pero con menos tráfico). El momento siguiente de la conversación tendría que inventármelo, porque sólo recuerdo los bufidos de desdén del taxista y mi anuncio, un poco abrupto (esto tendría que admitirlo), de que me bajaba del taxi. Aquí tendría que afinar la redacción para no caer en la autocompasión, pero podría decir que el taxista se bajó del auto, me empezó a insultar ("¡Maleducado!"), yo le contesté desde el cordón de la vereda ("Vos me maltrataste primero") y después el tipo se me acercó y, en lugar de continuar con la discusión por la vía verbal, me dio una piña en el ojo izquierdo. Todavía insultándome, podría concluir la fase narrativa, el tipo se subió al taxi y aceleró. O podría agregar una última escena: llegué a la reunión donde me esperaban con un ojo rojo y lagrimeante que me obligó (¡tengo una anécdota!) a contar el motivo de mi aspecto: "No se imaginan lo que me acaba de pasar".

En esa columna que imagino y no me convence, porque le huelo un tufo a producto vencido, la fase narrativa de la anécdota es menos sospechosa, porque al menos es verídica, que la fase de la lección moral. Una columna que empieza con una escaramuza urbana y se arremanga para terminar con un sermón hace dos cosas mal. Primero degrada la anécdota, a la que convierte en un peón para objetivos retóricos mayores; y después se encontrará repitiendo argumentos de otros: que refleja la violencia cotidiana, que los lazos sociales se han roto, que la gente está harta de los políticos. Podría reemplazar este sermón, si me dignara a escribir esa columna, con un parrafito masoquista, algo así como que la anécdota refleja mis vicios de clase media. Acostumbrado a dar órdenes, no tolero cuando soy contradicho por un miembro del pueblo: la piña que recibí sería una venganza metafórica del pueblo argentino a mi condición de distraído (o antipático) tomador de taxis. La piña, podría escribir, es la respuesta del pueblo a mi falta de conciencia social. O mejor no. Mejor no sacar lecciones. Creo que voy a seguir desconfiando de las anécdotas como material para las columnas, porque solas no dicen nada y explicadas dicen cosas peores.

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