Saber perder (y aprender a tolerar la frustración)

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14 de noviembre de 2020  

A veces perdemos, y punto. Se compitió, se hizo lo posible, se perdió en la contienda y. hay que bancársela.

Se puede perder jugando a la bolita o también en una guerra, de manera trágica. Sea de la manera que sea, la derrota llega alguna vez y habrá que aceptarla con alguna hidalguía. De hecho, la hidalguía es la victoria del derrotado.

Ganar o perder tienen un elemento en común: son hijos de la competencia, es decir, de la disputa por la preeminencia de uno sobre otro. En contextos no competitivos la idea de perder no es tan dura. Nuestra sociedad no es la primera ni será la última de las que se la pasan compitiendo como si fuera esa la única manera de mensurar la valía de algo. Ver la competencia como elemento que decreta que seamos o no viables convierte en pesadilla la derrota, ya que en ella va también asociada una suerte de desaparición humillante, que por cierto no ayuda para nada a que vivamos las cosas con alguna salud.

Pero tampoco hay que sobrecargar las cosas contra la competencia. Cuando se canaliza a través de juegos y acciones con reglas claras, y se usa a modo de sublimación de la violencia, la competencia es importante y hasta positiva, siempre que, por supuesto, se sepa ganar y, sobre todo, perder.

Saber perder es ser valiente para asumir la frustración, sin ver en la misma algo tan espantoso. La vida nos va entrenando a aceptar contornos y establecer una suerte de concordia entre el deseo de la mente y la realidad de la situación de la que formamos parte. Se trata de la famosa "tolerancia a la frustración", la que podemos o no entrenar a lo largo de nuestra evolución.

Muchos dicen, con razón, que la generalizada idea de los padres actuales de no frustrar a los hijos por miedo a herirlos es sumamente nociva. Dicen también que podemos esperar futuras generaciones con mucha gente que no sabe perder, limitarse y bancarse traspiés, así como tampoco aceptan alguna autoridad que no sea la del propio deseo, al que denominan "derecho" aunque muchas veces ese deseo poco tenga que ver con un derecho inalienable. Ese futuro augurado por los pronosticadores sociológicos posiblemente se cumpla, pero debemos decir que no hace falta esperar tanto para verlo en vivo y en directo. Es que parte de lo señalado existe y es dolorosamente presente hoy en día, algo perceptible cuando vemos algunas conductas sociales o individuales que indican capricho disfrazado de otra cosa. Los antaño denominados "malcriados", por ejemplo, siempre han existido, y su característica fue y es la de considerar una ofensa del universo cualquier limite que se les imponga, inclusive el límite de la ley o la de "los hechos". Aquellos que no saben perder suelen creer que la causa de su derrota es que se les jugó sucio o fueron víctimas de un complot cósmico que atentó contra la prevalencia de su aspiración.

El que no sabe perder quiere "ser la ley", no tanto jugar dentro de las premisas de la misma. Por eso suele llevarse la pelota cuando pierde, impone la fuerza física, se victimiza y se habilita a muchas cosas (a veces dañinas) para evitar aceptar que hay un "otro" más fuerte, intenso, legítimo o genuino que él, y que su lugar no está en la punta de la tabla de posiciones, sino más abajo.

Lo habitual es que aquel que no sabe perder tampoco sabe ganar. El mal ganador "se la cree" y por eso es insufrible también.

Derrotas y victorias son caras de una misma moneda. Nadie es un "perdedor" o un "ganador". Todos ganamos o perdemos, pero eso no nos identifica sino que define el destino de algo que hicimos, no lo que somos. Recordarlo serena los espíritus, y ofrece la posibilidad de la hidalguía cuando la derrota llega, y también de grandeza cuando la victoria se haga presente, como suele ser, por un rato, nunca para siempre.

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