Si alguno de mis padres nunca me quiso, ¿puedo amar a los demás?
En ocasiones, una mujer o un hombre no es capaz de querer a su propio hijo porque no pudo construir el rol de madre o de padre
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Mucha gente con la que tengo contacto suele realizar el siguiente comentario: “Mi mamá, o mi papá, nunca me quiso”. Padres que no estuvieron afectivamente presentes, que no cuidaron, que no abrazaron, que nunca dijeron un “te amo”, que ignoraron a sus hijos. Hay diversas maneras de abordar este tema, que es muy delicado, pero quisiera compartir una en particular.
En ocasiones, una mujer o un hombre no es capaz de querer a su propio hijo porque no pudo construir el rol de madre o de padre. ¿Por qué razón sucede esto? Por lo general, esto se debe a que existió algún trauma en su vida que representó una marca disruptiva: un antes y un después.
Puede tratarse de una muerte inesperada, de violencia intrafamiliar, de un abandono, etc. Dicho hecho traumático no le permite a la persona armar luego el rol de madre o padre, lo cual se manifiesta en que no logre amar a su hijo o hija. Esto no pretende, de ningún modo, justificar esta conducta, sino solo arrojar un poco de luz para entender un camino, de los muchos que existen, de por qué la creación más hermosa que es un hijo no es envuelta en amor.

En estos casos, pensándolo hacia adelante, deberíamos preguntarnos: “¿Quién sí fue capaz de construir ese rol? ¿Una abuela o un abuelo? ¿Una tía o un tío? ¿Una hermana o un hermano mayor?”. Seguramente hubo alguien que lo hizo y se convirtió en un “tutor resiliente”, que acompañó y ayudó a ese hijo brindándole amor y edificándolo a través de las palabras.
Aquel que sí estuvo presente y amó a ese niño o esa niña, de alguna manera, compensó una carencia. Entonces, esa persona que no se sintió amada por mamá o por papá, hacia adelante, debería preguntarse: “¿Yo puedo amar a los demás (llámense pareja, hijos, amigos, etc.) y darles todo aquello que a mí no me dieron?”.
Cuando, en el presente, decidimos voluntariamente activar eso que, en el pasado, vivimos de forma pasiva, de a poco vamos sanando la herida profunda del desamor. Así, vamos transformando, aquí y ahora y hacia adelante, una historia de dolor y carencia en una historia de amor y plenitud.
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