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Convocada por una familia de origen panameño, la paisajista Cristina Le Mehauté diseñó un jardín con cuatro espacios bien definidos y consignas desafiantes: lograr un clima melancólico, decadente y sumar al proyecto una ‘puerta condenada’ o sea, que no conduzca hacia ningún lugar. De estos dos condimentos, surgió este lugar en el que se mantuvieron las palmeras porque era una referencia ineludible al paisaje tropical.

La estructura principal fue dada por el camino, una columna vertebral curva, con grandes masas de helechos serrucho y caliandras rojas a los costados. Sumergida en este verde, una jaula antigua, detenida en el tiempo, una fuente, que contiene un angelito también antiguo repartiendo sonido de agua, agregando más magia para los sentidos.

Un jardín puede dar respuesta a ilusiones para luego convivir con ellas. Esta masa vegetal que se mueve con el tiempo es la dueña de nuestras sorpresas, que no cesan mientras haya vida en ellas
Este camino se convierte finalmente en una zona de estar, con lajas unidas por Ophiopogon japonicus ‘Minor’, y sillones antiguos. Desemboca en la medianera, en una puerta roja, la puerta condenada. La tensión que produce es mágica, porque ya no es una medianera, es un lugar perforado por una ilusión. Aquí, los jazmines amarillos le dan un aire melancólico a este pulmón porteño. El resultado es un jardín principal que conjuga el sonido del agua, perfume de jazmines, lo selvático de las palmeras y helechos.

El jardín de invierno estaba resuelto con un estilo típicamente inglés y algo de francés. El propósito en este sitio fue el de continuar -como si el jardín se metiese adentro de la casa- ese solado por el interior. Allí el Ophiopogon no es la junta, la junta es la venecita dispuesta de forma octogonal, que también se sube por una de las paredes, y hace un dibujo como si hubiera estallado una bola con pintura. Enfrentado, un espejo de piso a techo, que consiguió liberar y agrandar el lugar. Una mesita de espejo y un sillón rojo como una gorda con su hijito son la gracia, y apenas mimetizadas de verde, macetas y pocas plantas.

El patio de la cocina es un pequeño espacio con dos ventanas que lo espían: la del dormitorio de los invitados y la de la cocina, lugar muy vivido. Y una pequeña ventana de un baño principal. La intención fue romper su pequeñez, y romperlo en sí mismo. Las paredes verticales fueron usadas sobre biombos, nutridos con enamoradas del muro (Ficus repens). Estos biombos son también la continuidad de la cocina. Se usaron los mismos azulejos de vidrio, hubo una amplitud en el diminuto espacio.

En el patio del comedor se habían colocado muchas pero muchas macetas. "Se nos ocurrió apilarlas y hacer de esto una especie de escultura, con ese sentimiento de nutrirse de lo que hay, cargando los espacios libres entre maceta y maceta con Philodendron, ya que también eran habitantes del lugar", define Cristina. Para magnificar el espacio también se colocó un biombo curvo con enamorada del muro. Estas curvas dividieron el patio en dos, y a ambos lados los Philodendros, todo dialogando sobre venecitas traslúcidas rojas y orientado por una lámpara veneciana color rojo sangre. •
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