Cómo evitar caer en las trampas discursivas de los políticos

Postal de un recuerdo en la memoria de los argentinos: los candidatos presidenciales se enfrentaron al primer debate televisado en 2015
Postal de un recuerdo en la memoria de los argentinos: los candidatos presidenciales se enfrentaron al primer debate televisado en 2015 Fuente: Archivo
Domitila Dellacha
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11 de abril de 2018  • 02:31

La política y sus protagonistas están preparados para simular que un debate es argumentativo cuando realmente no lo es. Así lo afirma el autor y especialista Ezequiel Spector en Malversados (Sudamericana), un libro que intenta servir de asistencia al ciudadano con recursos analíticos para detectar cuándo se está siendo engañado o manipulado en un debate y cómo evitarlo.

En diálogo con LA NACION, el autor considera: "Hay políticos que tienen cierto entrenamiento, pero no tienen incentivos para debatir honestamente, sino para ganar la discusión, sin importar que para ello tengan que usar recursos retóricos tramposos. El político que quiera debatir en serio va a asumir el riesgo de que el interlocutor lo chicanee y, paradójicamente, termine ganando la discusión a los ojos del público, dado que muchas falacias lógicas suelen ser muy persuasivas. Como no quiere asumir tal riesgo, típicamente apuesta al chicaneo también. Por supuesto hay excepciones. Pero esa pareciera ser la regla general".

¿Cómo detectar estas trampas? Algunas estrategias para lograr percibir cuando el electorado está siendo manipulado desde el discurso.

"Mirá quién habla / Vos no podés hablar"

Si un interlocutor presenta un interrogante ante otro en una discusión política es casi moneda corriente obtener como respuesta la frase: "mirá quién habla" o "vos no podés hablar". Según Spector, estos casos son los llamados falacia contra la persona: se intenta evadir un argumento al apuntar contra quien está haciendo una pregunta. Este tipo de escenarios puede generar mucho impacto, pero en definitiva, es una trampa. "El comportamiento pasado de una persona no dice nada sobre si su propuesta es buena o mala; puede decir algo sobre si es hipócrita o no, pero eso no es relevante para una discusión en particular", desarrolla el especialista.

"En un debate limpio, las expresiones de los participantes no están dirigidas a criticar al interlocutor. Cuando nuestro oponente deja de lado el objeto y empieza a hacer apreciaciones personales sobre nosotros señalando supuestas características negativas, entonces seguramente esté haciendo trampa".

"Cada uno opina lo que quiere"

El choque televisado entre la gobernadora de la provincia de Buenos Aires María Eugenia Vidal y el periodista Diego Brancatelli tuvo repercusiones durante días
El choque televisado entre la gobernadora de la provincia de Buenos Aires María Eugenia Vidal y el periodista Diego Brancatelli tuvo repercusiones durante días Fuente: Archivo

Si se busca la definición de "opinión" en la Real Academia Española el usuario se encontrará con: "Juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien". Entonces se puede partir de la premisa de que toda persona tiene una opinión válida, pero que se topa con cómo se define la palabra validez. "Si opinión válida significa que está respaldada por evidencia, entonces no es cierto que todas las opiniones sean válidas", expresa Spector, quien detalla: "Algunas opiniones son disparatadas, otras son razonables y otras están tan bien respaldadas por evidencia y argumentos que probablemente sean acertadas; si opinión válida significa que tenemos derecho a expresarla, entonces es cierto que todas son igualmente válidas".

Ahora bien, partiendo de ese doble sentido que tiene la palabra "válida", nace lo que Spector llama la falacia relativista. "Cometemos el error de pensar que, como tenemos derecho a expresar una opinión, ésta merece ser seriamente considerada, sin importar si hay buenos argumentos para defenderla o si es absurda".

En este caso en particular, Spector establece una diferencia clara en temas que son puramente subjetivos, como puede ser qué sabor de un helado es más rico. Ahora, "cuando se trata de temas estadísticos como puede ser la pobreza, no se puede decir que hay un 5% de pobreza en la Argentina y pretender que sea considerado en serio".

Una vez detectada la trampa en una discusión política, resulta tan obvia como cuando uno descubre el truco de un mago, es decir, pierde efectividad.

¿Por qué esta trampa argumentativa suele ser muy efectiva? Según Spector, sugerir que el interlocutor es intolerante o que no acepta opiniones diferentes hace sonar la "alarma democrática" en la audiencia. Sin embargo, rechazar opiniones diferentes implica ser intolerante sólo cuando significa censurar al otro; "rechazar es simplemente mostrar un desacuerdo y fundamentarlo, no puede haber nada malo en eso".

"Está científicamente comprobado"

El recinto del Senado también es un foco de debate en la política argentina
El recinto del Senado también es un foco de debate en la política argentina Fuente: Archivo - Crédito: Emiliano Lasalvia / ARCHIVO

Aquí se presenta lo que el autor llama la falacia de la apelación a la autoridad: se trata de dar entidad a un argumento al justificarlo con algo que está "científicamente comprobado". En general, cuando se dice que algo está respaldado por el universo de lo científico es considerado como válido por el común de la gente, significa que hay una "autoridad" detrás de una idea.

¿A qué llamamos "autoridad"? A una persona que al expresar una opinión en realidad está dando un juicio de algo que viene con el respaldo de su experiencia en un campo determinado. Este tipo de figuras sirven de herramientas cuando se intenta argumentar una idea. Pero aquí es donde se puede caer en una trampa argumentativa: apelar a una autoridad para justificar una posición puede ser válido, pero, según Spector, se deben cumplir ciertos requisitos.

  • La autoridad que citamos para respaldar lo que decimos es realmente experta

"La persona que citamos debe ser experta, en el sentido de tener vasto conocimiento técnico profesional sobre el tema. Es decir, por ejemplo, que una persona haya vivido un hecho de inseguridad no la convierte en una autoridad en técnica legislativa sobre la prevención de delitos. Tiene un conocimiento humano, que es importante, pero no un conocimiento profesional".

  • La autoridad que citamos para respaldar lo que decimos es, además experta en el campo en cuestión (no funciona si es experta en otro campo)

Aquí los ejemplos abundan. Que alguien sea experto en un tema específico no lo convierte experto en otro necesariamente. "Con frecuencia vemos actores, cantantes, deportistas y demás ídolos populares opinando sobre economía o políticas públicas y pensamos que sus opiniones sobre estos temas son más importantes que las nuestras. Hay contextos que, por su naturaleza, es fácil confundir áreas del conocimiento: ha ocurrido que a un experto en educación se le pregunte si la educación religiosa obligatoria en las escuelas públicas es constitucional. Sus opiniones sobre estos temas pueden ser valiosas, pero no son, en un sentido estricto, opiniones calificadas".

  • La opinión de la autoridad que citamos no es minoritaria entre los expertos en ese campo

"En tercer lugar, la autoridad que citamos debe formar parte del mainstream, es decir, su posición debe ser compartida por la mayoría de sus colegas". Que una persona sea médico cirujano no lo convierte en una opinión calificada si su mirada está rechazada por el resto de sus colegas en forma mayoritaria.

En conclusión, cuando alguno de los requisitos previamente detallados no se cumple, el ciudadano está frente a una falacia de apelación a la autoridad, otra trampa a la que se debe evitar caer.

"Yo lo banco"

La calle, otro espacio en el que el debate cumple un rol fundamental en la sociedad argentina
La calle, otro espacio en el que el debate cumple un rol fundamental en la sociedad argentina Fuente: LA NACION - Crédito: Emiliano Lasalvia

¿Cuántas veces se ha escuchado la pregunta sobre si uno pondría las manos en el fuego por alguien más? La frase "yo lo banco" significa una falacia de la apelación a la fe; aquí no hay ningún argumento más que el deseo de apoyo a otra persona y esto no resulta un fundamento suficiente para plantear una opinión.

"Ocurre que muchos sostienen que, si tenemos fe en lo que decimos, no necesitamos justificarlo; las creencias reemplazan a la fundamentación, como si ellas por sí solas bastaran para igualar nuestra opinión a otras sostenidas mediante evidencia".

"La trampa surge cuando en una discusión se intenta poner a la fe en el mismo nivel que la evidencia", detalla Spector, quien ejemplifica con casos en los que, ante una consulta sobre pronósticos positivos sobre un modelo político, personajes de la esfera responden: " Creo en el presidente, seguramente va a realizar un gran trabajo". Apelan a la fe, pero el hecho de que alguien tenga fe en un político no es un argumento en su favor, así como tampoco es uno en contra; es simplemente irrelevante".

"Es corrupto porque roba"

En los argumentos se puede girar en círculos y no llegar a ninguna conclusión: a esto se lo llama falacia del argumento circular.

En un debate, los participantes presentan argumentos, no sólo opiniones, para ir hacia la idea que sostienen. "La falacia del argumento circular es una artimaña a la que el oponente puede recurrir en el momento de tener que justificar su opinión. Consiste en dar una justificación tramposa: no es una fundamentación genuina, porque da por sentado (es decir, asume como verdadero) precisamente aquello que tiene que fundamentar. Así, el oponente vuelve al mismo lugar que antes, donde no había justificado nada".

El problema que tiene este tipo de herramienta es que está tan naturalizada en los discursos que suele pasar por desapercibida. Por ejemplo:

-¡Hay que legalizar la pena de muerte en caso de homicidio!

-¿Te parece? ¿Por qué?

-Porque la persona que mató tiene que ser castigada con la muerte

Aquí el interlocutor no está fundamentando, sino que dice lo mismo con otras palabras.

Las formas en las que un televidente o hasta un interlocutor pueden caer en trampas argumentativas son muchas. "La democracia es el sistema que por excelencia le da voz al pueblo, de modo que necesita de una ciudadanía preparada para identificar las diversas formas de engaño en política", afirma Spector. La clave, entonces, está en prepararse para detectarlas a tiempo y no permitir que el discurso político y sus argumentos se vean menoscabados

Malversados: cómo la falacia se apoderó del debate político (y cómo volver a la lógica de la argumentación)

Autor: Ezequiel Spector

Editorial: Sudamericana

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