"Don't worry, be happy": el origen de la crisis y el futuro

Damián Nabot
Damián Nabot LA NACION
Sturzenegger trazó los lineamientos económicos de la gestión de Macri con cierta subestimación y ahora Fernández evalúa cómo reprogramar la deuda
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14 de septiembre de 2019  

En su último libro Cantar la justa, Carlos Melconian revela que el título de la presentación de las propuestas económicas de Federico Sturzenegger a Mauricio Macri en los meses previos a integrar Cambiemos y de convertirse en presidente del Banco Central era "Don't worry, be happy". No te preocupes, sé feliz. En la subestimación primigenia de la crisis ya anidaba la calamidad del final.

Confiar en la preminencia de la voluntad sobre la realidad es una debilidad recurrente en la política argentina. Cuatro años después de aquel power point, en la antesala de un cambio de gobierno, una parte de la confianza del equipo de Alberto Fernández en el éxito de una eventual reprogramación de la deuda se apoya en la certeza de que los pagos al Fondo se volvieron un problema tan grande para la Argentina como la Argentina se transformó en un tremendo dolor de cabeza para el Fondo. El préstamo a la Argentina representa más de la mitad de los pasivos del FMI. De ahí que en las oficinas de Fernández recuerden la frase de John Maynard Keynes: "Si yo te debo una libra, tengo un problema, pero si te debo un millón, el problema es tuyo".

El FMI parece inclinado a postergar los 5400 millones de dólares comprometidos y tratar directamente con el presidente que confirmen las elecciones de octubre. La respuesta definitiva la tendrá el ministro Hernán Lacunza en su viaje a Washington, a fin de mes.

La particularidad es que el FMI no es un banco. La política internacional pesa en sus decisiones más que las previsiones financieras. Esa condición lleva a que la frase de Keynes no aplique plenamente. Macri logró el respaldo a través de su relación con Donald Trump y las gestiones en el Departamento del Tesoro. Por eso, el mensaje que envió la semana pasada el embajador de Estados Unidos en la Argentina, Edward Prado, al teléfono de Alberto Fernández fue tomado con el entusiasmo de una puerta que se abre. Su contenido notificaba sobre el último préstamo por 395 millones de dólares aprobado por el Banco Mundial, pero para el candidato significó una señal de Washington. Apenas un inicio.

Federico Sturzenegger
Federico Sturzenegger Fuente: Archivo

Fernández había dialogado hasta entonces con funcionarios de rango inferior en la embajada norteamericana. La preocupación por la postura de la Argentina frente a la situación en Venezuela apareció desde las primeras conversaciones. Como en cada paso, el candidato se ve obligado a practicar el equilibrismo. Frente a la crisis venezolana, el camino que eligió fue distanciarse del Grupo de Lima, creado en 2017 para aislar el régimen y condenar el quiebre al orden constitucional, y en cambio adoptar una postura más afín a Uruguay y México que impulsan la vía del diálogo con el gobierno de Nicolás Maduro como salida. El juego de contrapesos puede servir para buscar aliados en la región y, al mismo tiempo, evitar una condena directa que genere una contradicción ostensible con la alianza chavista que pregonaba La Cámpora. Pero ¿alcanza para comprometer el respaldo de Washington en la inevitable negociación con el FMI? "Se verá en los primeros 100 días de gobierno", responde un asesor del candidato.

Al mismo tiempo, la madeja espinosa de la deuda argentina aconseja evitar el voluntarismo como solución, inocularse contra el síndrome "don't worry, be happy": los contratos están plagados de trampas, los cambios en la reprogramación de un bono pueden impactar en otros a través de las cláusulas de cross default, incluso el swap con China tiene como garantía el acuerdo con el FMI. La reprogramación puede ser una caminata sobre vidrios rotos.

Por ahora, la certeza que atraviesa el equipo económico de Fernández es la necesidad de ganar tiempo en los pagos, diluir los vencimientos hasta que la economía deje de caer. La misión puede volverse imposible de espaldas al mundo.

Como un alivio momentáneo, las conversaciones con los norteamericanos excluyeron por ahora referencias al antecedente del pacto con Irán firmado por Cristina Kirchner. Fernández, de todas formas, cuenta con la ventaja: fue crítico desde un primer momento del memorándum que marcó el quiebre definitivo entre el último kirchnerismo y Washington. El nombre del futuro jefe de los espías también será una señal hacia el mundo.

La realidad política aparece mientras tanto envuelta en el espejismo de una campaña electoral ilusoria. La candidatura y la investidura presidencial mantienen a Macri al frente de una coalición que ya comenzó a mutar. Existen apariencias que solo se preservan por necesidad electoral. Únicamente un milagro puede impedir que Cambiemos se transforme en una fuerza política diferente a partir de octubre. María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta trazaron estrategias autónomas tras la derrota del 11 de agosto. Ya nadie espera las directivas de la Casa Rosada. Con la idea de que la disputa nacional y la bonaerense está allanada, el kirchnerismo lanzó su campaña más encarnizada en la ciudad de Buenos Aires. Larreta está anoticiado del desafío. A su alrededor le otorgan un significado simbólico al reto: la ciudad fue la gema desde la cual el macrismo construyó una gestión que permitió vencer al peronismo en la Nación. Más allá de sus planes, Larreta sabe que su suerte aparece atada a una marejada económica nacida, cuatro años atrás, de la subestimación de la realidad.

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