El tiempo, un factor clave en la disputa oficialista

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17 de julio de 2020  • 00:06

El tiempo suele ser un gran ordenador. O todo lo contrario, como le está pasando al oficialismo. El gran problema y fuente de muchas de las disputas internas que hoy sacuden la escena política nacional es cronológico. El tiempo, que marca urgencias y define prioridades, de Alberto Fernández, no coincide con el de Cristina Kirchner. Tampoco con el de La Cámpora ni con el de Sergio Massa, los socios principales de la coalición gobernante.

Se trata, en definitiva, de la falta de sincronización de expectativas, intereses y proyectos. Eso explica las peleas que atraviesan al Frente de Todos y que quedaron expuestas como nunca esta semana, con ráfagas de fuego amigo sobre el sillón presidencial.

No solo los principales socios de la coalición gobernante tienen diferentes miradas, sino que hay demandas que no pueden ser saldadas al unísono. No, al menos, sin generar conflictos, exponer contradicciones o afectar intereses y objetivos de alguno de los socios.

El tiempo de Alberto Fernández es el presente absoluto, plagado de urgencias que se agravan cada día. Tiene que resolver lo que hoy ocurre en frentes muy diversos con la certeza de que el futuro inmediato no será mejor, sino probablemente peor. Su supervivencia y futuro políticos dependen de cómo aborde y resuelva los problemas presentes. Es lo que todos miran.

Eso lo obliga a definir con quiénes va a intentar resolver esos problemas. Surgen, entonces, los inconvenientes cuando hay que ponerles nombres y apellidos. La magnitud de las necesidades insatisfechas, la profundidad de la crisis (actual y por venir) y las restricciones de recursos que tiene el Estado, obligan a que se concrete la prometida mutación del "vamos por todo" por el "vamos con todos", con el que Fernández llegó a la presidencia. No puede darse el lujo de demasiadas exclusiones.

El domingo pasado, Cristina Kirchner dejó en claro con solo 233 caracteres que, para ella, al nuevo lema le falta un pronombre. No es "con todos", a secas. Es "con todos nosotros". Hay un "ellos" implícito que la vicepresidenta pretende excluir. Aunque, debe celebrarse el avance civilizatorio o el acierto marxista de que la historia solo se repita como farsa. Las disputas que en los '70 se resolvían a tiros ahora se dirimen con tuits. El tiempo no pasa en vano.

La dimensión temporal de la disputa aparece con los que Fernández convoca (por necesidad o convicción). En ese "ellos" están muchos de los que la expresidenta considera sus enemigos, los que reponen sus disputas y derrotas, los que la denunciaron, los que no aceptan la absolución (o la impunidad). Los que reinstalan lo que ella se propuso cancelar con su regreso al poder. Para Cristina Kirchner el presente es el campo de batalla donde se dirime la resolución, la absolución y la recuperación del fulgor de otro tiempo. El del 54% de los votos. En el pasado está su capital y su futuro.

Por eso, ella le marca la cancha a Fernández y detrás suyo se encolumnan para cuestionar y fiscalizar los que también tienen más pasado que futuro. Esos a los que Fernández no les dio un lugar en su gabinete ni en su mesa. Pero a los que tampoco enfrenta.

Las limitaciones del presente y las amenazas del futuro tienen tal magnitud para Fernández que cada día debe ejercer de equilibrista, de malabarista y de contorsionista. El Presidente se ve obligado a darle respuestas personales, como si rindiera examen de fidelidad o de pureza, a personajes sin relevancia institucional que lo cuestionan públicamente por alguna de sus decisiones. Ocurrió en estos días tras la convocatoria a grandes empresarios y por la posición oficial sobre la violación de los derechos humanos en Venezuela. El anatema de la traición suele ser un eficaz disciplinador en el peronismo.

Sin embargo, las respuestas y aclaraciones que se impone dar Fernández a una parcialidad de su espacio no lo ubican en una posición de fuerza. Por el contrario, solo reafirma sospechas y prejuicios sobre la asimetría de poder que existe en la coalición gobernante. ¿No es para el jefe del Estado suficiente fuente de legitimidad el voto popular? ¿O admite dudas sobre el real destinatario o destinataria de los sufragios recibidos? Sus gestos no logran revelarlo.

En cambio, parece un hecho que la matriz de esa conducta se encuentra en una promesa del actual mandatario, convertido en un imperativo categórico que domina sus acciones. "No me voy a pelear nunca más con Cristina", dijo al aceptar la entronización como candidato presidencial.

Un aforismo dice que "cuando uno no quiere, dos no pelean". En eso demuestra creer el Presidente cuando se trata de Cristina. Tal vez, sin advertir que corre el riesgo de enfrentarse con un dilema hegeliano, explicado por la dialéctica del amo y el esclavo. Su futuro puede depender de la resolución de este conflicto estructural.

Para evitar esa "pelea" es que Fernández debe hacer piruetas. Mucho más aún cuando enfrenta el desgaste que le impusieron la pandemia y la cuarentena (interminables), la irresolución (infinita) de la deuda, los problemas cotidianos de la sociedad que no dejan ni dejarán de crecer y su sobreexposición en el rol de "padre protector", redituable en una primera fase. La opinión pública, sin embargo, no logra construir certezas sobre cuál es el verdadero Fernández. La ambigüedad y las contradicciones refuerzan las dudas.

Por eso, busca imperiosamente ampliar su base de sustentación, sin pelearse con nadie. No es sencillo. Los "querido", "mi amigo" y otras expresiones elogiosas similares que abundan en su boca deben ser matizadas o contradichas según el interlocutor. También aquí juega la cronología. Los elogios no son sincrónicos, sino diacrónicos. Se suceden y se yuxtaponen.

El reciente recambio en el elenco de voceros para defender su gestión es una demostración de esa búsqueda de equilibrios. Varios albertistas puros se han debido reconvertir en kirchneristas de micrófono, rompiendo su perfil moderado para satisfacer a los cristinistas cerriles que los acusan de tibios. El jefe de gabinete, Santiago Cafiero, y el secretario de prensa, Juan Pablo Biondi, son buenos ejemplos. Al mismo tiempo, exkirchneristas asimilados, como el ministro de Defensa, Agustín Rossi, y el legislador porteño Leandro Santoro deben hacer albertismo para compensar ante los moderados. La aptitud para cambiar de vestuario con celeridad es un atributo que se celebra en Balcarce 50.

Queda una mitad de la coalición gobernante que tiene sus propios tiempos, que no pone palos en la rueda, pero que tampoco deja el pellejo por la gobernanza. Se trata de la extraña pareja formada por el massismo y La Cámpora.

Su tiempo es el futuro. El presente es una estación efímera, pero necesaria para sostener vivo su proyecto hacia 2023. Para esta minicoalición táctica este es el "gobierno de todos", presidido por Fernández. No el de ellos, aunque sus dirigentes y militantes ocupen cargos estratégicos o que el ministro nacional con más poder real sea un camporista fundacional, como Wado de Pedro. Del resultado de la actual gestión dependerá la concreción de sus anhelos.

Por eso, la administración de Fernández no puede fracasar, porque pondría en jaque su proyecto de poder, pero tampoco está entre sus deseos (aunque no admitidos) un rotundo éxito propiciatorio de una reelección del actual presidente. En cualquiera de los dos casos, 2023 quedaría más lejos.

Tal vez así pueda explicarse la moderación, cuando no el silencio, que se ha impuesto el camporismo, siguiendo el ejemplo de su jefe indiscutido, Máximo Kirchner. En medio del fuego amigo que recibe Fernández de las huestes cristinistas, su actitud resalta. Más aun en contraste con la de aquellos albertistas que han mutado de amables predicadores de la unidad nacional a mastines mediáticos. Cuestión de tiempos y de urgencias.

Así pueden interpretarse, además, las recorridas del binomio Sergio Massa-Máximo Kirchner por territorios prohibidos en el código de tránsito cristinista. También a ellos pareció estar dirigida la crítica que realizó la expresidenta (por interpósita persona) por su vinculación con grandes empresarios. Otra demostración de que el cristinismo extremo, cuyo comando en jefe está en el Instituto Patria, no es lo mismo que La Cámpora.

El tiempo es el gran diferenciador. De la conciliación entre las urgencias, prioridades y proyectos dependen el presente y el futuro. Por ahora, el pasado lo condiciona todo.

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