La fragilidad de Alberto Fernández y la nueva obsesión de Cristina Kirchner con Horacio Rodríguez Larreta

Laura Di Marco
Laura Di Marco PARA LA NACION

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25 de septiembre de 2020  • 02:13

Una porción importante de la sociedad argentina tiene, desde hace años, un pendiente crucial: correr definitivamente a Cristina Kirchner de la escena política.

Para esa porción de la Argentina ese pendiente es más importante, incluso, que la reactivación económica: eso quedó demostrado con el 41 por ciento de los votos a Juntos por el Cambio en 2019, en plena recesión económica.

Toda una innovación en una sociedad en la que, históricamente, las elecciones se definen con el bolsillo.

Esa porción de la Argentina buscó distintos instrumentos y símbolos para sacarse de encima a Cristina: Massa (2013), Macri (2015) e incluso, aunque te suene raro, a Alberto Fernández: si mirás las encuestas, una porción nada despreciable de votantes del Frente de Todos tiene una pésima imagen de Cristina Kirchner.

¿Por qué, entonces, votaron a Fernández? Por dos razones: para que reactive la economía, que Macri no supo encarrilar y, a la vez, con la esperanza de que se sacara de encima a Cristina, como Néstor Kirchner lo había hecho con Duhalde.

Pero ninguna de las dos cosas sucedieron. No solo no sucedieron, sino que la lapicera de Cristina se ve cada vez más claramente en la agenda de Alberto Fernández.

Ese porcentaje de desencantados -que son los famosos independientes y que definen elecciones en la Argentina- participa de los banderazos y es muy probable que ayer hayan participado en la marcha de las antorchas.

Este es un dato para mirar muy de cerca.

Volviendo al inicio, este pendiente que tiene gran parte de la sociedad argentina parece haber encontrado otro instrumento, otro vehículo para cumplir con su objetivo: Horacio Rodríguez Larreta.

Cristina lo sabe y es por eso que desgastarlo es su nueva obsesión. Lo está obligando a Fernández a seguir quitándole recursos a la Ciudad. Ahora van por un nuevo manotazo: 124.000 millones de pesos que, según los cálculos del Gobierno, la Ciudad tiene de más por culpa de Macri. Se disparó la amenaza de otro botón rojo.

Cristina está preocupada por dos temas, que van juntos: según todas las mediciones, la imagen positiva de Alberto Fernández viene cayendo mes a mes. De acuerdo con la encuesta que mires, desde marzo hasta hoy, Fernández cayó entre 28 y 48 puntos. Según Opinaia, por primera vez, Larreta superó a Fernández en la aceptación de la gente.

La crisis disparó también bloopers y sincericidios.

Arrancamos con la "sarasa" de Guzmán, que generó mucha repercusión en las redes y llegamos al blooper de anoche de Santiago Cafiero, que quiso decir algo insostenible, pero su inconsciente lo obligó a decir la verdad.

Luis Juez editorializó este hilo de manera magistral.

Los banderazos, la marcha de las antorchas de ayer por la tarde organizada para que la Corte impida que Cristina ejecute su autoamnistía, ¿tienen algún efecto?

Sí. La presión de la gente se tradujo en la jugada que hizo el presidente de la Corte, Carlos Rosenkrantz, que citó para el martes próximo a sus pares para que avalen o rechacen el pedido de los tres jueces que Cristina quiere correr para garantizar su impunidad: Bruglia, Bertuzzi y Castelli, devenidos en rockstars del antikirchnerismo.

Rosenkrantz tiene raíces alfonsinistas. Fue puesto por Macri como presidente de la Corte. Como es obvio, el kirchnerismo quiere su cabeza desde hace rato y le hizo mil movidas para sacárselo de encima, como todos los jueces que no son del palo.

La jugada que hizo lo volvió a poner en la mira.

Como el sistema autoritario que es, el kirchnerismo está pensando en aplicar represalias contra él. Ahora buscan caminos para activar un juicio político en su contra.

Otro que habló sobre la marcha de las antorchas es el presidente del organismo que, justamente, nombra y remueve jueces, el Consejo de la Magistratura. Su presidente, Alberto Lugones, es militante peronista y muy cercano al Gobierno. Dijo esto: "Fue una convocatoria con extras y no mucho más".

Echarle la culpa a la gente, un clásico del kirchnerismo.

Alberto Fernández dijo ayer una frase sorprendente, en la que, si se la lee bien, le echa la culpa a la gente por la falta de dólares.

Es decir, la cuestión, según Alberto Fernández, pasa porque la gente «entienda» que si compra dólares daña el sistema productivo y debilita el peso. Y lo plantea desde un gobierno que no le da la más mínima alternativa a la clase media para que preserve sus ahorros, en una economía inflacionaria.

¿La pregunta de fondo no sería por qué la argentina ha destruido su moneda?

Pero como el Presidente cambia el chip rápidamente, parece que hoy se dio cuenta de que echarle culpar a la gente por lo que pasa con el dólar no estaba bueno, y volvió con el guion habitual, siempre rendidor: la falta de dólares es culpa de los pícaros de la oposición, que se la llevaron afuera.

El avance del Gobierno sobre la Justicia; la instalación del supercepo, la necesidad de dólares y la toma de tierras dispara miedos muy lógicos en la porción de la sociedad que tiene capacidad de ahorro: ¿y si vienen por mis dólares?

¿Cuánto hay de verdad y cuánto de miedo a que se repita el pasado hay en las versiones sobre un nuevo corralito?

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