La Rioja: en los llanos todavía aguardan el milagro del agua
No hay agua potable, cloacas ni gas natural; la revitalización del Belgrano Cargas no se terminó
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LA RIOJA.- Tambores de plástico azul, bidones, pozos comunitarios, aljibes individuales. Todo, a menos de 50 kilómetros de dos diques. Uno, El Saladillo, es un espejismo de miles de litros de agua salada que ni los animales toman. La planta desalinizadora lleva décadas de promesas.
Los departamentos de los llanos norte y sur de La Rioja son los más pobres de la provincia. "Olvidados, desatendidos, postergados", califican los habitantes. El ganado fue escaseando con la profundización de la falta de agua, los olivares producen poco, la vuelta del Belgrano Cargas generó expectativa y, con el paso del tiempo, cierta desilusión. Porque todo es lento.
El Estado es el principal generador de ingresos. El que no trabaja para el gobierno cobra un subsidio o pensión. La actividad comercial en Milagro, Catuna o Ambil es mínima. Según datos que el Indec no difundió -pero a los que accedió LA NACION- el 36,8% de los hogares riojanos tenía al menos una condición de pobreza en 2012 y, oficialmente, apenas el 3,8% de desempleo.
El agua corriente es para limpiar y regar; para beber, la de pozo, mineral o la de lluvia (el régimen anual no supera los 250 milímetros). "No hay capacidad de almacenamiento", dice a LA NACION Selki Flores, en Milagro (3500 habitantes). Hay pocos piletones y el Estado no controla sistemáticamente. Reclama perforaciones profundas: en la primera napa hay arsénico, así que habría que bajar más.
En Catuna (3000 personas), Rosalía repite la letanía: "Sin agua no hay posibilidad de mejorar". Las esperanzas están en una inversión española en La Colonia (un paraje donde la producción olivícola funcionó hasta una sequía hace ocho años). Los nuevos dueños aseguran que molerán cinco millones de kilos de aceitunas por temporada ("importando"). Nicolás teme que, si no se mejora la infraestructura y los servicios, también se vayan. La terminal de ómnibus, después de ocho años, todavía está por terminarse.
El paisaje es seco, bajo, con casas bajas de adobe y algunos ranchos. Gallinas, cabras y algún caballo rondando. Paisaje de pobreza rural; no están las enormes villas urbanas, pero sí las necesidades.
Marta de León, trabajadora social y diputada provincial, entiende que la postergación regional es una mezcla de "recursos mal gastados, falta de planificación y corrupción".
Milagros tiene hospital. Se renovó hace seis años con un programa nacional. Pero no hay especialistas "ni medicamentos", apuntan los vecinos. En Catuna es igual y en Ambil (200 personas) está la salita, que cuenta con un enfermero. Graciela señala que "por cualquier problema hay que andar 40 kilómetros", con el agravante de que no existe transporte público; sólo los domingos.
"Son zonas abandonadas: en los hospitales cabeceras se pueden hacer escasas prácticas y los de la capital están abarrotados de pacientes del interior", dice Patricia Rippa, experta en salud. Hay combis que llegan con 10 o 15 pacientes como si fuera una excursión.
Entre los pueblos se "envidian". Los de Milagros miran con ganas la acequia de Catuna, aunque está en un barrio de pozos negros y nadie asegura la calidad del agua. Los catunenses admiran el cajero automático de los milagrenses. No tienen ni sucursal bancaria: los trámites los concentra una ventanilla de correo. La falta de gas natural y cloacas hermana a todos.
Hace una semana se aprobó la ley de coparticipación. Por décadas el juego fue el "ok": uno pedía fondos y el otro, conforme la relación política, mandaba un SMS. Las comunas "paralelas", que reciben recursos provinciales, se multiplicaron al lado de las administraciones díscolas, sin fondos.
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