Respuesta de Juan Grabois a una columna publicada en LA NACION

Juan Grabois
Juan Grabois Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
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12 de marzo de 2020  • 22:54

El siguiente texto fue enviado por el dirigente del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) Juan Grabois como respuesta a una columna firmada por Laura Di Marco, publicada el 11 de marzo.

Esta semana Laura Di Marco publicó en LA NACION un artículo de opinión titulado. "Juan Grabois metáfora de la Argentina" Al día siguiente, el mismo medio publicó una entrevista en el que el senador macrista De Angeli "mandó a Juan Grabois a trabajar la tierra" conforme reza el pomposo titular con el que fue encabezada. Ambas notas son un exquisito compendio de los prejuicios de quienes nosotros llamamos "gorilas", denominación folclórica de las clases populares para quienes odian al peronismo y desprecian todo lo que el peronismo representó históricamente: los cabecitas, los descamisados, los negros.

Para disimular su tirria contra los de abajo, la mitología gorila construye personajes odiosos alrededor de quienes defienden sus intereses. Hay infinitos ejemplos en la historia de ese mecanismo que distrae de las discusiones de fondo y focaliza en los rasgos que su imaginación atribuyen a ciertas personas o colectivos. Evita era una puta, Cristina es una chorra, los sindicatos son mafias, los movimientos sociales piqueteros... Mi personaje un día es un zurdito vago al que ridiculizan por sus zapatillas de marca y al siguiente un peligroso agitador populista que manipula a los pobres. Los gorilas se regodean repitiendo hasta el hartazgo estas caricaturas que de a poquito van confundiendo con la realidad. Nunca van a poder constituir un movimiento vivo y constructivo porque el factor que los une es un rechazo defensivo frente al clamor por la justicia social.

La tradición nacional popular de la Argentina que Di Marco ridiculiza como Nac&Pop siempre fue una heterogénea amalgama de sectores y clases que plantea una visión de país basada en la Justicia Social. Algunos con más radicalidad, otros con mayor moderación, el movimiento popular argentino se caracteriza por cuestionar las estructuras de poder económico y las diversas formas de coloniaje como fuerzas que atentan contra la realización de nuestro ideal. El cuestionamiento puede centrarse en monopolios de nuevo tipo como el comercio online, las empresas agroalimentarias, los grandes medios o los supermercados; en la centenaria concentración de la tierra y el usufructo excluyente de los bienes comunes; en el colonialismo comercial del siglo veinte y el financiero del siglo veintiuno; en la subordinación política a los dictados de los países centrales, etc. Encontramos en todas estas estructuras factores de poder que suelen atentar contra la democracia y los derechos sociales.

Desde luego, no siempre hemos sido consecuentes ni coherentes con nuestras banderas. Tenemos héroes y villanos, aciertos y errores, contradicciones y conquistas. El grueso del movimiento, sus militantes y base social dedica su vida a promover una sociedad más justa. Muchos de nosotros creemos que para terminar con la postración de los de abajo hay que cuestionar los privilegios de los de arriba. Eso no implica, de ninguna manera, negar la importancia de la educación, la productividad, el desarrollo económico. Tampoco se trata de robar la propiedad ajena ni denostar a cualquiera en una buena posición económica. Muy por el contrario, planteamos que las prácticas monopolistas, elitistas e imperialistas son factores de atraso que impiden que la educación, productividad, propiedad y bienestar económico esté al alcance de todos.

Combatir al Capital, entonces, no es enfrentar a los empresarios o los ricos porque sí. El Capital no es una cosa sino un relación social en la que se expresan las desigualdades de poder y oportunidades jalonadas por el insaciable ánimo de lucro inherente al sistema capitalista. Es el dinero por sobre el ser humano. Enfrentar esta lógica de acumulación implica también defender la naturaleza hoy jaqueada por las grandes corporaciones y un estilo de vida consumista e individualista que no es sustentable ni inclusivo ni hace feliz a las personas. Son nuestras convicciones y estamos dispuestos a debatirlas, pero se hace difícil cuando, como dijo Mauricio Macri, no importan los argumentos ni las explicaciones. Se hace difícil cuando se anula al interlocutor con calumnias, frases sacadas de contexto y demonizaciones.

No soy un vago. Desde que a los dieciocho años comencé mi vida laboral siempre tuve trabajo, mayormente en el sector privado. Nunca viví de un subsidio ni tuve un cargo político o en la gestión pública. Terminé dos carreras universitarias, doy clases en la Facultad de Derecho, escribí varios libros. Sin embargo, no me creo mejor que nadie por eso. Tuve las posibilidades que a otros se le negaron. Un lindo cuarto, juguetes, agua potable, heladera llena, los mejores colegios, libros, computadora, la posibilidad de conocer otros países y culturas. Estoy convencido de que las cosas que logramos como adultos no son fruto exclusivo del propio esfuerzo o talento sino una combinación de factores. El esfuerzo individual es un componente bastante menor de lo que nos gusta creer. Por eso lucho, por eso luchamos, por estructuras sociales que permitan que todos alcancen sus sueños.

Todos somos parte de una trama social que condiciona fuertemente nuestro destino. En esa trama colectiva hay integrados y excluidos, algunos que pueden desarrollar sus talentos y otros condenados a vivir con privaciones. Nosotros cuestionamos por inmorales los valores de un sistema que naturaliza esas desigualdades y descaradamente enrostra al que sufre la responsabilidad de su propio padecimiento. Miente quien afirma que con esfuerzo cualquiera puede realizar sus sueños. Es una mentira cruel y autocomplaciente de los privilegiados. En este sistema, los pobres, los excluidos, los débiles, los que recibieron las peores cartas de la baraja, están condenados a vivir con innumerables privaciones. No importa cuánto se esfuercen, el sueño sencillo de pan, tierra, techo y trabajo en calidad y cantidad suficiente se hace inalcanzable.

Laura Di Marco y las telenovelas latinoamericanas rebaten la crítica a las estructuras de injusticia con el ejemplo de la mucama que quiere progresar y se enfrenta a la mediocridad del entorno. Decide entonces no tener hijos y aferrarse a la cultura de su patrona para ver si la sacan de pobre. Sin embargo, fuera de los culebrones, el destino no depende de circunstancias personales. Las variables macroeconómicas de la injusticia global son demasiado duras para desconocer: 2000 multimillonarios más poseen una riqueza equivalente a la de 4600 millones de personas. El 1% de los propietarios rurales acapara 33% del territorio argentino. Catorce millones de argentinos sufren inseguridad alimentaria mientras 140.000 millonarios en dólares se quejan si tienen que pagar 0,1% de bienes personales. Eso no está bien ni se resuelve con esfuerzos individuales.

Un Estado Social de Derecho presupone una lógica de la solidaridad que es mucho más que mera caridad o filantropía. Se trata de asumir que la deuda social no es una simple metáfora sino una obligación real y exigible con políticas públicas que garanticen los derechos de todos empezando por los últimos. La historia nos enseñó dolorosamente que tendremos que luchar para que esta deuda se salde porque las élites no están dispuestas a pagar. Siempre hay una excusa para negarse a pagar: desde la ineficiencia del estado y la corrupción política hasta el peligro populista y la amenaza chavista. Sin embargo, para cualquiera que quiera ver, es evidente que sin una adecuada nivelación de las oportunidades y derechos básicos para todos, esta espiral descendente de injusticia, tarde o temprano, explotará. Que ciegos son quienes no ven que su bienestar pende de un hilo. Si los que todo tienen no ceden, el destino de la Argentina será la confrontación permanente.

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