En esta entrevista, la periodista, conductora, actriz y empresaria nos dice: “El mayor daño me lo hice a mí y se los hice a mi hijo y a mi mamá”
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Ernestina Pais (53) es una mujer valiente: se animó a mirar de frente su alcoholismo y darle pelea. Tras seis meses internada en una clínica especializada en tratar adicciones (“porque uno cree que tocó fondo, pero siempre hay un fondo peor”, dirá durante la entrevista), también tuvo el coraje de revisar su historia e intentar rehacer los vínculos que había roto durante sus días más terribles. Además, es una mujer sensible: consciente de que con su palabra tiene la oportunidad de ayudar a muchos, no la avergüenza mostrarse vulnerable y hablar públicamente de lo que vivió. Pero, por sobre todas las cosas, Ernestina es una mujer inteligente, que aprendió a mirar y a escuchar, a perdonar y perdonarse, y a enfrentar el futuro con optimismo. Ella, que pasó por una vivencia tan demoledora que para muchos otros hubiera sido un golpe definitivo, supo hacer de ese desgarro un motor transformador, integrándolo a su vida como el punto de inflexión de su renacimiento, de su segunda chance. Y lo está haciendo: mientras sigue con su tratamiento, brilla en la obra de José María Muscari El divorcio del año (su personaje es una abogada alcohólica) junto a Fabián Vena, Guillermina Valdes, Juan Palomino y Rochi Igarzabal, volvió a trabajar en su restaurante y tiene múltiples proyectos. Mamá de Benicio Guyot (21), fruto de su relación con el fotógrafo Alejandro Guyot, repasó su historia en una charla con ¡HOLA! Argentina en la que fue levantando las distintas capas que la componen y dejó a la vista su lucha para recuperar la sobriedad.

–Cuando te llegó la propuesta para sumarte a la obra, ¿dijiste que sí enseguida o te costó decidirte?
–Me costó, porque no estaba segura de si iba a poder hacer ese rol. En mis experiencias anteriores en teatro, siempre hacía de mí, periodista, o de la persona que rompía la cuarta pared y le hablaba al público, pero nunca había tenido que componer un personaje. Hasta que entré en la lógica del rol y ahí todo empezó a ser muy liberador.
–En un momento, tu personaje toma alcohol directamente de la botella. ¿Qué te pasa cuando hacés esa escena?
–Yo no creo que tenga las batallas ganadas con respecto a la adicción. Una cosa era mi discurso cuando salí de la internación, y otro muy diferente el que tengo ahora, después de casi dos años desde que me interné y casi un año y medio desde mi alta. Sé que no le gané al alcoholismo porque he visto a compañeros recaer, he estado en situaciones peligrosas… entonces hoy tengo otro discurso y cuando voy hacia la botella pienso: “Hoy te gané, por estas 24 horas te gané. Estoy en este escenario, sobria, llegué a horario, hice todo bien, así que hoy te gané”. Las adicciones, igual que cualquier enfermedad psiquiátrica sin tratamiento, son inhabilitantes, porque no tenés ganas de salir de tu casa, no llegás al trabajo, no cumplís con nadie. Entonces, el hecho de estar en pleno uso de mis facultades, haciendo una obra que además tiene tan buenas críticas, me lleva a decir: “Hoy te gané. Mañana no sé, pero voy a hacer lo posible”.

–¿Quiénes te contuvieron en los peores momentos?
–Si no hubiera tenido al papá de mi hijo, a mi hijo, a mi mamá, y a mis cinco mejores amigos, que vieron todas mis miserias, no estaría acá hablando con vos. Y también, obviamente, el hecho de tener la posibilidad económica de pagar una internación privada, porque el sistema de salud mental está colapsado. Por eso hablo e insisto tanto con que estamos frente a una crisis de la salud mental, porque estamos yendo atrás del problema en vez de ir adelante, y en un tiempo nos va a explotar.
–¿Cómo fue el proceso hasta llegar a la internación?
–Ya había intentado muchas veces tratar el tema, esta internación no fue la primera. Sí fue una internación forzosa, porque yo fui judicializada y, para llegar a la judicialización, pasé por otros intentos de desintoxicarme que fracasaron. Porque hay gente que no quiere salir de su adicción, que se quiere quedar ahí. Yo no, yo quería salir. Ojo, no divido drogas de alcohol, porque todo es adicción. Para mí era normal beber, porque lo tengo acá, en Milión. El tema fue cuando lo empecé a usar como medicamento, para acallar cosas que me estaban lastimando. Y bueno, eso fue en aumento, y la gente que convivía conmigo vio crecer el monstruo, vio desde mi consumo normal hasta el problemático. Como ya había hecho otros intentos, todos los terapeutas con los que había intentado fueron preparando a mi familia y le decían: “Miren que esto puede explotar”, la famosa figura de “peligrosa para sí y para terceros”. Así que, obviamente, no fue una sorpresa para nadie.
–¿Notabas cambios físicos?
–¡Claro! Mientras otras drogas tardan más en hacer daño físico, el alcohol genera una invasión física muy rápida. Se me deformó el cuerpo, tenía vergüenza de ponerme determinada ropa, entonces vivía con unas túnicas que me tapaban todo. Eran señales, porque el adicto va dando señales. En la obra, el personaje de Rochi Irgazabal habla de eso. La enfermedad mental, la adicción o cualquier cuestión en torno a lo psiquiátrico, tiene avisos. En mi caso, los vieron a tiempo y pude tener una internación.

–Cuando estabas internada, ¿pensaste en escaparte?
–Sí, el primer día, como todos los pacientes. Pero al poco tiempo de internarme supe que de ahí me iba con el campanazo, me iba con el alta. No iba a ir a buscar un abogado que me levantara la judicialización, al contrario, me iba a quedar ahí hasta que los médicos me dijeran que me tenía que ir. Y lo hice.
–Al salir, ¿fue difícil enfrentar el afuera?
–Adentro yo estaba como en un parque de Disney. Al principio no fue difícil, porque salís con un grado de lucidez tremendo: ciento por ciento limpia de alcohol, de celular, de computadora, de todo. Además, estaba recontra entrenada, porque durante la internación me dediqué a dos cosas, a entrenar y a escribir. Así que salí con un guion de una película terminado, que ahora estamos trabajando con un guionista, y cinco cuadernos que son una bitácora de mi internación. Ahí escribía desde los perfiles de mis compañeros hasta qué medicación tomaban, cómo se comportaban, las anécdotas, cuál había sido el tema del día en la terapia grupal, todo. Seguramente esos cuadernos se convertirán en algo pronto. Pero después de ese primer momento, tenía que volver y recomponer vínculos, porque había hecho mucho daño antes de entrar. Al principio todos te bancan, pero con el tiempo, la gente te dice: “¿Vos te acordás de que me dijiste tal cosa?”. Entonces viene algo que, para mí, es tan hermoso como la recuperación: la reparación. Reparar el daño que había hecho fue muy importante. Reparar con mi hijo, reparar con mi madre. La adicción es una enfermedad de vínculos rotos: al principio te aguantan, te sostienen, y después, te siguen amando, pero no pueden más. Por eso es muy importante reparar. Me di cuenta de lo intensa e infumable que me había vuelto con el alcohol.

–¿En todas esas personas encontraste una buena recepción a tu intento de reparar?
–Bueno, tampoco había hecho taaanto daño. El mayor daño me lo hice a mí y se los hice a mi hijo y a mi mamá, esa es la verdad. Yo nunca fui una persona violenta, en ningún aspecto, pero cuando he querido lastimar con la palabra, lo he hecho, y el alcohol te desinhibe, te saca todos los filtros.
–¿Te das cuenta de lo importante que es el mensaje que das para gente que está pasando por algo así?
– ¡Si me hubieran dado este libro antes! Todos los días contesto mensajes de gente que me escribe por estos temas, no sólo por el mensaje que doy en los medios, que es “no hay batallas ganadas, sino que las batallas son día a día”, sino también por la obra, porque se dio esa conjunción divina y genial de que en el teatro estoy hablando de lo que quiero hablar.
–¿Qué persona sos ahora?
–No sé, a cada uno le pega distinto. Ahora tengo menos apego a las cosas. Antes decía: “Uy, no, internarme es muy caro”. Hoy hago doble terapia individual, tengo un terapeuta vincular, una psiquiatra cada quince días y grupos todos los días… Antes me decías que tenía que hacer todo eso y te contestaba: “No, es carísimo, dejá”. En este momento, sacaría la plata de donde sea para pagarlo. Me abro una cuenta en Only Fans si hace falta, pero junto la plata. [Risas].
–¿Qué aprendiste en el proceso?
–Que no hay que subestimar el efecto de las sustancias, que tendría que haber recurrido a profesionales mucho antes y no hacerme tanto la fuerte e, incluso, que debería haberme defendido mejor. Porque tuve que trabajar muchas cosas familiares también. En mi familia, había mucho silencio. Había cosas que se negaron para crear imágenes románticas de cosas que no lo eran. Y esa información yo la tenía en algún lado. Tanto que cuando me levantaba al día siguiente después de haber tomado, pensaba: “Mi mamá no toma, mi hermana no toma, el padre de mi hijo no toma, ¿qué onda, de dónde sale esto?”. Y después resulta que hablando y hablando como parte de esta reconstrucción vincular que hice dentro de mi terapia, descubrí que había antecedentes grosos de alcoholismo en mi familia. Y, en el alcoholismo, el factor hereditario es muy importante, además de que yo esa angustia la mamé, hasta mis 4 años, cuando desapareció mi viejo. Todo eso lo viví en mi casa. Entonces, esa información me habría servido. Aprendí a abrazar más a mi hijo. Yo tuve pocos abrazos… La mía fue una mamá que tuvo que salir adelante sola. Entiendo eso. No te digo que agradezco al alcoholismo, pero creo que capitalicé el golpe para bien.
–¿El humor te ayudó a salir adelante?
–Sí. Yo les ponía apodos absolutamente a todos, imitaba a todos, inventaba juegos… Si te contara las barbaridades que hablábamos ahí, las anécdotas y cómo nos divertíamos y nos reíamos de nosotros mismos, no me lo creerías. Lo que pasa es que, si cuento eso, lo anecdotizo graciosamente, y no hay nada gracioso en todo esto. No hay que romantizar una internación de este tipo porque no tiene nada de romántico.
–¿Estás de novia?
–De novia no, en pareja no. Es que yo me casé con la adicción bastante tiempo, porque es un tiempo en el que te aislás y no querés hacer otra cosa. Pero ahora, de a poco, estoy empezando a salir. No uso aplicaciones, porque no me animo, así que realmente tiene que ser alguien que llegue a mí y en esta situación mía, que no es fácil. [Risas].
–¿Qué significa Muscari para vos?
–Muscari me dio dos veces un papel en una obra de teatro suya. La primera fue cuando tuve mis primeros síntomas de ataques de pánico, cuando me bajé del programa Desayuno americano, en 2014, y este de ahora. Aparece siempre en los momentos en los que salgo de un pozo y pienso: “Lo bien que me haría volver a trabajar”. Y Muscari cae con el personaje que me representa. Él me quiere mucho y yo lo quiero mucho a él. Es el tipo que me agarra de la mano y me dice “dale, vení, subite a un escenario”. Mi compañero en este lío.

Producción: Paola Reyes (@paoreyesandaur)
Maquillaje: Magdalena Puibusqué (@magdapuimakeup)
Peinado: Joaquina Espínola (@joaquinamakeupartist)
Agradecimientos: Mishka (@mishkabuenosaires), Luna Garzón (@lunagarzonaccesorios), Eu (@eukatz) y Milión (@milion_argentina)

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