Marcela Lagos logró, con estas carreras de distancias y exigencias extremas, recuperar la autoestima y resurgir
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La línea de llegada de las carreras de largas distancias, desde medias maratones y maratones, pero en especial las ultramaratones, es una montaña rusa de sensaciones: rostros deformados por el llanto y abrazos interminables son expresiones que se desatan metros antes de la meta. El cansancio extremo y la extenuación dejan en carne viva las emociones que, luego de largas horas de introspección y de batallas con fantasmas interiores, encuentran cauce y desatan una catarata de sentimientos.
Paradójicamente, corredores que durante horas luchan contra el reloj intentando descontar un puñado de segundos apurando el paso sin piedad con su propio cuerpo, en los metros finales regalan parte del tiempo ganado estirando ese instante con el deseo de que perdure eternamente.
Un rostro desdibujado por el agotamiento físico que desborda en llanto es una postal que se multiplica en las llegadas de carreras de 70, 100 o 160 kilómetros como Patagonia Run, una competencia de montaña que cada abril convoca a miles de runners en San Martín de los Andes que ponen en juego el cuerpo en distancias extravagantes para cualquier mortal ajeno a este mundo, pero que para muchos de los que atraviesan esa línea de meta se convierte en una vivencia transformadora que les cambia la vida.

“Mi primera experiencia fue en 2013, cuando mi esposo me invitó a correr los 21k. Fue algo revelador porque en ese momento descubrí que me apasionaba correr en la montaña, pero además me demostré que podía lograr cosas que creía fuera de mis posibilidades”, cuenta Marcela Lagos.
Su primera Patagonia Run se convirtió en un hito que Marcela atesoró, pero que al mismo tiempo la impulsó a ir por más. Un riguroso plan de entrenamiento le permitió multiplicar las distancias al mismo tiempo en que se reconciliaba con un pasado que le negaba la posibilidad de disfrutar lo bueno que la vida le ofrecía.
“La siguiente distancia fueron los 70k en 2019, en donde sentí que me recibí de ultramaratonista, pero al mismo tiempo fue un punto de quiebre porque logré dejar atrás un pasado que me perseguía desde chica, cargado de tristeza y de frustración. La carrera fue tan dura que al llegar sentí que el mundo se quebró a mis pies; caí de rodillas y abracé a mis hijos”, expresa Marcela, que arrastraba una historia familiar dolorosa.
Liberar mochilas
La separación de sus padres, una mamá que cayó en un proceso creciente de depresión y un papá que se olvidó de su hija, fueron situaciones que hicieron mella y que la llevaron a transitar la vida dudando de ella misma con una mochila cargada de pensamientos oscuros. “Esa carrera la terminé físicamente vacía, pero me ayudó a descubrir la persona que soy: perseverante y luchadora. Recuperé una mirada piadosa de mí luego de que pude sobrellevar el desafío extremo que me planteó la carrera”, afirma serena Lagos luego de haber corrido durante casi 15 horas y de haber trepado 5000 metros de desnivel cruzando montañas y lagos.

Fiel a su esencia, fue por más y, devorando kilómetros en un proceso de entrenamiento que siguió con una conducta espartana, volvió a San Martín de los Andes en 2022 para dar un salto y probarse, primero en los 110 kilómetros y al año siguiente coronó su recorrido cruzando el arco de llegada de los 160 kilómetros. Su autoestima recompuesta y el entrenamiento riguroso fueron la fórmula infalible para acumular medallas de finisher en carreras de ultradistancia, pero sobre todo para transitar la vida con la confirmación de que el pasado tormentoso era una etapa superada.
La psicóloga y psicoanalista Mónica Hamra, que además es corredora, compartió su mirada del efecto transformador de las carreras de ultradistancia: “En esto, lo primero que surge es la idea del desafío que en un principio te puede parecer lejano, pero en alguna medida te permitís imaginarlo. El mecanismo funciona a partir de lograr materializar experiencias que no creías posible, pero que de alguna manera, y por alguna razón, te permitiste imaginarlas”.
Desde su perspectiva, estos logros juegan un rol determinante en la elevación de nuestra autoestima y, para explicarlo, cita a Sigmund Freud: “Él sostenía que la autoestima es la omnipotencia corroborada por la experiencia. Alcanzar este tipo de desafíos opera como un mecanismo que nos permite elevar nuestra autoestima porque ese logro confirma, o redescubre, esa mirada narcisista que se construyó en nuestra infancia”.

“El deporte no es solo físico, sino que es psicosomático porque ponés en juego el cuerpo, pero empujado por una idea que está en tu mente y que es la que te motoriza. Se te instaló ese número, que por alguna razón creíste posible. Esto te lleva a iniciar un proceso de entrenamiento que te permite alcanzar el logro, y resurgís de ese recorrido con una sensación de que sos invencible”, afirma la especialista.
Las ultramaratones implican recorrer distancias que suenan imposibles y que castigan el cuerpo, pero al mismo tiempo, y sin buscarlo, pueden ser la llave para vencer demonios internos y resurgir potenciados.
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