En el trabajo, ese rol no se define únicamente por lo visible
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En muchas oficinas sucede algo difícil de explicar, pero fácil de percibir: dos personas vestidas de manera igualmente correcta pueden generar climas completamente distintos. Una transmite calma y claridad; la otra, tensión o distancia, aun sin decir una palabra. Esa diferencia no siempre tiene que ver con la simpatía ni con la experiencia, sino con un aspecto menos visible de la imagen: la forma en que habitamos el espacio y nos vinculamos con los otros.
Durante años, la imagen profesional fue pensada casi exclusivamente desde la apariencia. Qué ponerse, qué evitar, cómo adaptarse al código del sector. Esa dimensión sigue siendo central: la ropa ordena, anticipa y comunica intención. Pero en el mundo laboral actual —marcado por cambios constantes, vínculos más horizontales y una mayor exposición emocional— la vestimenta ya no opera sola. Se integra con la conducta y el lenguaje no verbal, y juntas influyen en el bienestar individual y colectivo.
El sociólogo Erving Goffman sostiene que en toda interacción social las personas interpretan un rol frente a una audiencia. En el trabajo, ese rol no se define únicamente por lo visible, sino por cómo se entra a una reunión, cómo se ocupa el espacio, cómo se responde ante la presión o el desacuerdo. Estas microconductas no solo comunican hacia afuera: también regulan el propio estado interno.

Cómo influye la postura, la respiración y el tono de voz
La forma en que nos presentamos y actuamos en el trabajo tiene un impacto directo en el nivel de estrés, en la sensación de control y en la energía con la que transitamos la jornada. La psicología corporal sostiene que postura, respiración y tono de voz influyen en el sistema nervioso. Un cuerpo contraído, una voz tensa o una gestualidad defensiva no solo afectan la percepción externa, sino que refuerzan estados internos de alerta o agotamiento.
En este sentido, la imagen profesional funciona también como una herramienta de autorregulación. Vestirse de manera acorde, sostener una postura más abierta o modular el ritmo al hablar puede contribuir a generar mayor sensación de seguridad y foco, especialmente en contextos de alta exigencia.
Por qué nuestra forma de actuar genera un clima
Cada persona genera un clima, y ese clima vuelve. Quienes provocan tensión constante suelen experimentar mayor desgaste emocional, mientras que quienes logran construir vínculos más claros y respetuosos tienden a habitar entornos laborales más saludables. La antropóloga Margaret Mead señalaba que el comportamiento es un lenguaje aprendido; en el trabajo, ese lenguaje se traduce en gestos cotidianos que inciden en el bienestar colectivo.
Escuchar sin interrumpir, respetar los tiempos, sostener acuerdos y registrar al otro no son solo normas de convivencia: son prácticas que reducen fricciones innecesarias y favorecen la estabilidad emocional dentro de los equipos.
Plantear la imagen como integración no implica restarle valor a la vestimenta, sino devolverle profundidad. Vestirse de acuerdo al contexto es una forma de orden y previsibilidad, dos factores que reducen la ansiedad en entornos laborales inciertos. Pero su verdadero efecto aparece cuando la apariencia dialoga con una conducta alineada.
El filósofo Byung-Chul Han advierte que la sobreexposición y la presión por el rendimiento generan cansancio emocional. En ese marco, una imagen profesional coherente —donde lo que se ve, lo que se dice y lo que se hace no se contradicen— aporta una sensación de estabilidad que impacta tanto en la percepción externa como en el propio bienestar.
Por qué la imagen trasciende a la ropa que llevamos
Tal vez la pregunta más productiva hoy no sea solo “¿qué me pongo para trabajar?”, sino “¿qué mensaje completo estoy enviando —y recibiendo— a través de mi imagen?”. La respuesta no excluye la ropa; la integra con la conducta y el lenguaje no verbal.
Porque la imagen profesional no es solo una cuestión de cómo nos ven los demás, sino también de cómo nos sentimos en los espacios que habitamos todos los días. Y ese equilibrio, cada vez más, forma parte del bienestar.
La imagen profesional no se juega únicamente en la mirada ajena. También incide en cómo se transita la rutina laboral, en el nivel de tensión cotidiana y en la calidad de los vínculos que se construyen. Cuando apariencia, conducta y lenguaje no verbal están alineados, el trabajo se vuelve un espacio más previsible y menos desgastante. En un contexto donde el bienestar ocupa un lugar creciente en la agenda laboral, esa coherencia empieza a ser leída no como un detalle, sino como un factor relevante de salud y desempeño.
La autora es asesora de imagen@danisa_bevcic
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