Cuidó a un jubilado hasta la venta de un campo, después lo mató, descuartizó el cuerpo y lo enterró bajo una parrilla
La víctima de 72 años estaba desaparecida desde junio pasado
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Pasaron más de cien días desde la última vez que alguien había visto a Américo González. En la localidad cordobesa de Berrotarán toda ausencia se nota. Con algo menos de 7000 habitantes es poco más grande que un pueblo, en donde todos se conocen. Así se sabía que antes de desaparecer en junio pasado, el jubilado de 72 años era acompañado por una mujer identificada como María Alejandra Zabala, de 49 años. Trabajaba en forma habitual con adultos mayores, incluso en un geriátrico. De González nada se sabía desde la venta de un campo.
Finalmente, la fiscalía de instrucción de Río Cuarto decidió focalizarse en esa mujer, especialmente luego de no avanzar la pesquisa dirigida a la exesposa de González, la persona que había presentado la denuncia por la desaparición.
Cuando la policía llegó a la casa de Zabala, esta se encontraba en una localidad cercana. Prometió colaborar y volver a Berrotarán. Los investigadores no esperaron e ingresaron en la vivienda, ubicada a pocas cuadras de la casa de Zabala. Entraron con perros adiestrados para detectar rastros de personas. No tardaron demasiado en señalar un lugar: una parrilla.

Tanto insistieron los perros en marcar ese lugar en el fondo de la casa de Zabala que los detectives decidieron llamar a bomberos locales para que rompiesen el entrepiso de la parrilla. Una excavación no muy profunda dio los primeros resultados. Restos humanos aparecieron en una bolsa plástica. Otras tres bolsas completaron el macabro hallazgo. El cuerpo de un hombre había sido desmembrado.
En el pozo también estaban los elementos utilizados en la tarea criminal: un martillo, un machete y un bisturí. Todo usados para reducir el cuerpo.
La idea delictiva no se detuvo en trozar el cadáver y enterrarlo. La mujer hizo lo posible para ocultar el crimen. Hasta convertirse en albañil. Según Cadena 3, un vecino separado solo por la medianera del lugar del homicidio contó a los investigadores que la propia Zabala armó el contrapiso y la parrilla. Relató que lo hizo en los últimos tres meses y que rechazó incluso la oferta de asistencia. El misterio de la desaparición de González estaba resuelto.

Sin embargo, falta el arresto de la sospechosa. Y a esta ya se la había alertado de la presencia policial en su casa. El fiscal recordó la promesa de la mujer de subirse a un ómnibus para volver los antes posible a Berrotarán y colaborar con la búsqueda del hombre al que cuidaba. No le creyó y mandó un aviso a la policía cordobesa instalada en Villa Rumipal, donde estaba Zabala. Los uniformados no la encontraron. ¿Se había escapado? ¿Sería necesaria una orden de búsqueda y captura? Nada de eso. Mientras los detectives intentaban dar con familiares que hubiesen podido darle refugio, la mujer llegó a Berrotarán. Tal como había prometido, se tomó un micro y regresó a su pueblo.
Los investigadores estiman que la mujer estaba tan confiada en su capacidad de construcción -de un relato y de una tumba sin nombre- que se presentó en su casa sin saber que todo había sido descubierto por el olfato de un perro.
Zabala fue detenida y acusada del homicidio de González. Las autopsia definirá la mecánica de la muerte y los agravantes con los que se calificará la imputación contra la mujer. El móvil, por ahora, es un misterio.
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