Dos bandas en una guerra que se agrava

En la villa del Bajo Flores se desató una guerra con ejércitos que se disputan porciones de territorio para desarrollar los mismos negocios espurios
Fernando Rodríguez
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14 de abril de 2015  

Hay en la villa del Bajo Flores una guerra de baja intensidad en desarrollo. Una guerra con ejércitos que se disputan porciones de territorio para desarrollar los mismos negocios espurios. Una guerra en la que las nacionalidades identifican bandos y modalidades de acción. Una guerra en la que unos pocos ganan y la mayoría pierde.

Hay en esa lucha dos grandes jugadores que, en términos generales, tienen bien diferenciados sus intereses. La llamada banda de los paraguayos maneja el grueso del tráfico y comercio de marihuana; separada de aquélla por la avenida Riestra, los peruanos controlan el negocio de la cocaína y el paco. Hasta las adyacencias de la villa llegan, desde toda la Capital, los compradores.

Todo eso ocurre bajo una virtual actitud aquiescente de las fuerzas de seguridad, llámense Policía Federal o Gendarmería. Es lo único que puede explicar que este multimillonario negocio no deje de expandirse y que los narcos -como lo reconocen los propios vecinos indefensos de esta villa en la que viven más de 40.000 personas- se hayan convertido en un poderoso y omnipresente paraestado dentro de una vasta porción de la ciudad.

Hacia dentro de la 1-11-14 la cosa es distinta; aquella suerte de entente entre paraguayos y peruanos es puesta en entredicho por la competencia. Esa tensión se traduce en violencia extrema y venganzas en las que el plomo caliente no deja de cobrarse vidas. Es allí donde la tasa de homicidios porteña se dispara.

La Banda del Gauchito Gil, de dealers argentinos, compite con los paraguayos; se presume que esa rivalidad es la que se cobró ayer cuatro vidas en la manzana 9. El liderazgo de los peruanos, que según la ONG La Alameda tienen 10 laboratorios de pasta base y al menos 300 "soldados" armados para sostener con mano de hierro las actividades de la organización, debe lidiar ahora con grupos de colombianos que intentan afianzar una cabecera de playa dentro del Bajo Flores.

Todo eso se produce en el contexto del crecimiento explosivo de las villas porteñas, con una población que entre 2001 y 2014 aumentó más de 150%, incremento en el que la porción de habitantes extranjeros en los asentamientos se elevó, entre los últimos dos censos, cuatro veces más que la de la ciudad.

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