Abuelos a distancia: jugar, malcriar, acompañar y construir recuerdos a 10.000 kilómetros
Viajes estratégicos y rituales inventados para estar presentes; cuatro historias que reflejan cómo se reconfigura el rol del abuelo cuando los hijos emigran y los nietos crecen lejos
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Hay gestos que parecen inamovibles: el plato preferido que se repite, el abrazo que calma y la complicidad que no se explica. Pero, cuando el crecimiento de los nietos empieza a ocurrir lejos, en otro huso horario y con una pantalla de por medio, ¿qué lugar queda para los abuelos cuando el vínculo tiene que “viajar” por Wi-Fi?
Cada vez más familias argentinas se enfrentan a una transformación silenciosa: la “abuelidad” -vínculo que nace de la relación entre abuelos y nietos- a distancia. No se trata solo de extrañar, sino de aprender a estar cuando el cuerpo no puede. A través de videollamadas, viajes estratégicos y despedidas que duelen, los adultos mayores construyen una presencia nueva: reinventan gestos, rutinas y costumbres para no quedar al margen.

La tecnología como medio para estar presente
El celular queda apoyado contra una taza, apenas inclinado para que la cámara alcance a mostrar toda la cara. Del otro lado, un nene de dos años baja por un tobogán en una plaza del norte de Italia y grita algo en un idioma que no es el español. “Abu, vieni”, dice, mientras estira los brazos hacia un vidrio que no puede atravesar.
Adriana Giordano (57) y Jorge Simes (58) responden desde Tanti, en Córdoba, con risas exageradas, besos al aire y canciones infantiles. Juegan, se esconden detrás del teléfono, sacan la lengua y corren con el celular en la mano para “perseguirlo” desde miles de kilómetros. No pueden alzarlo, no pueden tocarlo, pero están ahí. “Somos abuelos de pantalla”, dicen en una entrevista a LA NACION. Y no, no lo dicen con tristeza.

Para ellos, ser abuelos a la distancia es un rol diario. Su hijo Nicolás (33) cumplió el sueño de jugar al rugby en Italia, un deseo que guardó en una botella enterrada en el patio de su escuela y que, curiosamente, desenterró el mismo día que se tomó el vuelo para Europa. Hoy, su vida se desarrolla en un pequeño pueblo medieval llamado Azeglio donde vive con Ramona, su esposa, -quien tiene dos hijos de una pareja anterior- y juntos son papás de Noah (2).
Adriana recuerda que al nacer su nieto no estaban en la clínica, pero tampoco afuera: “Seguimos todo el parto por videollamada. Desde que se internó mi nuera, hasta que llegó el bebé“. A partir de ese momento, la pantalla dejó de ser un dispositivo y pasó a convertirse en un espacio afectivo.
La escena se repite a diario, al menos dos veces por día los abuelos llaman para estar en contacto. Adriana canta, Jorge juega con autitos del otro lado del teléfono, le hacen caras y celebran cada gesto. Noah los reconoce. “Nos dice ‘Abu’, nos tira besos”, explica la abuela y cuenta que el vínculo no empieza de cero cuando tienen la oportunidad de verse cara a cara, sino que continúa.
Para achicar la distancia, la mujer inventó un gesto mínimo y cargado de sentido. Cuando sus nietos que viven en Córdoba reciben una remera nueva, Noah obtiene la misma en Italia: “Para que se reconozcan como primos, aunque estén lejos”.

Cuando Noah viajó a la Argentina en agosto del 2025, visitó la casa familiar y conoció el cuarto de su papá. Ya de regreso en Italia, sus abuelos le hicieron una videollamada desde ahí y Jorge recuerda cómo reconocía el ambiente: “Miraba todo. Señalaba y decía ‘la cama de papi’, ‘los autitos de papi’. Esperamos que recuerde la casa de sus abuelos, eso queremos transmitirle”. Además, Adriana menciona: “Siempre decimos que no va a pasar un cumpleaños ni una fecha importante sin que estemos”. Ambos ahorran durante el año para viajar y concretar ese ansiado reencuentro.
El cuerpo aparece con fuerza cuando ese reencuentro sucede. “Por cámara no tomás dimensión. El físico te choca porque lo ves distinto, más grande”, explica Jorge. También cambia la despedida. “Eso es lo peor. La vuelta es durísima”, suma Adriana. Para amortiguar el golpe, prueban estrategias: separarse de a poco, no pasar la última noche juntos o intercalar días de viaje donde se distancien un poco antes de irse. De esta manera, buscan tácticas para que duela menos. “Esa escalera del aeropuerto es terrible porque no sabés cuándo los volvés a ver, pero no queremos ser solo abuelos de cámara”, dicen. La pantalla permite estar, el cuerpo confirma.

Del cuidado cotidiano a la abuelidad periférica
Para Susana Gordon, de 70 años, la distancia no llegó de golpe: se instaló de a poco. Cuando su nieta Sofía se fue a vivir a Malasia en el 2013 tenía apenas dos años y medio. “Yo estaba con ella todo el tiempo. La buscaba en el jardín, la llevaba a casa, dormíamos juntas. Era muy presente”, recuerda. Sin embargo, cuando Sofía se fue del país, la tecnología funcionó como continuidad. “Hablábamos todos los días. Yo viajaba una vez por año a Malasia y me quedaba meses”, explica en una entrevista con LA NACION. Su hijo Leandro (42) tomó la desición de emigrar debido a una oferta laboral en Kuala Lumpur: “Ahí me enteré que era la capital de Malasia, porque hasta ese momento no lo sabía”.

Durante años, el vínculo se sostuvo entre videollamadas diarias y visitas largas: “Cuando yo iba a Malasia, compartíamos todo”. Pero el tiempo empezó a operar de otra manera. “Después Sofía creció, entró en la adolescencia y ya no es igual”, relata.
Hoy Sofía tiene 15 años. Tiene amigas, pijamadas y planes propios. “Está en la suya. Yo lo vivo relajada, pero el cambio existe. Ya no hablamos todos los días, ahora es más esporádico”, admite su abuela. Aun así, hay gestos que persisten como anclas afectivas: “En los cumpleaños prendo una galletita con una velita frente a la pantalla y cantamos. Es nuestra forma de estar”.

El impacto aparece cuando hay un reencuentro: “La vi después de la pandemia y pensé: ‘ya es una mujercita’”. No fue el idioma lo que la sorprendió, sino el cuerpo. A pesar de los kilómetros, el apodo “Baba Susan”, como le dice Sofía desde chiquita a través de la pantalla, persiste. La abuela viaja 32 horas y enfrenta su desagrado a los aeropuertos, solo para ver a su nieta y poder llevarle el dulce de batata que no se consigue en Malasia.
Por otro lado está la historia de Noemí Toriani (77), que vive la distancia desde un lugar más lejano afectivamente. Sus nietos residen en España y el vínculo virtual nunca terminó de consolidarse. “No puedo ser una abuela presente. Hablo más con mi hijo y con mi nuera”, afirma. La diferencia horaria, la edad de los chicos -ya adolescentes-y la falta de rutinas fijas, pesan. “No hay un momento para llamarlos. Tienen su vida”, indicó a LA NACION. Noemí no romantiza la experiencia. “Me gustaría verlos más, tener más conexión, pero allá están contentos y eso me alcanza”.

Para ella, el rol de abuela se activa en los sentidos. Cuando sus nietos vienen a la Argentina, el pedido es unánime: las milanesas, porque como las que ella hace, allá no se consiguen.
Presencia intensiva, despedidas largas y el límite de la pantalla
Graciela Balseiro (68) aprendió a ser abuela en la lejanía sin intentar imitar una cotidianeidad imposible. Su hijo mayor se casó con una chilena y su hija formó familia con un noruego. Divide su año entre Chile -donde viven sus nietos de 11 y 9 años- y Suiza, donde residen los dos más pequeños, de 4 y 2. “Aprendí a querer lo que tengo y no sufrir por lo que no tengo”, dijo a LA NACION.
En lugar de llamadas diarias, eligió otra estrategia: viajes frecuentes y estadías largas. “Vi nacer a todos mis nietos. Cuando voy, compartimos todo. Desde el desayuno hasta que se van a dormir”, recuerda.

La presencia para ellase volvió intensiva: “El encontrarnos en persona es más habitual que el vínculo frente a la pantalla porque nuestros hijos mantiene viva nuestra presencia”. Además, dice que prefiere mantenerse positiva con su realidad: “Para mí el ‘ser abuelo’ implica estar cerca físicamente cierto tiempo al año”.
Al igual que Adriana y Jorge, Graciela modifica la economía familiar y ahorra para lograr su objetivo de viajar. Incluso, se planteó un gran desafío: “Estoy intentando aprender noruego online para aumentar el vínculo”. En ese esquema, la tecnología acompaña, pero no sustituye: “Recibo fotos y mensajes, sé cómo les va en el colegio y qué deportes hacen”.
El esfuerzo por estar presentes
Ser abuelo a distancia es, de cierta manera, una batalla contra el olvido. Ya sea a través de una camiseta de la selección argentina que viaja en la valija o del mensaje de WhatsApp motivador que se envía cuando el nieto tuvo un mal día, estos abuelos construyen memoria afectiva.

Aunque el tiempo pase, la edad dificulte los viajes y no sepan cuál va a ser el próximo encuentro, miran con ojos positivos y con amor la vida que eligieron sus hijos. Saben que, sin importar el lugar remoto donde se encuentren sus nietos, hay memorias y esfuerzos que no se olvidan: desde aprender noruego online a los 68 años hasta pasar 32 horas en un avión con tal de recibir ese abrazo tan anhelado.
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