Dormirse cuando sale el sol: tres historias para conocer cómo es trabajar cuando todos descansan
A contramano de todo el mundo, existen muchas actividades que no paran y conocen la profundidad de la noche; el ritmo de vida, el vínculo con la familia y el “seguir de largo”
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La Ciudad de Buenos Aires parece suspendida a las 2 de la madrugada. Las persianas están bajas, las ventanas a oscuras y el tránsito se reduce a motos aisladas que cortan el silencio. Sin embargo, en algunas esquinas la luz permanece encendida. Una estación de servicio sobre una avenida, una farmacia 24 horas con el vidrio blindado y un kiosco en Martínez donde el empleado conversa con la luna. Allí transcurre otra jornada. Mientras la mayoría duerme, otros con sus empleos sostienen la vigilia.
Trabajar mientras la familia duerme
En la madrugada, una estación de servicio sobre una avenida ilumina la cuadra como si fuera de día. Un hombre con campera azul camina entre los surtidores, mira el reloj y levanta la vista cada vez que un auto dobla en la esquina. El resto del barrio duerme. Él no. Lo que más pesa no es el cansancio, sino la ausencia dentro de su hogar. Johan Nureña tiene 50 años y trabaja hace tres años de 22 a 6. Vive con su esposa e hija y le preocupa no estar en casa cuando cae la noche. Para él, su presencia es importante para la seguridad de su familia.
Johan no eligió ese horario. Cuando lo contrataron le pidieron disponibilidad full time. Eso implicaba aceptar el turno que le asignaran: mañana, tarde o noche. Le tocó la última franja y desde entonces su vida funciona a la inversa. “Es una necesidad y hay que cumplirla”, dice sin vueltas a LA NACION. A veces se pide el día por algún evento familiar, pero no siempre se lo conceden.
Cuando llega a su casa cerca de las siete, desayuna, se ducha y a las nueve ya está en la cama. Se levanta alrededor de las 14 para almorzar, entrena cuando puede porque lo ayuda a liberar estrés y limpia la casa. “Evito quedarme acostado más de la cuenta”, relata.
Dormir de día no resulta sencillo. Su habitación da a la calle. A eso se suman los cuatro perros de la familia que ladran cuando alguien pasa. “Pese al ruido externo trato de conciliar el sueño, descansar lo máximo que puedo”, dice. Sin embargo, siempre está un poco agotado y bostezando ya que, según él, el cuerpo no está acostumbrado naturalmente a este tipo de horario.

La estación de madrugada tiene distintos ritmos. Entre las 22 y las 2 de la mañana hay movimiento constante, sobre todo choferes de aplicaciones. “De 2 a 4 tenés que barrer y mantener la estación limpia”, describe. El celular está prohibido. “Si lo usás, tiene que ser mínimo”, aclara. Pasada esa franja llegan tareas administrativas: controlar dinero, contar lubricantes y hacer depósitos. Recién a las 5 se reanuda la actividad por quienes madrugan para arrancar el día e ir a trabajar.
Aunque admite que la gente de noche llega más relajada y el ambiente es más tranquilo, no duda en afirmar que es el turno que menos le gusta porque mientras él sostiene la vigilia, su familia duerme.
Cinco horas de viaje, pero el turno ideal
Nancy Acosta tiene 52 años y es empleada en una farmacia en Olivos de 22 a 8 de la mañana. Hace 20 años que trabaja ahí, pero quedó fija en la noche cuando se jubiló su compañero. A diferencia de Johan, ella sí lo elige, tal como explicó a LA NACION: “Me encanta. Es tranquilo y puedo manejar mis tiempos”.
Su jornada implica un esfuerzo físico. Vive en Bella Vista y tarda dos horas y media en llegar. Sale con anticipación porque a la noche los colectivos no siempre paran. Entre ida y vuelta suma cinco horas de viaje y llega a su casa cerca de las once de la mañana, pero lo que más le pesa no es el trayecto, sino lo que realmente la desarma es una frase que su hija le repite siempre: “Nunca estás conmigo”. Por eso, antes de acostarse, se queda un rato más en la cocina, prepara unos mates y estira la charla todo lo que puede. Su jornada termina cuando el día de su hija recién empieza, y en ese cruce breve intenta compensar la ausencia que la vida nocturna impone.

Dormir de día implica, para ella, escuchar al vecino que usa el taladro todas las mañanas. Cuando tiene franco e intenta dormir de noche, se encuentra con que el cuerpo no responde. “Son las tres de la mañana y estoy mirando el techo”, cuenta. Prefiere leer antes que usar pantallas para dormir.
Durante la madrugada no se queda quieta. En su turno atiende la ventanilla, separa recetas, controla vencimientos y llena libros. “En una farmacia es imposible aburrirse. Me encanta mi trabajo y disfruto mucho de la soledad del horario”, asegura.

¿Lo más difícil? El mal humor de algunos clientes. Nancy cuenta que en la madrugada la paciencia suele ser más corta y que muchas veces la discusión no tiene que ver con ella, sino con la receta, la demora o el precio. En más de una ocasión tuvo que enfrentarse a personas alteradas que golpean el vidrio o levantan la voz. Cuando la situación escala, llama al 911 y espera del otro lado de la ventanilla hasta que llegue ayuda.
Seguir de largo y dormir a la tarde
Agustín Cabrera tiene 23 años y trabaja en un kiosco de 22 a 7, en Martínez. Aceptó el turno por una razón concreta. “Me pagan un poco más que en otros horarios”, admitió a LA NACION. Trabaja seis días por semana y tiene franco los sábados, por lo que recién el domingo a las 22 comienza su jornada nuevamente.
Su rutina rompe el esquema clásico del trabajador nocturno. Él no llega a su casa y se acuesta. Sale a las siete de la mañana del kiosco y va directo al gimnasio. Entrena una hora y media y después hace trámites, va a turnos médicos o resuelve cuestiones personales. Recién a las dos de la tarde se acuesta hasta las ocho o nueve de la noche y llega al trabajo “recién despierto”, dando inicio a su día.

El desorden no solo afecta el sueño, también cambia los hábitos alimenticios. Agustín reconoce que todavía no encontró un esquema estable. Se despierta a las 21 y no siempre sabe si ese momento corresponde el desayuno o la cena. Algunos días toma un café como si recién empezara la mañana; otros, come un plato caliente como cierre. La necesidad de estructura no es casual: es su sostén. “Si no tenés rutina, te perdés. Es fundamental estar organizado, principalmente teniendo estos horarios”, describe.
La noche le dio algo inesperado: tiempo para estudiar. El año pasado hizo un curso y aprovechó las “horas muertas” del invierno para leer y avanzar con apuntes. “Acá pude prepararme tranquilo. En el día no es mi mejor funcionamiento”, explica. Mientras otros le preguntan si no se aburre, él aprovecha el tiempo para concentrarse.
La soledad no lo angustia. La disfruta. “Somos la luna y yo”, repite. Sale a la vereda, se apoya en un poste y mira el cielo. Escucha música. Toma mate. Se “disocia”, como dice él. En invierno, cuando la calle queda vacía, el silencio es total. En verano hay un poco más de movimiento y no le gusta tanto.

Poder dormir de día, sin embargo, depende del entorno. A veces llega del trabajo y el vecino escucha cumbia a todo volumen. Sabe que no puede decirle nada: son las 5 de la tarde y para el resto es un horario normal.
Aunque le gusta la soledad, se siente acompañado por taxistas que trabajan a metros del kiosco. Incluso cree que, en su caso, el turno nocturno es más seguro que el diurno porque nadie entra al local.
Pese a que le gusta su horario, no idealiza la noche. Sabe que no es para siempre. Reconoce que se volvió más antisocial y que ve menos a sus cercanos, pero tampoco lo vive como una pérdida absoluta: “Capaz veo a un amigo cada cuatro meses y nos ponemos al día”. La vida nocturna, en su caso, no es solo desfasaje, es una oportunidad para adquirir disciplina, estudio y una forma de ordenarse.

Los tres protagonistas de estas historias coinciden en algo: este turno exige rutina y tolerancia a la soledad. Cuesta acostumbrarse la primera semana, pero no es imposible. Con el paso de los días el cuerpo se adapta, el reloj se invierte y la madrugada deja de ser ajena. Después de las 23, estos trabajadores no vuelven a ver la luz del sol hasta que termina su jornada.
Cambiar el día por la noche no es solo modificar un horario. Es alterar el sueño, desordenar las comidas y reorganizar los vínculos; es intentar descansar mientras el vecino prende la agujereadora o escucha música; es compartir un mate antes de irse a dormir porque después no hay tiempo. Al final, es aceptar que el amanecer no marca el comienzo del día, sino el momento en que recién pueden cerrar los ojos.
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