Enseñar y aprender en cuarentena: priorizamos o erramos

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28 de abril de 2020  • 15:36

Es muy difícil ser docente. Lo era antes y lo es más a partir del aislamiento.

Los docentes de alumnos cuyas familias tienen escasa o nula conexión a Internet -no sabemos cuántos son, pero estimamos en un 50% de acuerdo a estudios previos- sobrellevan la responsabilidad de salir a buscarlos, entregarles los cuadernillos que distribuye el gobierno nacional y mantener contacto como se pueda. Ahí donde no hay señal, ni notebooks, ni datos, ni agua potable ni condiciones adecuadas en las casas, están los maestros.

Por otro lado, los docentes de alumnos cuyas familias sí poseen mejor conexión a internet, notebooks y tablets a disposición, se sienten aturdidos por un mandato de "bulimia didáctica" de origen desconocido que justificamos en el estar presente en un presente escolar en el que no estamos.

Es una suerte de horroris vacuis: el horror al vacío de las escuelas vacías llenado con un tsunami de ejercicios que vienen por WhatsApp, email, o clases virtuales en plataformas diversas. Hay que hacer, hacer y hacer.

Directivos, docentes, familias hemos adoptado, sin saber muy bien por qué, un enfoque con demasiados inconvenientes, aún para las familias con mayor disponibilidad de tecnología.

Asumimos sin querer una propuesta infectada por el virus del solucionismo tecnológico, con el que todo problema tiene una solución, toda solución es benéfica y mucho más si la solución es tecnológica. Por el contrario, la tecnología no soluciona todo y algunas soluciones que encuentra hasta pueden ser perjudiciales en el contexto de compartir la responsabilidad del ejercicio del rol de educador con los padres y madres, siendo que no estamos preparados para ello. Tampoco, muchas veces, las plataformas en las que las actividades vienen siendo enviadas.

Apoyo en las tareas

A medida que la edad de los alumnos desciende, más importante es la presencia de los adultos del hogar para apoyar en las tareas. No es casual que en las universidades sean las instituciones educativas que con mayor eficacia pueden sostener la continuidad educativa, aunque a veces con reparos y en modo experimental.

Cuando los alumnos tienen menos autonomía, surge un entrevero fatal porque los adultos de la casa no tenemos los conocimientos didácticos necesarios para acompañar y porque también tememos nuestras propias ocupaciones, incluida la de sobrevivir económicamente el encierro. Y, además, porque muchas veces no tenemos ni vamos a tener la paciencia ni la distancia emocional: son nuestros hijos, no nuestros alumnos.

Las propuestas que enviamos los docentes usualmente no tienen en cuenta este detalle fundamental por lo que no queda claro quién es el destinatario real de la propuesta, cuál es el rol de los alumnos y cuál el de la familia y los docentes

Seguir con el cronograma original y apostar al "aquí no ha pasado nada" crea una falsa sensación de normalidad que choca con las diferentes realidades de las familias. La escuela tiene un modo probado (nos guste o no) de organizar tiempos, espacios, contenidos y responsabilidades que las casas ni tienen ni podrán llegar a tener, por lo que el esfuerzo de continuidad "normal" genera un mayor esfuerzo con menores y peores resultados. El "aquí no ha pasado nada", en definitiva, tiende a la repetición de errores de cuestiones no resueltas.

Producto del aislamiento obligatorio los hogares (incluidos los de los docentes) atravesamos una situación afectiva "de cornisa" cuidándonos del precipicio emocional. Nuestra duda es si más y más actividades no terminarán generando más angustia y ansiedad en chicos y grandes, con discutibles resultados educativos

La compulsión a llenar el tiempo con actividades pide a gritos una evaluación escolar. Ese momento está empezando a llegar a algunas familias y nos está resultando nocivo –básicamente- porque no sabemos qué se está evaluando: ¿El impacto de actividades confeccionadas para afrontar la situación? ¿El desempeño de alumnos que en este ciclo lectivo tuvieron tres semanas de clase? ¿La capacidad de los adultos de la familia para apoyar a los chicos? ¿La disponibilidad de pantallas y conectividad adecuada en cada hogar?

Tantas dudas necesitan un enfoque diferente y previo a la acción: lo no previsible, como este aislamiento, necesita al inicio improvisación y eso está muy bien. Pero como en la música, la improvisación educativa también trae distorsiones, desacoples y desafinaciones que se evitan pensando y anticipando

Nos permitimos sugerir, con la mayor humildad que nos provoca este tiempo de incertezas y en consulta con colegas, compañeros, padres y madres, cambiar el verbo "continuar" por el verbo "priorizar". Proponemos elegir cuidadosamente contenidos y disciplinas fundamentales para trabajarlos a través del tiempo con mucha profundidad, focalizando en aquello que estimamos indispensable y que a la vez tenemos certeza de que podremos transmitir adecuadamente con las pocas o muchas herramientas con las que contamos docentes y familias.

Una mirada menos urgente

El criterio para construir las prioridades debe estar centrado en la situación de nuestros alumnos/hijos y no en la organización escolar previa al aislamiento.

Por ejemplo, no parece atinado que cada semana haya una propuesta educativa por cada docente del plantel escolar o cada asignatura curricular. Eso no va en desmedro de ningún área del conocimiento sino a en favor de graduar y priorizar, tomando como criterio transversal las necesidades concretas de alumnos concretos.

Centrarnos en ellos significa que, tal vez, no sea necesario que todas las semanas haya propuestas de todas las materias y de todos los docentes. Si construimos una mirada menos urgente -y suponiendo que el aislamiento será por mucho tiempo más-, podremos ir sopesando qué contenido, qué disciplina y qué medio elegir para cada día y cada semana.

Y especialmente cuánto es lo más conveniente para no empachar a nadie.

A su vez, en los contenidos que sí vamos a destacar, las secuencias de la enseñanza no pueden ser las mismas que antes del encierro porque sencillamente las condiciones cambiaron. Probablemente todo deba ser más lento, más trabajado y más ahondado. Menos pero más profundo, y muy a fondo., habiendo transitado el proceso de priorizar.

Otra cuestión central que no deberíamos descuidar es el factor emocional de docentes, alumnos y familias. Uno de los valores más importantes de las escuelas son las relaciones de amistad que se cultivan entre compañeros. Eso hoy se ha resentido mucho o ha quedado relegado a la iniciativa de los adultos en el caso de los chicos más chicos. Es imprescindible, incentivar lazos de compañerismo.

También se han resentido los vínculos afectivos potentes que los docentes construimos con los alumnos a partir del trabajo diario y eso lo sufrimos, aunque no nos demos cuenta. Tal vez convenga invertir tiempo y datos en esas plataformas gratuitas que permiten encontrarnos con todos los alumnos cuarenta minutos una o dos veces por semana para vernos las caras y si no es posible al menos escucharnos y contarnos cómo estamos, dando así más sentido a las actividades que se están proponiendo

El peor de los mensajes que podemos trasmitir a nuestros estudiantes, hijos y alumnos es la cosmética de una normalidad que no existe.

Tratar de transmitir en un cable de internet todo lo que hacíamos en el aula solo va a traer más frustración.

Ser docente en aislamiento es muy difícil. El aislamiento es lo imprevisible y la docencia es lo que elegimos.

Nos tocó estar justo aquí. Pero vamos a salir adelante como siempre lo hicimos.

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