Falleció Quarracino y asume Bergoglio en la arquidiócesis
Los restos del cardenal descansarán en la Catedral; el miércoles, las exequias
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El cardenal Antonio Quarracino, que murió en la madrugada de ayer, representó en los últimos tiempos la cabeza de la línea neoconservadora de la Iglesia de nuestro país.
Su muerte ocurrió ayer, a las 3.15, en el sanatorio Otamendi y Miroli, dos semanas después de haber despedido en la basílica de Luján los restos del cardenal Eduardo Pironio, con quien lo unía una fraterna amistad.
El 12 de febrero último encabezó en la Catedral las exequias de Pironio, a quien despidió como "un sabio y un amigo". Su único hermano, Domingo Quarracino, confió en las últimas horas que el arzobispo de Buenos Aires se sentía afectado por el deceso del ex obispo de Mar del Plata.
El velatorio se realizó en forma privada, para familiares y colaboradores más cercanos, en la residencia arzobispal de Olivos. Mañana, a las 10, serán conducidos a la Catedral Metropolitana, donde serán recibidos por el nuevo arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Bergoglio.
Los restos del prelado serán objeto de honras militares en la Catedral. Tras un responso, comenzará el velatorio público, que durará dos días, durante los cuales habrá misas a las 11, 12.30, 17 y 19, presididas por obispos y concelebradas por numerosos sacerdotes.
El miércoles, a las 11, monseñor Bergoglio presidirá la misa exequial. Tras la celebración, el cuerpo del cardenal Quarracino recibirá sepultura en la Catedral, a los pies del altar de la Virgen de Luján, sobre una nave lateral opuesta a aquella donde se encuentra el mausoleo de San Martín. En el templo mayor de Buenos Aires descansan varios obispos de la ciudad, entre ellos el cardenal Juan Carlos Caggiano, que falleció el 23 de octubre de 1979, a los 90 años.
También descansan allí los restos de los arzobispos Fermín Emilio Lafitte, que gobernó la arquidiócesis entre 1956 y 1959.
Dolor en la residencia
Los restos de Quarracino llegaron, a las 7, a la residencia arzobispal de Olivos, situada en la calle Azcuénaga al 1800, para ser velados hasta mañana, cuando serán traslados a la Catedral.
Desde horas tempranas, su hermano Domingo, su cuñada, Matilde F. de Quarracino, y sus cinco sobrinos se acercaron para brindar el último adiós en privacidad al primado de la Argentina. A las 11, llegaron los obispos auxiliares Mario José Serra y Guillermo Rodríguez Melgarejo para dar sus condolencias, a quienes luego se sumaron otros prelados y sacerdotes.
A las 18.50, el presidente de la Nacion, Carlos Menem, asistió al velatorio, junto al embajador argentino en la Santa Sede, Esteban Caselli. Trece minutos después, el primer mandatario se retiró sin hacer declaraciones a la prensa. Ni siquiera bajó la ventanilla de su vehículo, aunque se lo notó apenado.
El papa Juan Pablo II envió sus condolencias por la muerte de Quarracino en un telegrama dirigido al nuevo arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Bergoglio.
El Pontífice recordó "la generosa e intensa labor pastoral" de Quarracino y destacó "el amor y la adhesión a la causa del Evangelio" por parte del prelado desaparecido.
"Al tener noticia del fallecimiento, tras penosa enfermedad, del querido cardenal Quarracino, deseo enviar a usted; al arzobispo emérito, cardenal Juan Carlos Aramburu; a los obispos auxiliares, clero, comunidades religiosas y fieles de esa arquidiócesis de Buenos Aires mi sentido pésame, que acompaño con mis oraciones al Supremo Pastor para que conceda al difunto purpurado el eterno descanso", señala el texto de Juan Pablo II.
Cálido, polémico y apasionado
La desaparición del cardenal Antonio Quarracino -que ayer falleció en esta ciudad, a los 74 años- señala el cierre de una etapa intensa y particularmente compleja de la vida de la Iglesia argentina.
Cálido, polémico, brillante, sanguíneo, talentoso, sarcástico, contradictorio a veces, apasionado siempre, Quarracino no fue sólo una figura sobresaliente de la Iglesia argentina y latinoamericana. Fue, también, un ser humano singularísimo, que transmitía su afecto a manos llenas con la misma energía con que salía a combatir a los enemigos de su fe o a defender sus convicciones y sus ideas.
Se ganó, así, amigos y adversarios a montones, a diestra y siniestra, pero era difícil tratar con él sin llegar a quererlo, sin dejarse atrapar por su simpatía desbordante, sin valorar su corazón aguerrido y abierto.
Enrolado en el progresismo posconciliar de los años sesenta, fue virando poco a poco hacia el conservadurismo doctrinario. Ese giro lo acercó a Juan Pablo II, de quien recibió las más altas muestras de aprecio.
Arzobispo de Buenos Aires desde 1990 y cardenal primado de la Argentina desde 1991, Quarracino fue en la última década la cabeza visible del sector neoconservador de la Iglesia, que pasó a ejercer una influencia dominante a medida que decrecía el ímpetu reformista desatado por el Concilio.
El neoconservadurismo irrumpió con fuerza en la escena política y pastoral en la década de los ochenta, en consonancia con los cambios que condujeron, en el mundo, a la caída del comunismo y al afianzamiento del pensamiento conservador. Sin embargo, los neoconservadores han sido fuertemente críticos, en general, del capitalismo ultraliberal, al que Juan Pablo II suele referirse en sus encíclicas como el "capitalismo salvaje".
Nacido en Pollica di Salerno, un pueblo del sur de Italia, el 8 de agosto de 1923, Quarracino llegó al país cuando era muy chico y se radicó en San Andrés de Giles. Ingresó en el seminario de La Plata y fue ordenado sacerdote en diciembre de 1945, en Luján.
Nombrado obispo de Nueve de Julio, en 1968 fue trasladado a Avellaneda, una diócesis convulsionada por la renuncia del anterior titular, Jerónimo Podestá. Entre 1978 y 1987 tuvo una activa participación en el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), del que fue secretario general y presidente. A fines de 1985 fue designado arzobispo de La Plata y cinco años después asumió en Buenos Aires.
Compromiso visceral
Instalado en Buenos Aires, al año fue nombrado cardenal.
Por debajo de su estilo llano y de su aguda mordacidad palpitaba en Quarracino un compromiso hondo y visceral con las verdades trascendentes y con la letra y el espíritu del Evangelio.
La televisiónfue para él un foro catequístico de significativa importancia que multiplicó el número de sus amigos, aunque también el de sus críticos.Acaso porque se vio compelido a sintetizar sus pensamientos, a despojarlos de matices, cayó a veces en reduccionismos que generaron reacciones adversas.
Así, en improvisadas alocuciones, cargadas de ironía y comentarios espontáneos, surgieron sus habituales reproches a la comunidad homosexual, que lo acusó de actitudes discriminatorias.
En el mundo político se lo consideró cercano al presidente Menem, a quien conoció en 1976, en el penal de Magdalena, cuando el obispo asistió a visitar a un dirigente preso. Sin embargo, evitó mezclarse en el entorno presidencial y, sin llegar a distanciarse, marcó diferencias con el gobierno menemista a partir de los pronunciamientos del Episcopado, que presidió entre 1990 y 1996.
La presencia católica en el mundo de la cultura fue una de las preocupaciones del cardenal fallecido. Tal preocupación se ponía de manifiesto en sus frecuentes artículos publicados en Clarín y en La Nación y en la creación de la Comisión Arquidiocesana para la Cultura. También dejó escrito su pensamiento en obras de reflexión teológica y espiritual.
Amante de la música clásica, siempre se sintió motivado para releer a Chesterton y a Borges. Pero eso no lo alejaba de los gustos populares, que se manifestaban en su pasión por el fútbol y, especialmente, por Boca Juniors, el club de sus amores.
En la misa crismal del Jueves Santo del año último, abatido por una severa enfermedad cardiovascular, se presentó en la Catedral en silla de ruedas, asumiendo las dificultades de movilidad física. También soportó un duro trance anímico por las maniobras que habrían tejido personas de su entera confianza para defraudarlo en el escándalo del Banco de Crédito Provincial (BCP).
Quarracino fue un obispo con un fuerte perfil en la sociedad, más allá de los ámbitos internos de la Iglesia.
Sin embargo, en el período en que ejerció el liderazgo de la Iglesia de nuestro país ya las tendencias internas habían perdido la dureza y la cargazón ideológica que tuvieron en la década de los setenta. Durante los noventa, en la Iglesia argentina se fue afirmando un estilo más dialoguista y las líneas internas perdieron la rigidez y la agresividad que habían exhibido en el pasado.
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