Banderazo: la selección juega a las tres de la mañana y nadie piensa dormir, así esperan los argentinos en Suiza el cruce por los cuartos
Las convocatorias empezaron por la tarde en Zúrich y Ginebra y continuarán hasta la madrugada, cuando el equipo de Scaloni enfrente al país que muchos migrantes consideran su segundo hogar
12 minutos de lectura'

A horas del comienzo del partido, mientras en la Argentina todavía era media tarde, en distintos puntos de Suiza empezaron a aparecer camisetas celestes y blancas, banderas, bombos, vasos de fernet y parrillas encendidas. El país que este sábado se enfrentará con la selección argentina por los cuartos de final del Mundial comenzó a recibir una vigilia poco habitual: cientos de personas dispuestas a permanecer reunidas hasta las tres de la madrugada del domingo, cuando la pelota comenzará a rodar en Kansas City.
A las 20 de Suiza —las 15 en la Argentina—, amigos y familias empezaron a concentrarse en Leutschenpark, un parque ubicado al norte de Zúrich. La convocatoria era el punto de partida de una extensa previa que continuaría cuatro horas más tarde en Sektor 11, una sala de eventos donde los esperaban música, un DJ y una pantalla para seguir el encuentro.
Una hora después del inicio, la cumbia sonaba de fondo y el parque comenzaba a llenarse. Había argentinos con la camiseta de la selección, gorros, banderas atadas al cuello y rostros pintados de celeste y blanco. Algunos llegaban con alimentos y bebidas; otros se acercaban a las parrillas mientras empezaban a circular los primeros pronósticos.
—¡Vamos, Argentina, carajo! —gritó Lucas Ariel, uno de los argentinos que participaba del encuentro.

Entre la felicidad por volver a encontrarse y los nervios por lo que ocurriría durante la madrugada, los organizadores preparaban el asado. El fernet también apareció desde temprano.
—Hoy es nuestro. Hoy la pegamos. Yo digo 3 a 1 —pronosticó Lino, uno de los impulsores de la convocatoria.
Otro argentino apostó por un 2 a 1. Lino lo escuchó y cerró la discusión con una frase que resumía el deseo de los presentes:
—Que sea lo que Dios quiera, pero que ganemos.
La previa había sido organizada para extenderse hasta la medianoche. Desde allí, la columna de hinchas emprendió el camino hacia Sektor 11, donde permanecerían hasta el inicio del partido, previsto para las tres de la madrugada en Suiza y las 22 en la Argentina. Sin embargo, antes de llegar, el recorrido tuvo una pausa inesperada: la policía local les pidió que dejaran de tocar los bombos para no generar ruidos en la vía pública. La respuesta de los hinchas fue inmediata. “Estamos todos en silencio, pero cuando lleguemos al boliche cantamos todo”, dijo uno de los organizadores mientras el grupo continuaba la caminata entre banderas y camisetas celestes y blancas.

Los organizadores estimaban que entre 500 y 700 personas podían participar de la convocatoria. Durante los partidos anteriores de la selección habían reunido entre 400 y 500 argentinos, pero esta vez el rival era el propio país en el que construyeron sus vidas. La expectativa, por eso, era mayor.
“Para la mayoría de nosotros, Suiza es nuestro segundo hogar. Pero te puedo asegurar que se va a alentar por la Argentina. Si perdemos, no vamos a estar contentos porque haya ganado Suiza: vamos a estar tristes”, explicó a LA NACION Claudio González, uno de los integrantes de la comunidad que colabora con la organización de los eventos.
El grupo que integra reúne a cerca de 200 personas y se reactiva especialmente durante los mundiales. “A veces no nos hablamos durante cuatro años, pero cuando llega el Mundial volvemos a encontrarnos. La mayoría de los que vienen quieren cantar, llevar los bombos y alentar”, describió.
Un asado, un banderazo y 700 lugares
Lino vive en Suiza desde hace un año, aunque dejó la Argentina hace aproximadamente siete. Es oriundo de Villa Dolores, Córdoba, pasó parte de ese tiempo en España y, apenas tres meses después de instalarse en territorio suizo, abrió su propia barbería.
“Tuve el coraje de decir que quería hacerme autónomo y trabajar por mi cuenta. La parte económica acá es buena y eso ayuda, pero también fue una decisión importante abrir mi propio negocio”, contó a LA NACION.
Además de trabajar como barbero, se convirtió en uno de los argentinos que promocionan y organizan las reuniones alrededor de la selección. Según explicó, para esta jornada tuvieron que buscar un espacio diferente porque muchos bares estaban reservados por simpatizantes suizos.

“Conseguimos uno donde entran 700 personas. A las ocho de la noche nos juntamos todos, hacemos el asado, después el banderazo y más tarde vamos al boliche donde vamos a ver el partido”, detalló.
La convocatoria multitudinaria es sostenida también por argentinos como Fabio Benítez y Jonathan Michael Ediger, integrantes del grupo Dos Amigos, que desde hace años organiza fiestas, actividades culturales y encuentros para migrantes argentinos.
Benítez nació en Puerto Esperanza, Misiones, y llegó a Suiza en 2014 para pasar unas vacaciones de tres meses. Nunca regresó a vivir a la Argentina. Doce años después reside en Schlieren, en el cantón de Zúrich, trabaja como operador de sistemas en una imprenta 3D y también se desempeña como fotógrafo independiente.
Su abuelo materno había nacido en Linden, en el cantón de Berna, y ese vínculo familiar lo llevó con los años a tramitar la nacionalidad suiza. El cruce entre ambos países, admitió, le generó sentimientos encontrados. “Uno es el país donde nací y crecí y el otro es el país donde nació mi abuelo y donde vivo actualmente. Siempre voy a querer que gane la Argentina, pero también voy a tener respeto y cariño por Suiza”, sostuvo.
Más relajado
Este es el cuarto Mundial que vive lejos de la Argentina. El primero fue el de 2014, cuando acababa de instalarse y tuvo que atravesar la derrota frente a Alemania en la final. “Fue un trago muy amargo. Después de haber ganado en Qatar, este Mundial lo vivo de una manera más relajada y puedo disfrutar más cada partido”, señaló.
Junto con sus amigos Matías y Jonathan, organiza encuentros bajo el nombre Dos Amigos. Entre sus propuestas se encuentra “Che, Boludo”, una fiesta de música argentina. También realizan torneos de truco, asados y convocatorias vinculadas con las fechas patrias.
Jonathan Ediger, de 31 años, nació en Oberá, Misiones, pero llegó a Suiza cuando tenía cinco. Sus padres emigraron aprovechando la nacionalidad suiza heredada por la rama paterna de la familia y con la intención de encontrar mejores oportunidades.
A pesar de haber crecido en Europa, cuenta que en su casa se conservaron los domingos familiares, el asado, el mate y la pasión por el fútbol. “Suiza es el país donde crecí y la tierra de mis antepasados, por lo que le tengo un gran cariño. Pero la Argentina es el país que llevo en el alma. Sin dudas, mi corazón está con la selección argentina”, afirmó.
En los últimos años, Dos Amigos también participó junto con otro grupo de la organización del tradicional asado por el 25 de Mayo, que en su última edición reunió a cientos de personas y demandó alrededor de 350 kilos de carne.
“Cada encuentro es una forma de mantener vivas nuestras tradiciones, nuestra cultura y el amor por nuestro país. Durante este Mundial fuimos organizando las transmisiones en distintos locales y cada vez necesitamos espacios más grandes porque se suma más gente”, explicó Ediger.
Bombos y una caminata por Ginebra
La vigilia no quedó limitada a Zúrich. A las 22 de Suiza —las 17 en la Argentina— comenzó otra concentración en la Plaine de Plainpalais, en Ginebra. Desde allí, los argentinos iniciaron una caminata de aproximadamente 2,5 kilómetros con bombos, camisetas y banderas hasta el sector de Bout-du-Monde.
El destino era un bar ubicado en Route de Vessy 12, donde se había instalado una pantalla grande en la terraza para transmitir el encuentro.
Antes de partir, mientras definían qué canciones interpretar durante la marcha, los bombos ya se escuchaban en la plaza. Una de las consignas elegidas por el grupo fue “Argentina, quiero verte bicampeón”.
“Es la que eligió la Scaloneta, así que vamos con esa”, dijo Kevin Ortlieb, uno de los organizadores.
Ortlieb vive desde hace diez años en Suiza y trabaja en seguridad. Cinco días antes de que comenzara el Mundial creó un grupo de WhatsApp con unos 30 conocidos argentinos. La convocatoria creció rápidamente hasta superar el centenar de integrantes.
La comunidad se había organizado para reunirse en la cantina de una cancha de fútbol, administrada por un latino. Allí prepararon una pantalla gigante, cumbia, fernet, comida y mesas para jugar al truco durante la espera.
“El problema no son los suizos, que son bastante respetuosos. A veces son personas de otros países que quieren que le vaya mal a la Argentina y se ponen la camiseta de cualquier rival. Como nosotros somos calentones, preferimos ir a un lugar donde sabemos que vamos a ser mayoría”, explicó.
El vínculo de Ortlieb con ambos países también tiene una historia familiar: posee las dos nacionalidades, pero se crio en la Argentina entre el fútbol de potrero y los domingos de cancha para ver a River. Aunque sigue con atención a la selección suiza y reconoce su juego ordenado, su elección no presenta dudas. “Si Argentina hace un gol rápido, el partido se puede abrir porque Suiza va a tener que adelantarse”, analizó antes del encuentro.
Los hijos que crecieron entre dos banderas
En otros hogares, el partido abrió conversaciones que excedieron el fútbol. Giselle Moreira es argentina, su esposo Stefano es romano y sus hijos, Michele y Giulia, nacieron en el cantón del Tesino, la región de habla italiana de Suiza.
Moreira dejó la Argentina hace diez años. Vivió en España y en Italia, realizó trabajo voluntario como maestra en Tanzania y hace seis años se instaló en Suiza. Es educadora infantil y creó Aprendiendo en Casa, un proyecto pedagógico basado en el juego, el lenguaje positivo y el acompañamiento de las familias y los docentes.
Su hija menor nació hace apenas tres semanas, por lo que la familia seguirá el partido desde su casa. Michele, de cinco años y medio, alentó durante el torneo tanto por Suiza como por la Argentina, pero ante el enfrentamiento entre las dos selecciones decidió apoyar al país donde nació.
“Él ama a la Argentina y ama a Messi, pero porque yo se lo transmito. Nació acá, se cría acá y es lo que conoce. Al principio sentía que me estaba traicionando por querer que ganara Suiza”, relató Moreira.
La familia respetará las cábalas construidas durante los partidos anteriores. La bandera deberá permanecer en el mismo lugar y la transmisión será acompañada por relatores argentinos.
“Los partidos también se ven por la televisión suiza, pero para mí no tienen la misma emoción. Nosotros tenemos otra pasión”, señaló.
En Zug, Violeta Ramos atraviesa una experiencia semejante con Ignacio, de 13 años, y Eliana, de 18. Vive en Suiza desde hace 26 años, da clases en Zúrich y toca el arpa paraguaya y la guitarra clásica.
Ignacio juega al fútbol en un club suizo, es capitán de su equipo y admirador de Lionel Messi. Cuando tuvo la posibilidad de verlo jugar en París, lloró de emoción. Su hermana, aunque está más vinculada con el ajedrez, también sigue los partidos de la selección.
“Gritamos y saltamos los tres en el living o donde sea. Para mí es importante que sientan esa emoción que nos caracteriza, que disfruten sanamente de los festejos y que aprovechen cada ocasión para ser felices”, contó Ramos.
El cruce generó, además, bromas con los vecinos. Días atrás, mientras circulaba en bicicleta, escuchó a cinco hombres que hablaban sobre las posibilidades de Suiza y cuestionaban el triunfo argentino frente a Egipto. Se detuvo y les anunció que la Argentina ganaría 3 a 0.
“Hubo un silencio de muerte y los cinco me miraron al mismo tiempo. Les hice la señal de la victoria con los dedos. Uno me contestó que para él iba a ser 3 a 2. Le dije que también estaba bien y nos reímos todos”, recordó. Por las dudas, agregó, permaneció junto a la bicicleta para poder irse rápidamente si la reacción era diferente.
La camiseta N°10
Lucía Arcagni nació en San Martín de los Andes y llegó por primera vez a Suiza en diciembre de 2014 para trabajar como profesora de esquí en St. Moritz. Durante varios años realizó temporadas entre distintos países, hasta que comenzó una relación con quien hoy es su esposo, de nacionalidad austríaca. Desde 2018 vive de manera permanente en Europa.
Su hijo Teo tiene cinco años, nació en Suiza y se presenta como argentino, suizo y austríaco. Ya viajó cinco veces a la Argentina e incluso asistió durante dos períodos a un jardín de infantes de San Martín de los Andes. Allí cantó canciones patrias y participó del izamiento de la bandera.
“Quizás ahora no se dé cuenta, pero de más grande va a entender esas experiencias. Para mí, viviendo afuera, fueron muy importantes”, explicó su madre.
Teo tiene camisetas de las tres selecciones, aunque su preferida es la argentina con el N°10. Durante el partido frente a Austria llevó una bandera pintada en cada mejilla y sostuvo los dos emblemas con sus manos, pero eligió vestir la camiseta celeste y blanca.
El encuentro frente a Egipto lo vivió con angustia cuando la Argentina quedó en desventaja. “Casi llorando me dijo que quería que llegáramos por lo menos a la final. Cuando llegó el empate gritó como nunca, nos abrazamos y al final no podía parar de festejar”, recordó Arcagni.
La hora, sin embargo, dificulta que esta vez siga el partido completo. Su madre planea verlo durante la madrugada y compartirlo con él cuando se despierte.
Mientras esas escenas se repetían en hogares de distintos cantones, las columnas de Zúrich y Ginebra continuaban avanzando hacia los lugares elegidos para esperar el partido.
1Los Robles EAM: así será el nuevo colegio que surgirá de la integración de dos instituciones tradicionales
2“Iluminación respetuosa”: patentan un sistema inédito de alumbrado público a demanda, qué barrio fue el inspirador
3Quiénes eran las víctimas del choque entre un auto y una combi que llevaba a un equipo infantil de fútbol femenino
4Un nene se salió del libreto y alentó a la selección argentina en pleno acto por el Día de la Independencia: “Vamos por la cuarta”



