Del pedido de silencio de la policía de Ginebra a la pantalla que se apagó en pleno partido: así vivieron el partido de la selección los argentinos en Suiza
En el mismo país que acaba de quedar eliminado del Mundial, la comunidad argentina vivió una madrugada atravesada por la emoción, los nervios y la euforia
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“Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”. El canto se mezclaba con los abrazos, los bombos y las banderas celestes y blancas cuando el árbitro marcó el final del partido. Eran casi las seis de la mañana en Suiza y cientos de argentinos seguían despiertos celebrando la clasificación de la selección a las semifinales del Mundial 2026. El triunfo por 3 a 1 sobre el seleccionado suizo convirtió bares, plazas y salones de eventos en escenarios de un festejo que se extendió hasta el amanecer.
Los gritos y los cantos que se escucharon en la Argentina también retumbaron a más de 11.000 kilómetros de distancia. En el mismo país que acaba de quedar eliminado del Mundial, la comunidad argentina vivió una madrugada atravesada por la emoción, los nervios y la euforia. Muchos habían llegado al lugar donde verían el partido incluso cinco horas antes del inicio del encuentro. Otros recorrieron kilómetros para encontrarse con compatriotas y seguir juntos un partido que tenía un condimento especial: la selección de su país natal enfrentaría a la del país donde construyeron su nueva vida.

En Ginebra, la convocatoria reunió a decenas de argentinos en la Plaine de Plainpalais, desde donde partieron con bombos, banderas y camisetas hacia un bar ubicado sobre Route de Vessy, tras recorrer unos 2,5 kilómetros por las calles de la ciudad. Durante el trayecto, la policía local les pidió que dejaran de tocar los bombos para evitar ruidos en la vía pública. Los argentinos aceptaron el pedido, continuaron la caminata en silencio y prometieron recuperar los cánticos apenas llegaran al lugar donde verían el partido, una terraza donde habían instalado una pantalla gigante.
En Zúrich, cientos de argentinos se reunieron en Leutschenpark cerca de las 20.00 para compartir un asado, cantar y realizar un banderazo antes de trasladarse hacia Sektor 11, el salón de eventos donde los esperaba una fiesta con DJ y una pantalla gigante para seguir el encuentro. Con el correr de las horas, el lugar empezó a llenarse. La música del DJ quedó en un segundo plano y fue reemplazada por los bombos y las canciones de cancha. “Hoy te vinimos a alentar”, repetían una y otra vez, mientras esperaban el inicio del encuentro.
Pero apenas llegó el primer gol de la Argentina, la fiesta en Zúrich sufrió un giro inesperado. Un desperfecto técnico dejó sin imagen la pantalla principal de Sektor 11 y obligó a cientos de personas a salir a la calle para buscar otra transmisión.

“Lamentablemente hubo un desperfecto técnico. Se cortó la imagen y se fueron absolutamente todos del lugar. No sabemos si fue un boicot o qué pasó. Estamos viendo dónde vamos a ir para seguir el partido. Estamos todos con el telefonito tratando de verlo. Pero vamos, Argentina, 1 a 0, carajo”, contó Alan Duca, fundador de la parrilla argentina ¡Che, qué lomo!, que había viajado para compartir la noche con otros compatriotas.
La misma situación la describió Lino, uno de los organizadores de la convocatoria. “Donde lo estábamos viendo no funcionaba la pantalla. Nos tuvimos que venir a un barcito que estaba cerca. Lo invadimos y todos los argentinos estamos haciendo el aguante desde afuera. La gente ya no puede entrar, pero estamos desesperados por seguir el partido”, relató.

Las imágenes mostraban una escena poco habitual: argentinos asomados por las ventanas, otros sentados sobre sillas siguiendo la transmisión desde sus celulares apoyados en el piso y decenas de personas buscando cualquier pantalla disponible para no perderse el encuentro. Algunos decidieron permanecer allí. Otros caminaron hasta distintos bares del centro. Alan optó por otra alternativa. “Yo estoy con mis hijos. Lo estamos mirando desde el teléfono en una plaza, solos”, explicó por teléfono a LA NACION.
Tras el final del partido, aseguró que el resultado terminó haciéndolos olvidar de los contratiempos. “La verdad es que terminó siendo una noche inolvidable”, resumió.
En Ginebra, en cambio, la transmisión pudo seguirse sin inconvenientes. Los bombos acompañaron cada avance de la selección y el repertorio de canciones no se detuvo durante toda la madrugada. “Queremos ser campeones otra vez”, cantaban mientras el reloj avanzaba hacia el segundo tiempo.

Cuando llegaron el segundo y el tercer gol argentino, la tensión se transformó en desahogo. Los abrazos se multiplicaron, las banderas volvieron a agitarse y los bombos recuperaron el protagonismo. Eran casi las seis de la mañana cuando el árbitro marcó el final del encuentro. La Argentina ya era semifinalista y, para cientos de argentinos que viven en Suiza, la madrugada terminó con un festejo que había comenzado cinco horas antes y que, por unas horas, hizo que la distancia con su país natal desapareciera.
“Como volver un ratito a casa”
A unos kilómetros de allí, en Lausanne, la cordobesa Florencia Bonafé siguió el partido rodeada de compatriotas. Ingeniera agrónoma, llegó a Suiza en 2019 y actualmente impulsa una comunidad destinada a mujeres migrantes que busca generar vínculos a través de las plantas medicinales, huertas y saberes naturales. “Lo más difícil de vivir acá no fue conseguir trabajo o estabilidad. Lo más difícil fue encontrar comunidad”, explicó. Por eso decidió crear un espacio donde otras mujeres latinoamericanas pudieran construir amistades lejos de sus países de origen.
Durante el Mundial volvió a experimentar esa sensación de pertenencia. “Cada vez que juega la selección es como volver un ratito a casa. Escuchar los bombos, cantar con otros argentinos y abrazarte después de un gol hace que por un momento desaparezca la distancia”, contó.

En los primeros partidos se habían reunido en un bar del centro de Lausanne, el mismo donde años atrás habían visto la final del Mundial de Qatar. Para este encuentro eligieron una reunión más íntima, convencidas de que el horario y la presencia de hinchas suizos hacían más conveniente seguir el partido entre amigos.
Ivana Sabios lleva 13 años instalada en Sion, trabaja de manera independiente en comunicación y marketing y formó una familia con un suizo. Sus dos hijos nacieron allí y, según cuenta, uno se siente profundamente argentino y el otro mucho más identificado con Suiza. Cuando supo que ambos seleccionados se enfrentarían en los cuartos de final, la noticia le generó sentimientos encontrados. “Al principio me enojé porque pensé que iba a tener que elegir un bando. Después entendí que, pasara lo que pasara, iba a estar feliz porque los dos países forman parte de mi vida”, contó.
Durante el Mundial volvió a reunirse con otros argentinos de Valais, donde suelen encontrarse para seguir los partidos de la selección. “No es lo mismo verlo con suizos que con argentinos. Nosotros cantamos, saltamos, bailamos, gritamos y hablamos nuestro mismo idioma. Esa pasión se extraña cuando uno vive tan lejos”, explicó. En esa ciudad no hubo banderazo porque la comunidad argentina es mucho más pequeña que en Zúrich o Ginebra, pero sí organizaron encuentros en distintos bares para seguir el partido hasta el amanecer.
De los festejos argentinos en Suiza también participaron personas de otras nacionalidades. Entre ellos, Andrea Lombardo que es italiano, nació en el Valle de Aosta y vive en Suiza desde 2018, adonde llegó para trabajar como arquitecto. Sin embargo, asegura que su vínculo con la Argentina empezó mucho antes, cuando compartió departamento en Barcelona con un argentino llamado Tomás.

Aquella amistad terminó cambiando su vida. Desde entonces viajó cinco veces al país, recorrió Buenos Aires, La Plata, Mendoza, la Patagonia, El Chaltén, Cafayate y Salta, y construyó una relación con la familia y los amigos de quien hoy considera “su segunda familia”. “Para mí, ir a la Argentina es como ir a visitar a mi familia”, resumió. Y sumó: “Soy fanático de la selección argentina. Messi es un señor. Juega para el equipo y transmite valores que me encantan. Además, cuando escucho que dicen que Argentina gana porque la ayuda la FIFA, siento la necesidad de defenderla”, afirmó.
Mientras la Argentina aseguraba su lugar entre los cuatro mejores del Mundial, cada historia confirmaba que el festejo iba mucho más allá del resultado deportivo. Para muchos, esa madrugada también significó volver a sentirse, aunque fuera por unas horas, un poco más cerca de casa.
En Ginebra, Patricio Land siguió el partido con una mezcla de emociones difícil de explicar. Llegó a Suiza hace 24 años junto a su esposa y su hija mayor. Después nacieron sus otros dos hijos y el país europeo terminó convirtiéndose en su hogar. Sin embargo, cada Mundial vuelve a despertar su vínculo íntimo con la Argentina. “Suiza nos abrió las puertas, pero nunca dejamos de sentirnos argentinos”, resumió.
Antes del encuentro había reconocido que este Mundial lo vivía de una manera distinta. Por un lado estaba el entusiasmo de volver a ver a la selección entre los mejores; por otro, la particularidad de enfrentar al país donde vive desde hace más de dos décadas.
Más al norte, en el Oberland bernés, Adriana Baur siguió el partido desde una realidad completamente diferente. Vive en Suiza desde hace 34 años, luego de conocer allí al que más tarde sería su esposo. Lejos de las grandes ciudades y de las concentraciones de argentinos, encontró en el tango una manera de mantener vivo el vínculo con su país. “Aquí no hay una comunidad argentina tan grande como en Zúrich o Ginebra. Mi contacto con la Argentina pasa mucho por el tango y por las costumbres que uno nunca pierde”, contó.
La distancia no impidió que siguiera con atención el recorrido de la selección argentina. Aunque el partido comenzaba a las tres de la madrugada, decidió verlo igual, como tantas otras veces desde que vive en Europa.
Para Micaela Marino, la clasificación también tuvo un sabor especial. Nació en la Argentina, tiene doble nacionalidad y reconoce que el cruce entre ambos seleccionados la obligó a convivir con sentimientos encontrados. “Me hubiese gustado que no les tocara enfrentarse entre sí. Sabía que uno de los dos iba a quedar eliminado”, explicó.
Vive en Zúrich Oerlikon, muy cerca del lugar donde se organizó uno de los encuentros más multitudinarios para seguir el partido. Allí, cientos de argentinos compartieron la previa y luego permanecieron juntos durante toda la madrugada.
“Lo más lindo de estos encuentros es que uno puede sentirse cerca de casa aunque esté del otro lado del mundo. Los argentinos siempre encontramos la manera de reunirnos”, dijo.
Una historia similar es la de Alan Duca. En 2009 llegó a Basilea y, un año más tarde, junto con su esposa suiza, abrió la parrilla argentina ¡Che, qué lomo!, un restaurante que nació, casualmente, durante otro Mundial. Con el tiempo, el lugar se convirtió en una referencia para quienes buscan gastronomía argentina en Suiza y en 2024 recibió un reconocimiento de la Embajada Argentina por su aporte a la difusión de la cultura nacional. “Cuando abrimos fue un boom. La parrilla, la carne y nuestra forma de recibir a la gente hicieron que enseguida nos integráramos a la sociedad suiza”, recordó.
Por el horario del encuentro, esta vez el restaurante no pudo abrir sus puertas. Alan decidió vivir el partido junto a otros argentinos, aunque el desperfecto técnico que dejó sin imagen la pantalla gigante terminó obligándolo a seguir el encuentro desde su celular.
Lino vive en Suiza desde hace un año, aunque dejó la Argentina hace aproximadamente siete. Es oriundo de Villa Dolores, Córdoba, pasó parte de ese tiempo en España y, apenas tres meses después de instalarse en territorio suizo, abrió su propia barbería.
“Tuve el coraje de decir que quería hacerme autónomo y trabajar por mi cuenta. La parte económica acá es buena y eso ayuda, pero también fue una decisión importante abrir mi propio negocio”, contó a LA NACION. Además de trabajar como barbero, se convirtió en uno de los argentinos que promocionan y organizan las reuniones alrededor de la selección.
Fabio Benítez también vivió el partido con una carga simbólica especial. Nació en Puerto Esperanza, Misiones, y llegó a Suiza en 2014 para pasar apenas tres meses de vacaciones. La experiencia terminó convirtiéndose en una nueva vida. Hoy reside en Schlieren, trabaja como operador de sistemas en una empresa de impresión 3D y además se desempeña como fotógrafo independiente.
Su abuelo había nacido en Berna y ese vínculo familiar lo llevó a tramitar la nacionalidad suiza. Sin embargo, nunca dejó de sentirse argentino. “Siempre voy a querer que gane Argentina. Le tengo mucho cariño a Suiza porque es el país donde vivo, pero mi corazón está con la selección”, contó.
Junto con Matías y Jonathan Ediger integra “Dos Amigos”, un grupo que organiza fiestas, encuentros culturales, campeonatos de truco y reuniones para la comunidad argentina. Durante el Mundial volvieron a coordinar convocatorias para seguir cada partido.
La pasión por la selección también atraviesa a los más chicos.
Lucía Arcagni llegó a Suiza desde San Martín de los Andes en 2014 para trabajar como profesora de esquí. Desde 2018 vive allí junto a su esposo austríaco y su hijo Teo, de cinco años, que nació en Suiza pero ya viajó cinco veces a la Argentina. Aunque tiene camisetas de Argentina, Suiza y Austria, el número 10 de Lionel Messi es el que más usa.
Cuando la selección quedó en desventaja frente a Egipto, días atrás, estuvo a punto de llorar. “Me decía que quería que llegáramos a la final. Cuando empatamos gritó como nunca y nos abrazamos”, recordó su madre.
Una escena parecida se vivió en la casa de Violeta Ramos, en Zug. Sus hijos Ignacio y Eliana nacieron en Suiza, pero crecieron respirando fútbol argentino.
Ignacio, de 13 años, es capitán de un club suizo y admirador de Messi. Hace algunos años viajó junto a su mamá a París para verlo jugar y terminó llorando de emoción. “Me dijo: gracias por este regalo, mamá. Nunca me lo voy a olvidar”, recordó.
Para Violeta, transmitir esa pasión también forma parte de la crianza. “Gritamos los goles, saltamos y festejamos donde nos toque. Lo importante es que ellos sientan esa emoción que nos caracteriza a los argentinos y entiendan de dónde vienen”, afirmó.
Mientras tanto, Giselle Moreira seguía el partido desde su casa junto a Stefano, su esposo italiano, Michele, de cinco años, y Giulia, nacida apenas tres semanas antes del encuentro. La familia vive en el único cantón suizo donde se habla italiano y el Mundial abrió un debate inesperado en casa: Michele decidió alentar por Suiza, el país donde nació.
“Al principio pensaba que me estaba traicionando por no elegir a la Argentina. Le expliqué que estaba orgullosa de que quisiera a su país y que eso no cambiaba el amor que siente por sus raíces argentinas”, contó.
Durante toda la madrugada respetaron las cábalas familiares: la bandera permaneció en el mismo lugar de siempre y el partido se siguió con relatores argentinos.
Cuando el árbitro marcó el final del encuentro, el reloj ya se acercaba a las seis de la mañana. Afuera empezaba a amanecer sobre las calles de Zúrich, Ginebra, Basilea, Lugano, Sion, Lausanne y decenas de ciudades donde miles de argentinos construyeron una nueva vida. Por unas horas, la distancia dejó de existir. En el país que había quedado eliminado, los argentinos volvieron a sentirse cerca de casa.
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