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Con el cierre de las vacaciones y el regreso pleno a las obligaciones, febrero suele convertirse en un mes especialmente estresante para muchas personas. La transición entre el descanso y la rutina no siempre es sencilla y, lejos de tratarse solo de una cuestión de agenda, involucra procesos emocionales profundos ligados a la exigencia, la frustración y la percepción de rendimiento personal.
En diálogo con LN+, la psicóloga Rossana Speranza explicó que el problema no está tanto en retomar los hábitos, sino en cómo se encara ese regreso y en las demandas que cada persona se impone.

Según la especialista, durante las vacaciones muchas rutinas se relajan o se suspenden, algo completamente natural. El conflicto aparece cuando se pretende retomar todo de golpe, como si ese tiempo no hubiera existido. “Cuando volvemos tenemos la exigencia de volver a la rutina como si no hubiéramos habitado ese tiempo, que nos deja huellas”, señaló Speranza.
En ese sentido, remarcó que no es el tiempo que se interrumpió un hábito lo que más cuesta, sino el nivel de frustración que aparece al intentar retomarlo. “Cuanta más exigencia, más probable es frustrarse”, advirtió.
La psicóloga aclaró que el estrés no es necesariamente algo malo. En muchos casos, funciona como un motor de adaptación. Sin embargo, se vuelve problemático cuando se combina con mandatos rígidos sobre cómo “debería” ser la vuelta a la rutina.
“Hay una cultura que nos pone en un lugar de siempre estar incompletos, algo está mal, algo que corregir”, explicó. Ese mensaje constante, sostuvo, impide registrar los logros y genera una sensación permanente de insatisfacción.

Otro punto clave que destacó Speranza es que las personas no son iguales todo el tiempo. Cambian las necesidades, las expectativas y las prioridades, y eso debería convivir con la identidad personal sin convertirse en una fuente de conflicto.
“Está bien motivarse, pero también identificar qué cosas hoy no encajan con la versión actual de uno mismo”, indicó. En ese proceso, recomendó rescatar lo que sí funcionó durante el descanso e incorporarlo de manera realista al día a día.
La especialista explicó que los hábitos se consolidan cuando se transforman en rutinas automáticas, un proceso en el que intervienen los ganglios basales, que permiten actuar en “piloto automático”. Por eso, resulta más simple sumar hábitos positivos cuando ya existe una base saludable, mientras que modificar conductas negativas requiere mayor constancia y paciencia.
Finalmente, Speranza subrayó la importancia de entrenar la autoconciencia: aprender a frenar, revisar el propio ritmo y ajustar expectativas. “Hay que desarrollar esa capacidad, que requiere práctica”, concluyó.


