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Historias para conocer

Salinas Chicas, la laguna color nácar del sur de la Provincia de Buenos Aires

Leandro Vesco
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25 de diciembre de 2019  • 14:21

Las Salinas Chicas están a casi 800 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires (en el partido de Villarino), pero a menos de 50 de La Pampa y a 80 de Río Negro, en el sur de un territorio donde se mezcla el monte, el desierto pampeano y la estepa patagónica. Son tierras secanas, donde el agua es un bien preciado y la tierra agrietada y los caminos polvorientos son una postal común.

"Es un ambiente hostil, el sol no te perdona", advierte Juan Hitce, propietario de la fábrica de sal La Aurora, a un costado de la diáfana y rosácea salina de 5000 hectáreas donde cosechan dos veces al año hasta 300.000 toneladas de sal, que extraen y procesan para abastecer a diferentes industrias, químicas, alimenticias y hasta bélicas. "La sal está presente en gran parte de los cosas que nos rodean", aclara quien pasó desde pequeño sus días entre monumentales icebergs de sal.

"Hay que derribar mitos, a la sal no se le muele hueso ni vidrio", aclara Hitce, de 41 años. Su familia está presente en la salina desde 1938. La salina es una postal de otro planeta. Hundida en una depresión que está a 40 metros debajo del nivel del mar, de septiembre a fin de año presenta un color surreal tornasolado, como el nácar de las conchas marinas.

Salinas Chicas
Salinas Chicas Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

"Es la salmuera. Esperamos que se seque y comenzamos a cosechar", comenta Hitce. El proceso de extracción de la sal depende del régimen de lluvias. Cuando lo hace, el agua forma una capa de algunos centímetros que con los días se va secando. En algunos rincones de la salina se debe caminar con botas especiales, resistentes a la corrosión de la sal. "El salinero debe estar esperando a la laguna y no la laguna al salinero", sentencia Hitce.

Las máquinas cosechadoras parecen pequeños trenes corroídos por la sal. Se mueven lentamente hasta el sector de la salina en donde se realiza la cosecha. Algunas de estas máquinas tienen 50 años y siguen en actividad. Los motores deben estar preparados para estar encendidos durante un mes, que es el tiempo promedio que demanda una cosecha. "Antes la sal era llevada a la planta en mulas", advierte Hitce.

Salinas Chicas
Salinas Chicas Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

La cosecha se espera con mucha ansiedad. "Es gloriosa", dirá el responsable de La Aurora, recordando su primera, a los diez años de edad. La laguna (así llaman a la salina, y a ciencia cierto lo es) se debe secar. Luego de que la salmuera, el agua excedente de lluvia que cayó sobre ella, se solidifique, se pasa un rastrillo que va cortando la sal. "La va peinando". El segundo paso es ir acordonando la sal en largas filas de pequeñas parvas, que la dejan preparada para que las máquinas cosechadoras la levanten y las depositen en camiones que la trasladan hasta la fábrica, a menos de un kilómetro de aquí.

Todos los trabajadores están protegidos por anteojos negros y pantalla solar para la piel, que intentan cubrir con cuellos de tela. "Sin anteojos podés sufrir heridas en los ojos", cuenta Chepo, así se lo conoce aquí, que hace más de 50 años está trabajando en la salina.

"La sal pasa a formar parte de tu vida. Para otra persona es un lugar infernal, pero para mí, la salina es mi casa, te acostumbrás a no poder ver", resume el hombre, que no quiere decir su edad.

Salinas Chicas
Salinas Chicas Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

"Podemos tener hasta dos cosechas al año. Este año llovieron apenas 265 mm cuando lo normal es 500 -dice Hitce-. A nosotros nos sirve que llueva menos, para que la poca agua que entre, se convierte en sal".

Cuando la sal llega a la planta, las opciones son dejarla tal cual está o lavarla y someterla a diversos procesos. Hay industrias que las usan en estado puro. "La industria pesquera de Mar del Plata necesita una sal común, sin procesamiento", comenta Hitce. La sal que llega directamente de la salina se fracciona en bolsas de 25 y 50 kilos, se paletiza y va a la costa.

"Se usa toda para la anchoa, que se cocina en sal", explica. También tienen como clientes a las curtiembres, porque durante el proceso de tratamiento del cuero, se usa sal pura. La sal que resta, se lava.

Salinas Chicas
Salinas Chicas Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

La lavadora de sal usa un mecanismo simple, como todo en esta industria. Se van llenando dos grandes tolvas que van triturando los bloques de sal que llegan de la salina, recién cosechada. Aquí recibe agua (una mezcla de agua dulce y salobre). La sal, que llega con algunas pocas impurezas, aquí las pierde. Luego es trasladada por una cinta y cae hasta formar parvas de hasta cinco metros de altura. Palas mecánicas van llevando esta sal lavada a otro sector donde se apilan hasta constituir los denominados icebergs de sal, inmensos bloques salinos de hasta 15 metros de altura. Cada 20 minutos se llenan las tolvas. Es un trabajo que comienza a las siete de la mañana y termina a las cuatro de la tarde.

Existen muchas clases de sales que se hacen a partir de la lavada. Las industrias que requieren la sal de este tipo son la química, para hacer cloro, lavandina y soda caústica. "Con esta sal se hace el bicarbonato de sodio o se usa para blanquear papel", afirma Hitce.

"La lavandina y el cloro se hacen con sal, agua y electricidad, en distintas proporciones", explica. La sal lavada también pasa a una etapa de más refinamiento: la centrifugada. "Como si fuera un enorme secarropas, a la sal lavada se la somete a movimientos centrífugos con calor; de esta manera pierde humedad", afirma. La sal centrifugada se usa para la industria textil, es considerada una de las sales secas, con hasta 3% de humedad, contra 5% a 6% de la sal lavada.

Salinas Chicas
Salinas Chicas Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

Entre las secas, hay cuatro grupos: la gruesa, la entrefina, la fina y la impalpable. Los usos de la última demuestran hasta qué punto está presente este elemento químico natural en el mundo actual. "La impalpable se usa para el maní japonés, pero también para hacer pólvora", sostiene Hitce.

La historia de la salina arranca en 1903 cuando Bernardo Graciarena se instala en la región, comprando una gran porción de tierra, incluyendo las Salinas Chicas. A los pocos años, empieza la explotación con métodos muy arcaicos: la sal se cosechaba con pala y se embolsaba in situ. El trabajo era manual. Una larga fila de mulas luego llevaba la sal hasta la fábrica. En 1910, se hace un tendido ferroviario de 8 km. que unía la salina con Nicolás Levalle, la estación y población más cercana, y de allí iba a la Ciudad de Buenos Aires. La sal se trasladaba sobre rieles. En 1950 la producción se mecaniza y el método de extracción no cambió desde entonces.

Salinas Chicas
Salinas Chicas Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

La sal tuvo una inmensa importancia a mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX con los saladeros. "Había un pueblo alrededor de la fábrica", recuerda Diego Barmansche, que trabaja en la planta. Su abuelo, padre, hermana, y tías trabajaron en la salina. "Había alrededor de 40 familias viviendo acá, hasta se construyó una escuela, a la que fuimos todos", afirma.

"Las fiestas de fin de año eran multitudinarias, éramos una gran familia", confiesa. Entonces toda la actividad laboral y familiar pasaba alrededor de la salina y la fábrica. "No era común que la gente tuviera autos, y no salíamos mucho. Dos veces a la semana, venía un colectivo que nos llevaba a Médanos (a 20 km); íbamos con mi madre a hacer compras. Era nuestra única salida", rememora. Hoy, los 80 empleados de la fábrica tienen auto y todos viven en aquella ciudad, o en Nicolás Levalle. Algunos llegan desde Bahía Blanca, a menos de 100 km.

Un estudio determinó que las Salinas Chicas estarán produciendo sal por 5000 años. La cosecha hermana a todos. Área directiva y empleados, todos se encuentran en la salina, a la que se llega con viejos tractores. "Tratamos de tener stock para dos años, por si nos agarra una época lluviosa", acuerda Hitce. La sal no se degrada ni pierde ninguna de sus propiedades con el paso del tiempo. "Saber que tenemos sal, nos tranquiliza", resume.

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